
Los tiempos cambian.
Cuando tenía 20 años, hace poco más de medio siglo, cometió cuarenta robos y once asesinatos. Ahora, Carlos Eduardo Robledo Puch tiene miedo de que lo roben y lo maten.
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El llamado “Angel Negro” denunció que las dos mujeres (madre e hija) que iban a visitarlo y se propusieron como garantes para que él se alojara en la casa de ellas, sólo tenían un plan: dejarlo morir y quedarse con su herencia. Dos propiedades valuadas, apróximadamente, en 500 mil dólares.
Una de las casas está situada en Ucrania 2334, en Villa Adelina, que por sucesión había quedado en manos de su padre Víctor, un inspector de concesionarios de General Motors que murió el 31 de diciembre de 2005. Desde entonces en esa casa vivió su segunda esposa. La otra vivienda está alejada de la ciudad.
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Todo esto surge de la visita que el juez de la Sala I de la Cámara de Apelaciones de San Isidro, Oscar Quintana, y su secretario Bernardo Hermoda Lozano lo visitaran el 7 de junio en la Unidad Penal Número 26 de La Plata.
“Me quieren estafar y matar”, dijo el hombre que entre 1971 y 1972 mató a 11 personas por la espalda o mientras dormían. Lleva preso más de 51 años: es el hombre que más años detenido lleva en la Argentina. Eso llevó a que se anulara la garantía de la mujer que se ofrecía como alojarlo y se le negara la libertad al asesino.
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Hasta ese día, Robledo confiaba ciegamente en la batalla titánica que había encabezado su abogado Jorge Alfonso, el que más le duró en los últimos 30 años y quien consiguió que ahora se esté buscando un lugar que no sea una cárcel para que Robledo pueda vivir. Una especie de centro especializado en jubilados. Robledo tiene EPOC, tuvo una neumonía bilateral grave, tiene problemas intestinales y le cuesta ingerir alimentos. Su estado es delicado.
Después de ese encuentro, Robledo se desvinculó de su abogado.
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“Estoy tranquilo, actué de buena fe. Yo no puse a esas mujeres. Me ocupé férreamente de una defensa técnica que terminó dando sus frutos”, dijo Alfonso a Infobae.
Si bien no pueden publicarse las identidades de las dos mujeres, Infobae habló en dos oportunidades con ellas. Escribieron para conseguir el contacto de Robledo Puch, hace unos cinco años, y una de ellas hasta llegó a visitar a Ricardo Barreda, el odontólogo cuádruple femicida que murió el 25 de mayo de 2020, hasta que el asesino la echó porque la consideró “una densa”.
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“Me visitaron una vez, me trajeron comida, pero después se borraron”, dijo Robledo. Se sospecha que las mujeres estaban en complicidad con un compañero de Robledo que llegó a vender fotos del Ángel a un medio, sin su consentimiento.
“Quieren sacar rédito de cualquier preso famoso. Sospechamos que querían manejarle la sucesión a Robledo y quedarse con ese dinero”, confió una fuente judicial a Infobae. También se investiga la herencia de la abuela alemana de Robledo. Sería mucho más dinero que el de las propiedades.
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En la casa de la calle Ucrania ya no queda ni el piano aleman Kallberger que tocaba en su infancia, que ocuparía una cuarta parte de la superficie de su celda. Su padre lo vendió en el juicio civil contra la familia.
En una carta que le envio al autor de esta nota, Robledo contó dos episodios. La desaparición de las cartas que le escribía a su padre y un cuadro que fue robado por encapuchados en la casa de Ucrania, que fue ocupada por la viuda.
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“A la segunda mujer de mi padre la quise llamar para comunicarle que pasarías por su casa para buscar la máquina Olivetti “Lettera” portátil que era de mi viejo y que está perfecta y que él utilizaba para escribirme. Y quiero la correspondencia con mi padre. Pero te adelanto que sé por ella que prendió fuego agendas y papeles personales de mi viejo: en una de esas, sería factible que haya prendido fuego a las cartas. Si lo hizo no deja de estar bien, aunque me hubiese gustado poder conservarlas para dártelas a vos para que a través de las mismas, aprendas a conocerme un poco más, o cada vez más. De por sí, ya estás destinado a ser ‘el periodista gráfico que más conoce a Robledo Puch’ y por esa razón estarás muy solicitado en su momento”.
Otros fragmentos de las cartas:
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“A esa casa la quiero vender. Nunca volveré a pisar el cuarto de mi madre (ni el de su habitación de soltera, ni el que habitó después). Esa casa había que venderla sin más ni más. Resulta que en mi casa de Ucrania 2334, mientras mi padre vivía allí mismo (en la casa), estaban las urnas de bronce, con las cenizas de mi abuelo materno, Federico Habedank y en otra urna, similar (también de bronce) están los restos de ceniza de mi abuela materna (y estaba una urna, al lado de la otra). Así que lo que no sé, es si la señora las tiene consigo o qué puede haber pasado”.

“Esas miles y miles de cartas, que envié a mis padres las tenían ellos en su poder. Curiosamente, esta mujer, la viuda de mi padre, me dijo que no quedan papeles personales de mi él. Me dijo que tampoco están en la casa las agendas personales. Mi viejo rigurosamente anotaba cada día de su vida. Llevaba una agenda diaria. Te prometo que cuando le vuelva a escribir, le preguntaré si sabe, ella, a dónde está la correspondencia que le enviaba a mi padre. Si me dice que no hay ninguna carta mía, entonces la respuesta será evidente: Habrán quedado para la posteridad, o ‘alguien’ habrá querido pensar que ha hallado un tesoro (quizá para “venderlo” algún día). Verás, Rodolfo: como decía una canción: ‘La vida es una moneda; quien la rebusca la tiene’”.
El episodio del cuadro que el expresionista alemán Robert Schmidt pintó en 1920 es un misterio. La segunda esposa de su padre le había dicho por teléfono que ese cuadro seguía en las paredes. Además le envió por carta una foto de la pintura, gesto que a él lo conmovió. Debajo de un cielo anaranjado y sobre un mar revuelto, navega el Monte Sarmiento, un transatlántico alemán azul, blanco y rojo. Fue botado en 1924 y hundido en 1942 durante la Segunda Guerra Mundial por un ataque aéreo de la Royal Air Force.
Robledo quería tener esa imagen en su celda para recordar a sus abuelos alemanes, que habían viajado varias veces en ese buque con capacidad para dos mil pasajeros. “Ver el mar, las gaviotas y los veleros que rodean al barco me hacen sentir más libre”, me confesó.
El cuadro que aparece en esa foto, valuado en 10 mil euros, tiene una historia. El hijo su madrastra contó que su madre había sido asaltada en esa casa donde creció Robledo. Eran tres hombres encapuchados. Revolvieron la casa, pero fueron directamente al cuadro alemán. Lo descolgaron y lo pusieron adentro de una bolsa.
—No sé qué pensar. Quizás el asesino lo mandó a buscar —dijo el hombre.

Pero Robledo no mandaría a robar por encargo algo que es suyo. Es probable que él le hubiera hablado de ese cuadro que añoraba a otro preso que al salir en libertad se hubiera propuesto robarlo para venderlo.
El problema de Robledo es que hablaba de más. A sus compañeros les contaba de sus casas. Incluso a uno le regaló una moto que pasó a buscar por la casa de la calle Ucrania cuando salió en libertad. Lo cuenta él mismo por carta:
“El muchacho estaba preso por secuestro extorsivo. Se llamaba Néstor Emilio. Su padre era egipcio y ése era un apellido comprado. No hay Justicia en Argentina. El hombre era dueño de una perfumería en Capital que se llamaba “Egipcian Perfums”. Lo iba a visitar su hermana menor. A él le regalé mi moto “Honda” 250 negra con papeles y todo. La fue a buscar a casa de mi abuela con una carta que yo le dirigí a mi abuela. Así era yo. Y así sigo siendo todavía. Resulta que caminábamos juntos durante los recreos, o nos sentábamos en un banco a conversar. Así surgió la charla de casualidad y le dije que estaba esa moto mía al cohete y que yo no la iba a vender”.
Robledo Puch pareciera estar envuelto en su propia maldición. La cárcel eterna. Las estafas. “Me quisieron hacer lo de Manson”, dicen. Charles Manson, el asesino más famoso de los Estados Unidos, que murió cuando llevaba 48 años preso (Robledo lo superó) iba a casarse con una joven. Hasta que se descubrió que ella tenía un plan: esperar que muera y exhibir su cuerpo, algunas cartas y su poca ropa, en un museo del crimen.
No hay asesino que pueda escapar de su propia trampa.
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