
Para Julio A. Roca era “el intrépido” y una “especie de gaucho alzado del mar”, mientras que el perito Francisco P. Moreno, quien lo trató cuando viajó al sur en los barcos del marino, aseguró que “sacrificó los mejores años de su vida”. Se referían al comandante Luis Piedra Buena, el marino de las mil aventuras en los mares del sur y el que sentó soberanía en la Patagonia.
Desde pequeño, Miguel Luis de Piedra Buena se escapaba en cualquier bote que encontrase en Carmen de Patagones, donde había nacido el 24 de agosto de 1833, y salía a navegar por los alrededores.
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Tenía solo 9 años cuando el capitán Lemon, un norteamericano que operaba en las costas del sur, observó cómo maniobraba con suma habilidad un diminuto bote a vela. Le vio pasta de marino. Con el permiso de sus padres navegó con Lemon hasta que comprobó que la conducta del capitán distaba mucho de un caballero de mar y lo dejó.

Lo empleó el capitán William H. Smiley, un marino norteamericano radicado en estas tierras. Era amigo de la familia, y Piedra Buena lo consideró su principal mentor. Cuando terminó sus estudios primarios con el maestro Mariano Zambonini, Smiley lo envió a Estados Unidos a que estudiase náutica. En ese país estuvo cerca de tres años y volvió como marino y con conocimientos de carpintería naval.
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Con Smiley se embarcó en el paquebote “John E. Davison”, que se dedicaba a la pesca de ballenas. Tenía 14 años y solía encargarse del timón cuando el capitán se ocupaba del arpón.
Por 1850, a bordo de la goleta Zerabia, llevó ganado a las islas Malvinas. En 1859 abrió un almacén de ramos generales en la isla Pavón, en Santa Cruz, luego bautizada así por él, en homenaje al triunfo de Bartolomé Mitre en ese combate en 1861. Muy cerca está la localidad que actualmente lleva su nombre. En esos tiempos, fracasó en instalar una factoría de aceite de pingüino en la Isla de los Estados.
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Tomó contacto con los indios tehuelches, a quienes vio como un factor importante para sentar soberanía argentina en esos vastos e inhóspitos territorios que Chile tenía en la mira. Piedra Buena, que había explorado por agua y tierra el río Santa Cruz, insistía en sus memorias y documentos que elaboraba sobre la presencia chilena en la Patagonia argentina.
En 1864 el presidente Mitre lo nombró capitán honorario de marina, le otorgó el derecho a usar la bandera de guerra y a llevar dos cañones en su barco. Le había presentado al primer mandatario al cacique Casimiro Biguá, un líder tehuelche que dominaba el territorio desde el Río Negro hasta el Estrecho de Magallanes. El indígena dejó Buenos Aires como teniente coronel y con el título de defensor de los territorios nacionales.
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Donde ahora está el monumento al cacique Biguá, el 3 de noviembre de 1869 izó por primera vez la bandera argentina. Fue a orillas del arroyo Genoa, en Chubut, sentando un importante antecedente de presencia argentina. Le solicitó al gobierno autorización para llevar adelante actos de posesión de territorios olvidados o inexplorados. El congreso, en reconocimiento a su labor, le cedió en 1868 la Isla de los Estados y la isla Pavón.
A su embarcación “Nancy” la bautizó “Espora”. Era conocido por los innumerables rescates de náufragos que protagonizó, aún a riesgo de perder la vida. El primero fue por 1849, cuando fue en auxilio de 14 marineros que luchaban por sobrevivir frente a las costas de la Isla de los Estados. Por semejantes acciones, fue condecorado por distintos países. Tanto la reina de Inglaterra como el emperador alemán le enviaron sendos obsequios por haber salvado la vida de marineros de esos países. Él mismo, en 1873, naufragó y estando en la Isla de los Estados recogió, junto a cuatro de sus hombres, los restos de su nave y construyó un refugio. En dos meses armaron un cúter -una pequeña embarcación con una vela- a la que bautizó “Luisito”, y así regresaron al continente.
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Le pasó de todo, hasta quedar atrapado un mes entre los hielos en 1852, cerca de la actual base San Martín, en la Antártida.
En 1868, luego de un corto noviazgo, se casó con Julia Dufour, hija de un marino francés, y de luna de miel fueron en el “Espora” al sur. Tuvieron cinco hijos: Luis (que murió a los 3 años), Ana, María Celestina, Julia Elvira y otro Luis. Estarían diez años casados, hasta que ella falleció el 9 de octubre de 1878 a los 40 años víctima de tuberculosis, luego de parir a su último hijo. Hay un pueblo de Santa Cruz que lleva su nombre.
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En 1879 ingresó a la Armada como capitán de fragata. Estableció la escuela práctica de marina en la corbeta “Cabo de Hornos”.
El 18 de diciembre de 1881, con la corbeta “Cabo de Hornos”, se embarcó en la “Expedición Austral Argentina”, destinada a explorar científicamente el sur del país, y que era encabezada por el genovés Giacomo Bove. Regresó el 1 de septiembre de 1882 con un centenar de cajones de muestras.
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Le pidieron, luego, que elaborase un plan para instalar delegaciones de Prefectura en distintos puntos en el sur, así como un faro en la Isla de los Estados. Para ello se reparó y acondicionó el “Cabo de Hornos” para llevar al personal. Pero en julio cayó enfermo y delegó el mando en su segundo, el teniente de navío Agustín del Castillo. Falleció el 10 de agosto de 1883 en su casa de la calle Tucumán. En dos semanas hubiera cumplido los 50 años.

En 1919 su hija Ana solicitó a la marina una pensión graciable, la que le fue denegada porque su papá no había cubierto los años de servicio requeridos. No importó entonces que un buque de la marina llevase su nombre.
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Desde 1999, el día de su muerte fue instituido como el de la Isla de los Estados. Allí había construido un refugio en Rockery Penguin, donde flameaba la bandera argentina. En 1913 el Estado se la compró a sus herederos por 200 mil pesos.
En sus últimos días se le escuchó decir: “El capitán Smiley… qué gusto me va a dar si lo encuentro en el cielo…” A pesar de los años, aquel niño que se había convertido en un experimentado marino no había olvidado a su mentor.
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