
(Enviado Especial a Londres) Arropados y vestidos con los colores de la bandera británica, hombres y mujeres, miles, provenientes de toda Inglaterra levantaron campamento en la avenidas y parques de Londres. Reunidos como si se tratase de tribus celtas rodeando una fogata, coronados con souvenirs y trajes originales, los súbditos y fans de Carlos III soportaron dos noches heladas y a la intemperie. La razón, ver pasar a su nuevo líder en un cortejo de cuento. Carroza de oro, el regimiento majestuoso de la caballería real, uniformes impolutos y una reina acorde a la situación, la entronización del que fuera príncipe de Gales por 74 años fue un verdadero espectáculo.

Sonaban gaitas en cada esquina de la ciudad a la par de las sirenas de motos y autos de la policía, al unísono cada media hora con las campanadas del Big Ben.

Con una atmósfera aturdida por las fuertes medidas de seguridad y una Londres sellada por aire y tierra, los ingleses monárquicos tuvieron su día de gloria. Si bien representan al 48 por ciento de la población, con una diferencia destacable de un 52 por ciento que está en total desacuerdo con “esta carga absurda para el Reino Unido”, miles y miles de espectadores en vivo, siguieron de cerca la coronación.

Durante horas y horas parados, agitando sus banderas y al grito de “God save the King” los más acérrimos súbditos ovacionaron a su nuevo monarca. Al ser consultados por ese fervor, muchos coincidieron “que si bien Carlos III respetará las tradiciones tendrá una mirada al futuro y un reinado más cercano a estos tiempos”.

Con un guiño al pop británico y ese toque distintivo que solo el humor inglés tiene como carta de presentación, Carlos y Camilla gozaron públicamente de la aprobación y la complicidad de su gente y sus atuendos. Y no solo de sus contemporáneos sino de también de una nueva generación que vive con normalidad almorzar en un mismo sitio con una celebridad mesa por medio.

William y Kate también se mezclaron entre los mortales pasadas las 14 horas del viernes. Mientras el hijo de Isabel II saludaba a quienes lo aguardaban en las afuera del Palacio de Buckingham, los príncipes Gales se escabulleron por la “puerta de escape” que solía usar Felipe de Edimburgo (padre del rey Carlos). Los ex duques de Cambridge almorzaron con sus hijos en un restaurant del Soho.

Quizás esta sea la línea que desde ahora y en adelante, tanto el padre como el hijo y futuro rey, tracen en una nueva era donde la inteligencia artificial puede reemplazar al más común de los plebeyos como aquel que por sus venas corre sangre azul.
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