El conflicto armado entre Argentina y Chile por la posesión de las islas al sur del Canal de Beagle estaba a punto de estallar. El 21 de diciembre de 1978, la flota argentina, en medio de una tempestad, se preparaba para invadir las islas chilenas Evout, Bernevelt y Hornos, mientras que Pinochet recibía las primeras informaciones de las hostilidades.
La guerra entre ambos países parecía inevitable y era solo una cuestión de horas. El escenario no era nada alentador, a pesar de los esfuerzos realizados por los episcopados de Argentina y Chile para llegar a una solución pacífica. El 2 de diciembre de 1978, con un profundo dolor, el Papa Juan Pablo II realizó un llamado a la paz en presencia de los embajadores de Argentina y Chile.
El 2 de mayo de 1977, se había comunicado oficialmente el fallo arbitral sobre el litigio con Chile del Canal de Beagle. La sentencia de los cinco jueces de la Corte ad hoc, representantes de los Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Suecia y Nigeria, había resultado favorable a las aspiraciones chilenas de extender su territorio al océano Atlántico. Esta resolución había provocado indignación en el gobierno militar, aunque también entre los políticos, entre ellos, Raúl Alfonsín, Miguel Unamuno, Eloy Próspero Camus y Roberto Ares.
El Sumo Pontífice que había asumido hacía tan solo 3 meses, la noche del 21 de diciembre se había ido a dormir resignado, cuando a la mañana siguiente recibió por Telex las respuestas de los dos dictadores, Videla y Pinochet, que aceptaban su mediación y que si hacía una intervención fuerte ambos podrían detener la guerra. Ese mismo día, el Papa envió un mensaje para invitar a la paz a Argentina y Chile y anunció que enviaría un representante personal, el cardenal Antonio Samoré.
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“Alcanzo a divisar una luz de esperanza al final del túnel”, dijo el Cardenal Antonio Samoré, el enviado de Juan Pablo II cuando llegó a Buenos Aires cinco días después del llamado a la Paz y mantuvo las primeras reuniones con las delegaciones de los dos países.
Tras el llamado del Papa, pasaron 15 días de un silencio atronador. El 8 de enero de 1979, los cancilleres de ambos países volvieron a reunirse con el enviado del Vaticano, en el Palacio Taranco, en la capital uruguaya. Firmaron el Acta de Montevideo, en el que ambos gobiernos pedían formalmente al Vaticano su intervención para encontrar una solución pacífica y se comprometían a no hacer uso de la fuerza, retornar al statu quo militar de comienzos de 1977 y a abstenerse de tomar medidas que turbasen la armonía entre las dos naciones.
La intervención de Juan Pablo II puso fin a una de las semanas más tensas y largas del año. Samoré fue clave en su rol.
El enviado del Papa dio su vida por conseguir la paz entre argentinos y chilenos, coincidieron varios analistas. Sin embargo, el cardenal Samoré no llegó a ver los logros de su excelente labor diplomática. Murió sin saber que había conseguido frenar la guerra, “Los militares le hicieron mil trastadas y se murió del corazón. Durante tres años, los milicos argentinos se pasaron desairando al Papa. Cuando fue presentada su propuesta, infinitamente mejor que el Laudo Arbitral, Chile contestó en tres días y Argentina no contestó nunca. El pobre se murió sin saber que había logrado detener la guerra. Finalmente, en 1984, ambos países firmaron el Tratado de Paz y Amistad”, cuenta Passarelli, autor del libro autor del libro “El delirio armado”, que muestra los entretelones del conflicto entre argentinos y chilenos.
El tratado de Paz y Amistad finalmente fue firmado por ambos países en 1984 y Samoré fue honrado por su impecable actuación con el nombre del Paso Internacional Cardenal Samoré.
Tras su muerte, a los 77 años, el 4 de febrero de 1983, lo sucedió en el cargo el cardenal Agostino Cassaroli, secretario de Estado en el Vaticano.
Cronología de las negociaciones
Mayo de 1977: un fallo arbitral de la Reina Isabel II de Gran Bretaña ratificaba la posesión chilena de las islas Picton, Nueva y Lennox, señalando que el Canal de Beagle corría en dirección este-oeste.
Enero de 1978: el gobierno argentino se negó a acatar el fallo, declarándolo “insanablemente nulo”.
24 de enero de 1978: tras la firma del Acta de Montevideo, el Vaticano anunció oficialmente que el Papa Juan Pablo II “había aceptado mediar en el diferendo del Beagle”.
Septiembre de 1979: el Sumo Pontífice recibió a las dos delegaciones para marcarle las pautas de trabajo a fin de facilitarles las operaciones para alcanzar la paz.
12 de diciembre de 1980: el Papa presentó su propuesta a ambos Estados.
8 de enero de 1981: el gobierno chileno aceptó la propuesta papal.
25 de marzo de 1981: la Argentina no rechazó formalmente la propuesta papal, pero pidió al Vaticano aclaraciones.

Enero de 1982: el nuevo gobierno argentino, con Leopoldo Fortunato Galtieri al mando, denunció el Tratado de Solución Judicial de Controversias, que habilitaba a cada uno de los dos países a concurrir a la Corte Internacional de Justicia de La Haya en caso de litigios. Chile, por su parte, manejaba esta posibilidad como último recurso.
15 de septiembre de 1982: tras la Guerra de Malvinas, y después de la caída del gobierno de Galtieri, Chile y la Argentina acordaron la prórroga del Tratado.
10 de diciembre de1983: con el regreso de la democracia de la Argentina, el entonces presidente Raúl Alfonsín, estableció como uno de los objetivos primordiales encontrar una solución pacífica al problema del Beagle.
El 11 de junio de 1984: el cardenal Agostino Casaroli presentó la última propuesta papal. El emisario del Vaticano aclaró que un rechazo significaría el fin de la mediación de Juan Pablo II. Finalmente, ambas partes terminaron aceptando la propuesta.
El 29 de noviembre de 1984: Argentina y Chile firmaron el Tratado de Paz y Amistad, que otorgaba las islas al país trasandino. “Se va a la mediación, se discute y se discute, y sí, las islas eran chilenas. Ellos las habían habitado, tenían desde el siglo pasado colonos instalados. El laudo de la Corona fue exagerado, es cierto, pero ésa es otra cuestión”, analizó Passarelli.
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