
Es una lucha desigual. Imprevisible. Más allá de los recursos, de la creatividad o la ferocidad de los brigadistas en el campo de batalla, ningún hombre o ninguna mujer pueden hacer demasiado si la Naturaleza cambia las reglas de juego todo el tiempo. O es que quizás, en realidad, no haya reglas para la Naturaleza.
La jornada de ayer viernes fue frustrante para el equipo de 53 combatientes que lucharon específicamente en dos focos activos, intensos, ingobernables: El Naranja, frente a la localidad de Alvear, con 13 mil hectáreas quemadas, y El Talar, un poco más cerca de Villa Constitución. Ambos están sobre las islas del Delta que son territorio de Entre Ríos y conforman parte de las 250 mil hectáreas que ya se quemaron en lo que va de 2022 en esta zona.
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La frustración fue obra y gracia del viento. Así como “salva” a la ciudad de Rosario, al soplar de una manera que aleja el humo y las cenizas del millón y medio de habitantes, complicó el trabajo de los equipos que buscaron alejar la lengua de fuego de las poblaciones isleñas en estas dos zonas. Un viento desde el norte arremolinado, cambiante se las hizo muy difícil.
“No se puede laburar así. Hay que dejar que siga el fuego porque no se ve nada. Está terrible”. Lino Sanz, brigadista de 36 años, del Parque Nacional Islas de Santa Fe, transpira su frustración bajo la sombra de un árbol. Bajó hace cinco minutos del helicóptero del Ejército que fue a buscar a un grupo de ocho brigadistas antes de que el clima imposibilite el vuelo.
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El Naranja es un foco complicado, no sólo por su tamaño y porque el viento lo empeora, también por la distancia que hay desde Alvear, donde funciona la Base Operativa de la campaña, el lugar donde viven los brigadistas y personal de las Fuerzas Armadas. Está a unos 20 kilómetros. “Apuramos la vuelta porque el clima está jodido y tenemos miedo que queden encerrados. Se está trabajando la protección de las casas y cerrarle el paso al fuego para que no avance”, explicó Francisco Díaz, el coordinador de los equipos de brigadistas, integrante de Protección Ciudadana, la “Defensa Civil” de Santa Fe.

“El viento hizo que se perdiera el trabajo de los últimos dos días”, resume Alberto “Pato” Seufferheld, un brigadista de muchos años, con experiencia en prácticamente todos los últimos incendios forestales del país, director del Servicio Nacional de Manejo del Fuego del Ministerio de Ambiente.
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Seufferheld pinta un panorama dantesco: “El viento está arremolinado, cambia de dirección constantemente, y es muy intenso. Eso genera que vuele la ceniza que quedó del trabajo de los brigadistas de las últimas semanas. Entonces tenés ceniza, tierra y humo. Y todo está muy inestable. Y muy seco. Donde había riachos ya no hay nada”.
Hace meses que en esta zona están esperando una lluvia que no llega y que, quizás, con suerte, caiga el próximo domingo, según prevé el Servicio Meteorológico Nacional. “Llovieron 18 milímetros hace tres semanas. Eso es nada. Necesitás 80 ó 100 milímetros. No te va a llenar el cauce de los ríos pero se va a filtrar en la tierra, lo que frena el avance de las llamas”, agregó Seufferheld.
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“Hay mucho viento, cenizas, sigue fuera de control y hoy (por ayer) empeoró la situación. Ahora el fuego se estaba recostando sobre el río Paranacito. El viento así dificulta mucho la visión de los focos, hay momentos en los que estamos a diez metros y no nos vemos entre compañeros por la ceniza que vuela y el humo. Dificulta estar laburando en una zona y que el viento con fuerza active el fuego y te arruina el trabajo. Se pierde lo que hacés”, explicó Diego Mato, brigadista de 22 años Parques Nacionales.

“Imaginate que ayer estábamos haciendo una brecha, se activó atrás, pasó el arroyo, comió la brecha que hicimos para frenarlo y caminó un kilómetro y medio en 20 minutos. Va muy rápido”, agregó como ejemplo de la voracidad del fuego impulsado por el viento Mato, que afronta su cuarto incendio de estas características.
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Para él, de hecho, la característica más distintiva de los incendios en las islas del Delta es la inestabilidad del viento. “Nunca vi un viento tan cambiante. Hay muchos remolinos, pasa de noreste a noroeste”, comenta.
- ¿Da miedo estar ahí?
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- Sí, da miedo. Y más volar hasta allá o volver en helicóptero. Es complicado. Muchos compañeros se asustan mucho porque se mueve para todos lados. Los pilotos son unos capos, se arriesga todo el tiempo la vida.
Tanto era el viento que las autoridades del comando suspendieron los vuelos de los cuatro aviones hidrantes Air Tractor 502 durante toda la mañana y el mediodía por el riesgo de volar en esas condiciones. Recién pasadas las 15 cambiaron la decisión debido a un pedido de los brigadistas desde El Naranja para dar apoyo en la formación de cortafuegos. Los aviones son privados, se dedican durante el año a la fumigación, o guardias en los emprendimientos forestales. Fueron contratados por Ambiente de Nación y por la provincia de Santa Fe.
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Sandro Peisino (55), uno de los cuatro aviadores, explica: “Se complica volar así, con tanto viento arremolinado. No tanto por el riesgo para nuestras vidas, que un poco lo hay, sino porque pierde sentido el apoyo que podemos dar. El trabajo clave es de los brigadistas, nosotros los asistimos, normalmente para humedecer una zona y evitar que el fuego se propague. Pero en estas condiciones el agua se va para cualquier lado con tanto viento. Por suerte después de las 16 se calmó un poco”, explicó el piloto.
Para casi todos los brigadistas consultados, ningún trabajo es más importante que el de la lluvia. Y el de quienes encienden el fuego. “Trabajamos para que se corte el incendio y te vuelven a prender. Muchas veces los vemos encender de lejos mientras estamos apagando. Llevamos todo eso al Juzgado. Avisamos, sacamos fotos, denunciamos, se llevó a Policía y Prefectura. Si todos los años se quema en el mismo lugar... la justicia tiene que actuar”, reclamó Seufferheld.
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