La cordobesa Valeria Herrera tenía 24 años y muy poco tiempo de casada cuando le diagnosticaron cáncer de útero. Luego de rezarle al “indiecito santo” -que le resultaba familiar gracias a la estampita que su abuela guardaba con devoción- sorprendentemente el tumor desapareció y pudo ser madre. Los especialistas del Vaticano no le encontraron explicación a esta cura repentina. Y fue la razón para que Ceferino Namuncurá, venerable de la Iglesia, luego de un largo proceso, fuera ungido beato por el papa Benedicto XVI.
Esa tez oscura y de mirada especial, que uno lo imagina reservado, pero que encerraba una personalidad especial, es la imagen característica de este santo argentino. Ceferino Namuncurá nació un día como hoy, 26 de agosto de 1886, en Chimpay, un poblado rionegrino que se levanta a la vera de la ruta nacional 22. Hoy tiene unos ocho mil habitantes y literalmente explota cuando miles de peregrinos se dan cita todos los agostos para honrar al “santito de la toldería”.
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Pertenecía a una dinastía araucana belicosa, la de los Curá (piedra). Su abuelo fue Callvucurá (callvú: azul; curá: piedra). Su papá Manuel, que había peleado contra las fuerzas del general Julio A. Roca y que terminó sometido y distinguido con grado militar, había nacido en 1811 y su mamá se llamaba Rosario Burgos, y era una cautiva chilena.

Lo bautizaron el 24 de diciembre de 1888 por el amigo de su papá, el cura salesiano Domingo Milanesio, conocido como “el apóstol de los aborígenes”. Milanesio había sido el mediador con el Ejército para llegar a la paz, lo que permitió a Manuel continuar usando su título de “Gran Cacique” y conservar sus tierras en Chimpay. Roca indicó que le otorgase el grado de coronel, con sueldo.
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La infancia la pasó entre los suyos, educado en la cultura araucana. Cuando tenía 11 años le pidió a su papá que lo enviase a Buenos Aires a estudiar, ya que deseaba ser útil a su raza. La tradición cuenta que el padre contactó a su amigo el general Luis María Campos y el joven Ceferino entró en los Talleres Nacionales de la Marina, en Tigre, que funcionaban desde 1879 y donde se reparaban los buques de la escuadra nacional. Ceferino sintió que ese no era su lugar.
Entonces el padre le escribió al presidente Luis Sáenz Peña quien indicó hacer las gestiones con el padre José Vespignani, un italiano que había llegado al país en la tercera expedición de misioneros salesianos, y Ceferino fue aceptado en el Colegio Pio IX, en Almagro. Allí convivió con muchos niños de origen humilde, cuyas familias los mandaban para que pudieran ser educados y con la esperanza que salieran conociendo un oficio, gracias a los talleres que tenía montados.
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Debió soportar el acoso y las burlas de algunos de sus compañeros por su condición de indígena. Él perdonaba y repetía que deseaba ser sacerdote, para poder salvar almas y para poder demostrarle a su raza que existía un Dios. Era un ferviente admirador e imitador de Domingo Savio, un muchacho italiano que vivió en santidad y que falleció a los 15 años.
Entre sus compañeros habría estado Carlos Gardel y hay autores que señalan que ambos integraron el coro de la escuela.
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Con monseñor Juan Cagliero, quien se convertiría en su padrino y mentor, tomó la primera comunión y la confirmación. Se destacó en canto y el padre José María Spadavecchia recordaba que su voz “era buena y delicada”, y que había ganado en 1901 un primer premio como solista.
También obtuvo la distinción de “Príncipe de la Doctrina Cristiana”, en el concurso que anualmente se organizaba sobre contenidos de catecismo. A los 16 años, cuando finalizó sus estudios, decidió convertirse en misionero.
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En ese tiempo se enfermó de tuberculosis, una afección mortal en esa época. Se creyó que el clima patagónico sería beneficioso para sus pulmones y monseñor Cagliero lo llevó a Viedma. Allí lo atendió el cura médico Evasio Garrone, un italiano que antes de venir a estas tierras se había desempeñado como asistente médico mientras cumplía con el servicio militar. Aprovechó el largo viaje por mar estudiando los tres libros de medicina que llevaba con él.
En la Patagonia, “el curita”, como lo apodaban cariñosamente por su baja estatura, Garrone atendía en una vieja casa que era conocida como “el hospital San José”, donde iban a atenderse con el “padre doctor” gente humilde que llegaba de los rincones más lejanos. Recibían atención totalmente gratuita y cada uno retribuía con lo que podía.
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Ceferino llegó en 1902. Y lo atendía Artémides Zatti, también tuberculoso pero que le terminaría ganando a la enfermedad. Zatti -que sería proclamado beato por el Papa Juan Pablo II- lo esperaba todas las mañanas a las 10. Como se suponía que una alimentación nutritiva era clave para el tratamiento, ambos comían un bife a la plancha, acompañado de una copa de vino y pan, tal como había indicado el doctor Garrone. Por las tardes, caminaban por el campo y con las monedas que el mismo médico les daba, se detenían a comprar huevos frescos, los que consumían al regreso. El joven se sorprendía de la bondad de los padres superiores, y era común que hicieran la caminata rezando el Rosario dedicado a ellos.
Pero Ceferino no mejoraba.
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Cagliero decidió llevárselo a Roma. Allí, con mejores médicos y con un clima favorable, existían más probabilidades de cura y podría continuar su formación religiosa. En el buque “Sicilia” desembarcaron en Génova, viajaron a Turín y de allí a Roma, donde se alojó en el Colegio Salesiano de Villa Sora, en Frascatti, a veinte kilómetros al sudeste de Roma.

Llamó la atención de los diarios, que lo describían como “el hijo del Rey de las llanuras patagónicas” o “el príncipe de las pampas”.
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Llegó a ser el segundo de su clase y no alcanzó a ser primero por el idioma. Debió aprender el italiano a la par que cursaba las demás materias.
Después de una espera interminable, a las diez y media de la mañana del 27 de septiembre de 1904 fue recibido, junto a una treintena de superiores salesianos, por el Papa Pío X.
En un momento, el Papa le hizo señas de que comenzara con su discurso que había llevado. Emocionado hasta las lágrimas, lo leyó en italiano, y en él hizo hincapié en convertir a sus hermanos de la Patagonia en Jesucristo.
Ceferino le regaló un quillango de guanaco y el Sumo Pontífice, una vez finalizada la audiencia, lo llevó aparte y le obsequió una medalla de plata con su imagen y con la de la Inmaculada Concepción.
El joven soportaba con fortaleza su enfermedad mientras cumplía con los preceptos religiosos. En marzo de 1905 fue internado en el Hospital Fatebenefratelli, de los Hermanos de San Juan, en la isla Tiberina. Cuando presintió que el fin estaba cerca, exclamó: “Benditos sean Dios y María Santísima. Basta que pueda salvar mi alma; y en lo demás hágase la voluntad del Señor”.
Falleció el 11 de mayo de ese año. Le faltaban cuatro meses para cumplir los 19 años. En 1924 sus restos fueron repatriados y depositados en el santuario de Fortín Mercedes. En noviembre de 2009 fueron trasladados al paraje San Ignacio, en el kilómetro 2294 de la ruta nacional 40, en Neuquén.
El 22 de junio de 1972 la iglesia lo declaró venerable y el 11 de noviembre de 2007 Benedicto XVI lo proclamó beato. Aquel indiecito, el de la estampita, que solo quería regresar a su tierra para hablarles a los suyos de que existía un Dios, había cumplido su misión en la tierra para seguir honrándola desde el cielo.
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