
Un grupo de comandos de la Compañía 602, recién llegados del continente, tenía como misión instalar una base de patrullas en Monte Kent. En la noche del 29 de mayo ya estaban a unos 40 metros de la cima, cuando se abatió sobre ellos una granizada de balas trazantes.
El primero en reaccionar fue el teniente primero Horacio Lauría, mientras los demás se dispersaban. Disparaba granadas PDF con su fusil, hasta que escuchó detrás suyo la voz del sargento primero Raimundo Viltes. “¡Ayúdeme, ayúdeme!”. Tenía un tiro en el pie.
–Hay que replegarse -le dijo el oficial-. Rezale a Dios, a la Virgen y a Puchi Lauría, que yo te saco de acá.
Lo cargó al hombro y lo fue llevando, pero a cada bengala británica debía arrrojarse al suelo, porque les caía una andanada de fuego. Un rato más tarde se le sumó el sargento primero José Nuñez, quien ayudó a trasladar al herido.
Al atravesar un río de piedras, las balas trazantes les pasaban casi rozándolos, como los cuchillos de un lanzador de circo, bordeando sus cuerpos, pero sin nunca herirlos. “El manto de la Virgen nos protegía”, me jura Lauría.
Así avanzó unas tres o cuatro horas más. Nevaba. De repente, Lauría advirtió que los estaba rodeando una patrulla. Les marcó a los suboficiales el sector de observación y fuego, y pensó: “Algunos nos llevaremos”. Los dejó acercar para hacer más eficaz el tiro, pero antes de disparar gritó “¡Viva la Patria!” … Y en esa fracción de segundo, de enfrente se oyó: “¡Argentinos!”. Era el teniente Alejandro Brizuela de la Compañía de Comandos 601. El “Viva la Patria” había impedido que los comandos se mataran entre ellos.

De allí avanzaron hasta Monte Estancia, donde se reúnen con el resto de la patrulla de Lauría. El jefe de la misma, capitán Andrés Ferrero, al ver que Viltes había perdido demasiada sangre y estaba exhausto, que no lo podían mover, ordenó dejarlo allí, junto al sargento ayudante enfermero Albornoz, mientras los demás se replegarían.
Pero Lauría, amigo de la infancia de Ferrero, se plantó.
–Andresito, ¿lo llevé 14 horas al hombro y lo voy a dejar? ¡Si se queda él, me quedo yo!
El oficial pidió dos raciones más, dosis de morfina, un par de granadas, y se guareció con Viltes en una cueva. A pesar del torniquete que le había aplicado, el suboficial seguía desangrándose y todo el tiempo pedía: “Agüita, agüita”. Lauría no paraba de derretir nieve en el jarro, porque el herido consumía unos tres litros por hora. Y el rescate no llegaba.
–Viltes, acá nos salvamos nosotros, o no nos salva nadie, le manfestó.
–Lo que usted diga, mi tenientito, fue la respuesta.

Entonces Lauría decide ir cambiando de posición. Preparaba una nueva a unos 300 metros de distancia y luego llevaba hasta allí al sargento. Pero los ingleses estaban ocupando el Monte Estancia, era perentorio alejarse.
Como primer paso, el oficial necesitaba motivar al herido, porque ya no tenía fuerzas para cargarlo al hombro. Le aplicó una dosis completa de morfina. “Los ojitos se le dieron vuelta”, me comentaba. Y le espetó: “¡Ponete las pilas, o te dejo!”.
Con los guantes de ambos y el forro de su chaquetilla, Lauría confeccionó rodilleras para Viltes, y este empezó a avanzar gateando. “Un machazo de aquellos”, se admira hoy el oficial. Tras unas tres horas de desigual marcha, finalmente son rescatados por los capitanes Fernández Funes y Pablo Llanos, con dos suboficiales, que habían salido a buscarlos en sus motos Kawasaki Enduro. Más allá, los esperaba el capitán Ferrero, que no dormía desde hacía tres noches, preocupado por sus hombres. Lauría no le pudo salvar la pierna a Viltes –tuvieron que amputarla – pero le salvó la vida.

El teniente primero participó de todos los combates de la Compañía 602, excepto el de Top Malo. Incluyendo el del Monte Dos Hermanas, donde los hombres de Rico, Castagneto y del Escuadrón Alacrán pusieron en fuga a los ingleses. Contrariando la orden de repliegue de Rico, Lauría quería perseguir a los enemigos para aniquilarlos y sobre todo para recuperar el cuerpo del “Perro” Cisnero, abatido en esa acción.
–A un camarada se lo va a buscar, vivo o muerto -increpaba a su jefe– . Y yo lo voy a hacer.
Enfurecido, Rico quería agarrarlo a trompadas en pleno combate. Pero Lauría se mantenía en sus trece, decidido a insubordinarse. Sólo abandonó la idea, cuando él y sus hombres hicieron el recuento de munición; ya prácticamente no tenían.
Según me decía este comando, condecorado con la medalla de la Nación Argentina al Valor en Combate, hay dos maneras de abordar el tránsito terrenal: viendo pasar la vida, o buscando que la vida te parta al medio. Lauría siempre optó por esta última. La adrenalínica.
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