
Era de 1982 y mayo entraba en su segunda semana. Ya en las Malvinas se registraban serios enfrentamientos armados; la pista del aeropuerto de Puerto Argentino había sido bombardeada por aviones Vulcan, acantonados en la Isla Asunción y provistos de combustible en el aire en varias ocasiones. El crucero ARA “General Belgrano” había sido hundido con grandes pérdidas humanas y la respuesta argentina no había sido menor: aviones navales y de la Fuerza Aérea destruyeron el moderno destructor HMS “Sheffield”. La gestión de buenos oficios del gobierno de Ronald Reagan había sucumbido y el 30 de abril, el jefe del Departamento de Estado había anunciado sanciones de todo tipo a la Argentina. Luego, la mediación peruana del presidente Fernando Belaúnde Terry fracasó y le llegó el turno a otro peruano, el Secretario General de las Naciones Unidas Javier Pérez de Cuellar, intentar una solución pacífica al diferendo.
En esos días aún estaba muy fresco el hundimiento del crucero Belgrano y sus consecuencias. El 2 de mayo, a las 12:45, Margaret Thatcher mantuvo una reunión en Chequers, su casa de campo, con altos jefes militares en donde se consideró que “a la luz de las últimas informaciones de inteligencia sobre los movimientos e intenciones de la flota argentina y de las nuevas situaciones creadas por los eventos del 1° de Mayo, hemos acordado que las fuerzas británicas deben ser autorizadas para atacar cualquier nave argentina excepto naves auxiliares; de la misma manera que fueron aprobados el 29 de abril los procedimientos para el caso del portaviones argentino (ARA “25 de Mayo”) y los casos de aviones (los Boing 707 de AA) que sobrevuelen la flota británica (asunto considerado el 22 de abril). El Procurador General mencionó el punto que si cualquier ataque fuera difícil de justificar y se realizaba muy fuera de la Zona de Exclusión; el almirante (John) Fieldhouse (comandante de la Fuerza de Tareas) dijo que es muy poco probable que sucedan en las áreas de patrullaje de las unidades involucradas”. En otro momento se consideró qué tipos de arreglos deberían hacerse con los prisioneros argentinos que sean capturados como resultado de las operaciones militares.

“Cualquier submarino detectado no clasificado nuclear va a ser presumido como argentino y puede ser atacado”, fue una directiva surgida de una reunión del gabinete de guerra con la Primer Ministro, realizada el 23 de abril de 1982. El párrafo está contenido en una minuta de la reunión escrita por Sir RL Wade-Gerry, Secretario Adjunto de Gabinete, titulado “Falklands: Decisiones Militares”. En esta reunión participó Sir Michael Palliser, el diplomático que le entregó al argentino Atilio Molteni, Encargado de Negocios en Londres, la declaración de rompimiento de relaciones, a las 17 horas del 2 de abril de 1982.

Mientras tanto, no habiendo quedado totalmente descartada la gestión de Fernando Belaunde, desde Nueva York, el secretario general de las Naciones Unidas, Javier Pérez de Cuéllar, ofreció una gestión de buenos oficios que es aceptada por la Argentina y el Reino Unido. “A fin de participar en las negociaciones, el jueves 6 de mayo, viajan a Nueva York el subsecretario Enrique Ros y el secretario (Roberto) García Moritán”, según el “Cronograma de los hechos”, un trabajo realizado en la cancillería por la Dirección Antártica y Malvinas. El secretario general de las Naciones Unidas propuso, como un paso previo para el comienzo de las negociaciones, el retiro de las fuerzas de ambos países del archipiélago. Al día siguiente, viernes 7, Gran Bretaña amplió el bloqueo naval a 12 millas del litoral marítimo argentino y tomó la decisión de trasladar las fuerzas de infantería que estaban en la isla Ascensión al frente de guerra en el trasatlántico SS “Camberra”. Era un claro mensaje de que se pensaba en un desembarco.
En Buenos Aires, ese mismo jueves, en horas de la tarde, un diplomático argentino de la “línea”, cercano a Enrique Ros, comentó que se esperaba un nuevo ataque británico para los próximos días, “incluso al continente” (algo que Londres tuvo en estudio, según se supo años más tarde).

Luego relató que “el lunes pasado (al día siguiente del hundimiento del crucero ‘General Belgrano’), Harry Schlaudeman se entrevistó con el almirante Anaya, como consecuencia de la campaña de prensa contra los Estados Unidos. Así lo consideraba el embajador norteamericano. Dijo Schlaudeman que, de persistir dicha campaña, él tendría que irse de la Argentina. Anaya le respondió que le garantizaba un vuelo para que se fuera. Todo esto es consecuencia de un artículo del periodista Jorge Lozano, cercano a la Armada, en el Diario Popular, contra EE.UU.”. Luego confirmó lo que se sabía: “Anaya llevó la presión a fondo para que no se aceptara la propuesta de Perú, después del hundimiento del Belgrano. Algunos asesores del vicecanciller Ros dicen que Costa Méndez no le cuenta a la Junta toda la información que sus asesores le proveen. Que con esta conducta los endurece, llevándolos a un enfrentamiento a fondo con Gran Bretaña”.
El Palacio San Martín era un hervidero. Los estados de ánimo cambiaban de despacho en despacho. Así, el mismo viernes 7, en la oficina del embajador Eduardo Lorenzo De Simone, un diplomático de clara vinculación desarrollista, se escuchó: “Vamos hacia el Apocalipsis; no podemos ganarle a Gran Bretaña-Estados Unidos y la OTAN juntos. Es tarde para aceptar la paz, ahora no la quiere Gran Bretaña. Han extendido la zona de exclusión a 12 millas del continente y no se descarta un ataque al continente. Todo este ‘castigo’ cuenta con el visto bueno de la URSS. Hay varios golpes militares en marcha: encabezados por los generales Onganía, Viola y el almirante Massera”. El ex presidente Roberto Viola movía sus hilos para terminar con Galtieri y en ese sentido operaba con cinco candidatos militares alternativos: los generales Gallino, Liendo, Bussi, Villarreal y Bignone. A su departamento de la calle Juncal casi Talcahuano concurrían empresarios, dirigentes políticos y militares. Vivía en un 5º piso, pero algunos para despistar subían hasta el 7º y bajaban por la escalera de servicio. En coincidencia con la fuente diplomática, el almirante Jorge Anaya me dijo, años más tarde, que “el 5 de mayo de 1982, el Servicio de Inteligencia Naval, detectó que un grupo de generales de división tramaba la caída de Galtieri”. Es más, en una oportunidad, sostuvo que tras la victoria serían fusilados 15 ciudadanos por “traición a la Patria”.

“Las negociaciones necesariamente deben tomar algún tiempo; pero debo poner en claro que el hecho de que estemos negociando no impide el uso de ninguna alternativa militar. Debemos decir claramente a los argentinos que no tienen que llegar a la mesa de negociaciones con la esperanza, o con las condiciones, de que finalmente les sea cedida la soberanía sobre las Islas; hay ciertos principios respecto de los cuales no podemos doblegarnos”, dijo Margaret Thatcher en uno de los acalorados debates en la Cámara de los Comunes. La guerra escalaba, mientras los diplomáticos continuaban analizando la propuesta de paz de las Naciones Unidas y presentando notas ante el Consejo de Seguridad. Así, por ejemplo, tras la ampliación británica de la zona de bloqueo, el viernes 7 de mayo la Argentina presentó una nota de protesta por la actitud inglesa, al Consejo de Seguridad (ONU) y el Órgano de Consulta del TIAR. También se presentó una nota informando sobre las circunstancias del ataque al buque “Alférez Sobral” y las bajas sufridas. El 8 se realizó una reunión en el domicilio particular de Pérez de Cuéllar con los representantes argentinos, mientras Gran Bretaña, a través de una nota al Consejo de Seguridad, justificaba la ampliación del bloqueo. Nota que mereció una respuesta argentina. El domingo 9, mientras seguían las negociaciones en Nueva York, las fuerzas británicas iniciaron un nuevo ataque contra Puerto Argentino, y en Buenos Aires se confirmó el hundimiento del navío “Isla de los Estados” y el ataque al pesquero “Narwal”. El Reino Unido presentó una nueva nota explicando el ataque al “Narwal”.
En Buenos Aires la confusión no era menor. Tras el apoyo de los Estados Unidos a Gran Bretaña, el dirigente político Francisco Manrique se entrevistó, el 8, con Galtieri en la Casa de Gobierno. A la salida explicó que las acciones argentinas por la cuestión de las Malvinas se estaban desarrollando “dentro del mundo occidental” y que “nadie debe, ni puede suponer el alejamiento de sus valores tradicionales. Nada apartará al país de su ubicación geográfica e ideológica en el mundo”. En sintonía, aunque con mayor margen de sutileza, Nicanor Costa Méndez apuntó que los Estados Unidos “se alió con el enemigo, y espero que se rectifique y revise su actuación respecto a América Latina”. Y, desde los Estados Unidos, Ronald Reagan sostenía que la crisis “no afectó” el interés norteamericano por mantener “relaciones íntimas con los países de América del Sur”. Así lo publico la revista brasileña Veja del 9 de mayo de 1982.
Las declaraciones más comentadas en esas horas las formuló el ex canciller Miguel Ángel Zabala Ortiz para La Nación el 11 de mayo: “Si la Unión Soviética o China, por ejemplo, nos dan su ayuda y quieren contribuir a la defensa de nuestro país, no obstante las diferencias ideológicas, no podremos dudar”. Las palabras del ex canciller no eran improvisadas. Un largo documento de 8 páginas escrito en la cancillería, el 3 de mayo de 1982, para considerar la gestión de Pérez de Cuellar y otras alternativas -o miradas del conflicto- trataba: “La imposibilidad política de recurrir a la asistencia militar soviética ante la amenaza de los Estados Unidos de América de que si ello ocurriera participarían directamente en el conflicto”. Además consideraba “las limitaciones en el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca para tener apoyo militar en contra de Estados Unidos de América y del Reino Unido.” El punto siguiente guardaba relación con lo dicho anteriormente: “La noticia de que avanzan nuevos refuerzos para la flota británica que opera en el Atlántico Sur la que, según fuentes de nuestros servicios de inteligencia naval, ahora cuentan con el pleno apoyo material y de Inteligencia de los Estados.”
El punto 8 de la segunda página esbozaba una conclusión del momento que se vivía: “El transcurso del tiempo actúa en forma desfavorable” para la Argentina. Faltaban cuarenta y dos días para la caída de Puerto Argentino.
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