Domingo 2 de mayo de 1982. Cuatro de la tarde. El viento azota al buque en el mar austral. El cielo se tiñe de negro. El pronóstico meteorológico es malo para las próximas doce horas. El ARA General Belgrano se encuentra navegando en Latitud 55°24′S y Longitud 61°32′ W.11 Coordenadas: 55°24′S 61°32′0, fuera de la zona de guerra establecida.
Desde el otro lado del océano, la orden llega clara y limpia al HMS Conqueror. La recibe el comandante del submarino británico, que desde hace dos días ha detectado al crucero argentino y lo sigue desde las profundidades del océano.
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-Disparen a hundir.
Las tres palabras pronunciadas por la primer ministra Margaret Thatcher sellan el destino del gigante de acero.
A las 16:02 impacta el primer torpedo MK8. El buque se sacude violentamente y todo es oscuridad. La mole de 13.500 toneladas parece elevarse por los aires. Una segunda explosión en la proa desprende 12 metros del buque. Y todo se convierte en un infierno de llamas, petróleo derramado y horror.
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Los marinos que están en el comedor, a solo 10 metros de donde pega el primer torpedo, ven una bola de fuego que surge de las entrañas de Belgrano. Las llamas los alcanzan, se están quemando. Se cubren la cara, instintivamente. Pero el pelo, la ropa, la piel son devorados por el fuego.
El ARA comienza a inclinarse a babor. El olor acre de los explosivos inunda todos los compartimientos.
A las 16:05 algunos tripulantes quieren controlar las averías, pero es imposible. Informan, por una línea de teléfono directa, que no pueden reparar los daños. En cubierta, los comandantes deben tomar una decisión. El personal del buque se moviliza hacia la cubierta principal, entre chorros de vapor y petróleo.
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Tres minutos más tarde, los hombres se dirigen a las balsas asignadas. El ARA tiene 72, de las cuales 62 alcanzan para toda la tripulación. Desde el puente de mando las órdenes llegan a través de megáfonos y se retransmiten gritando entre el crujir de los hierros.
Los marinos rescatan a los heridos. Los llevan en sus hombros. Los médicos y enfermeros intentan calmar el dolor de los quemados e inyectan morfina: marcan con la sangre de los heridos una M en las frente para saber quiénes ya la han recibido.
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A las 16:10 la escora aumenta 1 grado por minuto. El casco se hunde y el agua entra al buque a toneladas. Nadie quiere dejar solo al crucero, todos luchan en cubierta. Se ordena, por precaución, que se lancen las balsas al mar. El buque parece estabilizarse y provoca esperanzas entre los hombres. Los marinos siguen bajando de la cubierta al interior de la nave para verificar si ha quedado algún herido. Algunos dan su vida al intentar ayudar a sus camaradas.
A las 16:18 la inclinación ya es de 20 grados y el petróleo está derramado en la cubierta. Hay que aferrarse para no caer al mar.
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A las 16:23 el comandante Héctor Bonzo da la voz de abandono. “La voz más trágica que puede dar un marino”, diría años más tarde.
Los heridos son los primeros en ser llevados a las balsas, con capacidad para 20 personas y equipadas de víveres. Los hombres bajan hacia el mar embravecido por las redes, los cabos de cáñamo, y muchos saltan al techo de las balsas salvavidas.
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Treinta y nueve minutos después del primer torpedo, el comandante se arroja al agua junto al suboficial Ramón Barrionuevo. Son los últimos hombres en abandonar al crucero que se hunde en un mar furioso.
A las 16:50 la escora de 60 grados anuncia el inexorable final. Un denso humo blanco pinta la oscura noche que ya se avecina.
A las 5 de la tarde, el General Belgrano parece querer escapar de su destino y se eleva. Es solo un instante, antes de que el mar se lo trague para siempre.
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“¡Viva la patria! ¡Viva el Belgrano!”, gritan los marinos sobrevivientes.
De los 1093 tripulantes, 720 hombres lograron alcanzar las balsas. 323 quedan en las profundidades del mar argentino.

Infografía y animación: Marcelo Regalado
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