El 25 de marzo de 1818 el Libertador de América José Francisco de San Martín ingresaba en la ciudad de Santiago de Chile, luego de trabajosas jornadas a partir de la derrota sufrida por el ejército patriota en Cancha Rayada. Una vez en la capital ante la multitud expectante y temerosa proclamaba: “El ejército de la Patria se sostiene con gloria al frente del enemigo. Los tiranos no han avanzado un punto de su atrincheramiento. La Patria existe y triunfará, y yo empeño mi palabra de honor de dar un día de gloria a la América del Sur”.
Con la mirada en el horizonte de la libertad, el líder americano inspiraba a los pueblos tras sus pasos y empeña su palabra de honor en la culminación de la obra que había comenzado al dar inicio a “la gran empresa cuyana” desde Mendoza y a la que ha decidido consagrar su vida.
Luego del 19 de marzo los días se volvieron febriles y los preparativos para un enfrentamiento decisivo se aceleraron. El Ejército Unido logró rehacerse y gracias a los esfuerzos desplegados por el propio San Martín, O’Higgins, Las Heras, Freire, Guido, Rodríguez y demás jefes, oficiales y tropa consiguieron reunir una fuerza de más de 5.000 hombres y 21 cañones con la que el General en Jefe planeaba avanzar sobre el enemigo y librar la batalla decisiva. El libertador consideraba que no se debía dar tiempo al enemigo de capitalizar el triunfo obtenido en Cancha Rayada.
Al decir de Mitre: “Contando con el triunfo, el general de los Andes supo infundir a todos su confianza, dio instrucciones detalladas a sus jefes en vísperas de la batalla. Entre ellas, recomendaba a los jefes de caballería tomar siempre la ofensiva, por ser esta la índole del soldado americano, y llevar a su retaguardia un pelotón de veinticinco hombres para sablear a los que volvieran la cara y perseguir al enemigo”.
Por último les decía: “Esta batalla va a decidir la suerte de toda América, y es preferible una muerte honrosa en el campo del honor a sufrirla por manos de nuestros verdugos. Yo estoy seguro de la victoria con la ayuda de los jefes del ejército, a los que encargo tengan presente estas observaciones”.
Al amanecer del 5 de abril, San Martín, informado de las tácticas enemigas, quiso “cerciorarse por sus propios ojos del error estratégico y concertar sus movimientos tácticos, (para ello) se vistió con un poncho y un sombrero de campesino y, acompañado por su inseparable ayudante O’Brien y el ingeniero D’Albe, seguido de una pequeña escolta, se dirigió a gran galope al ángulo truncado de la Loma Blanca. Desde allí, pudo observar a la distancia de 400 metros con el auxilio de su catalejo, la marcha de flanco que en perfecto orden ejecutaban las columnas españolas a tambor batiente y banderas desplegadas, al posesionarse de la lomada triangular fronteriza prolongando su izquierda sobre el camino de Valparaíso. ‘¡Qué brutos son estos godos!’”, exclamó con esa mezcla de resolución y buen humor que lo caracterizaba.
Y agregó: “Osorio es más torpe de lo que yo pensaba”. Dirigiéndose luego a sus acompañantes, les dijo: “El triunfo de este día es nuestro. ¡El Sol por testigo!”, según relató el mismo Mitre.
A media mañana el ejército argentino - chileno rompió marcha y poco antes del medio día la artillería patriota rompió fuego y poco después se inició el ataque. La lucha duró varias horas y finalmente el ejército realista fue diezmado por completo. Maipú significó la primera victoria decisiva de la lucha por la Independencia, y así como la Batalla de Tucumán del 24 de septiembre de 1812 salvó la Revolución de Mayo, sin duda Maipú abrió la puerta a los futuros triunfos patriotas en todo el continente. En ese momento, la figura de estratega de San Martín alcanzaba uno de sus instantes sublimes, pero sobre todo resaltaban las condiciones de líder: aquel que logra capitalizar las vicisitudes y ve en los obstáculos y crisis la oportunidad de resurgir y jugar el todo por el todo. Recordemos que este triunfo se logró a tan sólo dos semanas de la sorpresa de Cancha Rayada donde el ejército patriota quedó reducido a casi la mitad de su fuerza y sin embargo la decisión, actividad y trabajo desplegados en los días posteriores permitieron obtener los resultados de ese 5 de abril de 1818.
Las dificultades y vicisitudes golpearon al Libertador, sin embargo su preparación, ímpetu, valentía, habilidades y competencias desarrolladas durante los años de preparación en España y los de liderazgo en América forjaron su carácter y dispusieron su mente para tomar decisiones claves, en el tiempo justo, con la claridad y visión que las circunstancias demandaban. Así San Martín demostró ser “el hombre justo en el momento indicado”.
El 27 de abril, desde Salta, Martín Miguel de Güemes, como muchos otros, al conocer el triunfo de Maipú, le escribía a José Francisco en los siguientes términos: “No es esta la primera vez que dirijo mis justos respetos a V.E., aunque con el desconsuelo de que la pluma y no la lengua sea el intérprete, cuando aquella no es bastante a explicar los conceptos de un alma agradecida. Las armas de la nueva Nación manejadas por la diestra mano de V.E., repiten sus triunfos dando mayor timbre al valor americano, y sirviendo de terror y espanto al orgulloso peninsular. Muy pronto verá este que el estandarte de la libertad flamea aún en sus mismos muros, que supone impenetrables. Ya, pues, que la suerte no ha querido que al lado de V.E. tenga mi espada una pequeña parte en la venturosa gloria del día 5 del actual, quiera al menos dar acogida al amor y respeto con que tengo el honor de felicitar a V.E. y acompañarle desde aquí, en el objeto de sus complacencias, Dios guarde a V.E. muchos años”.
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