
El atelier de techos altos con vista al bosque estaba decorado con telas coloridas, y géneros intervenidos. Hoy se asemeja más a un hogar. Los materiales de arte fueron reemplazados por una cama, una mesa y un sillón. Sara Schlamp (60) junto a su familia fue la artífice de todo la reconfiguración con una misión importante.
Ese espacio ubicado en el altillo de Sara, una argentina viviendo en Heidenheim an der Brenz, en Alemania es hoy el nuevo hogar de Marcelo Mack, Irina, y Dany. Él de Tres Arroyos, ella de Odessa, al igual que su hijo, Dany. El 10 de marzo tuvieron que dejar Ucrania por la invasión de las tropas rusas.
A diferencia de otros refugiados, fue Sara la que los invitó a encontrar tranquilidad....“Es un pecado poder ayudar y no hacerlo”, repite una y otra vez. “Tengo el espacio, y la voluntad, por qué no lo haría”, se cuestiona. Cuando vio a Marcelo hablar en los diferentes medios de comunicación, algo desesperado por tener dinero, y la vez sin lugar para refugiarse, no dudó en contactarlo.
Por estas fechas la crisis de refugiados en Europa se agudizó. Y según el conteo de ACNUR, más de 3,5 millones de ucranianos se agolparon a las puertas de las fronteras europeas para escapar de la guerra. Muchos optaron ir por tierra hasta Polonia, Hungría o Rumania, y de ahí tomar un vuelo, o tren a otras ciudades europeas.
Cientos de ONG recaudan fondos para ayudarlos, pero también lo hicieron miles de ciudadanos, que como Sara abren sus puertas para acompañarlos en la recomposición de su vida. “Cuando comenzó el conflicto envíe algo de dinero a las distintas organizaciones, pero es como enviar una gota al mar. Quería regar una planta y verla florecer”, le dice a Infobae, haciendo una analogía con lo que la motivó a transformar su atelier en un hogar.
Sara está casada con Peter Weber, alemán. Tiene tres hijos. Nació en Comodoro Rivadavia, creció en Mendoza, y es descendiente de alemanes. Cansada de la inseguridad y la inestabilidad social de la Argentina en 2004 decidió volver a empezar en el exterior. “Quería que mi trabajo y mi esfuerzo valgan. Varios hechos de inseguridad me convencieron que era hora de dejar Mendoza para probar suerte en al tierra de mis ancestros”.
Con sus dos hijos llegó a Alemania casi dos décadas atrás. Allí empezó a dar clases de alemán para extranjeros, y de a poco formó su propio instituto de idioma. Meses antes de la pandemia había montado en el ático de su casa un atelier de arte para dar talleres de manualidades.
Pero la llegada de las restricciones pusieron en pausa sus planes. “Ese espacio quedó en desuso. Solo pude organizar clases virtuales con algunos alumnos de Nepal, Brasil, e India, y los talleres de arte nunca arrancaron”, se lamenta.

La guerra, otra vez
Las cientas de historias con las que Sara se cruza tienen algo que ver con la suya propia. Creció con los relatos de la Segunda Guerra Mundial. “Mi padre, Otto, sobrevivió al conflicto. Mi abuelo Hans se mudó a Wolfsburgo en 1934 por una oportunidad laboral y lo convocaron al frente de batalla sin saber si volvería, mientras que el resto de la familia intentaba sobrevivir”, dice.
Hay relatos que no olvida. “Hay historias que mi padre no quiso ni contarme, tal vez para no recordar el dolor. Pero sí me hablaba que lo peor de la guerra viene después de las bombas, las trincheras y los tiros …. Cuando pasa eso, llega el hambre, y la desolación”.
Una cadena de favores
Cerca del 10 de marzo, Marcelo recibió el mensaje que le cambió la vida. Era Sara con una pregunta crucial. “¿En que te puedo ayudar? Me leyó, y me dijo que necesitaba trabajar, le respondí que tenía un techo seguro para pasar este tiempo. Al principio no estaba convencido, pero lo alenté para que se tomara el tren”.
Tres días más tarde, Sara junto a otra amiga argentina, Romina, los recibió en la estación Central: “Fuimos a las seis de la tarde con un cartel colorido. Cuando llegó la formación empezamos a saltar de alegría, pero no estaban, se habían tomado el siguiente. Así que volvimos dos horas más tarde”.
El encuentro de cinco desconocidos
“Con Romina los saltamos a abrazar. Ni besos, ni mano ni nada. Estábamos felices de que vinieran, y queríamos que sintieran lo mismo. La conexión fue mutua”, admite.
La dedicación casi exclusiva de Sara con Marcelo, Irina y Dany, tuvo el apoyo de su marido y su hijo menor, Valentín. “Cuando les conté lo que quería hacer, ni lo dudaron. Son los que ayudaron a organizar la casa, y también se ocupan de entretenerlos… van a fútbol, salen con amigos, se volvieron compinches”.
Los fines de semana desayunan juntos. También salen a pasear por la ciudad. Hay asados argentinos de domingo, e incluso clases de alemán para Marcelo, Irina y Dany. “Saqué de manera muy natural mis cartas con los números para que puedan ir familiarizando. Trato de no imponerlo porque pasaron por mucho. Todavía siguen muy conectados con Ucrania, pendientes de todas las noticias de sus familiares. Es muy complejo atraviesan…lo único que espero es que en casa puedan encontrar algo de paz”.

Si bien el panorama es incierto. Sara estima que con la familia Mack ya creó un vínculo sólido. “Este no es un hotel de paso. Ya son parte de nuestros días, y nuestra vida. Esto que están atravesando me podría pasar a mí, en una situación así esperaría que alguien se apiade de mí”. Por ahora, tiene una sola misión: “Ojalá puedan olvidar, por un rato, todo lo que dejaron atrás”.
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