
Surf es sinónimo de “search”. Se sale a buscar la ola, esa que permita contemplar el paraíso terrenal. En ese viaje ocurren escenarios diversos. “Ahí arriba pasa todo. Sos testigo de la vida. Es un minuto y cinco segundos de una sensación de libertad insuperable”, describe Daniel Gil.
No solo es un experto campeón de los legendarios del surf, sino también un promotor de la libertad. Se crió en Recoleta, estudiaba arquitectura, vestía traje corbata y zapatos de charol. Como hijo único estaba destinado a heredar las prósperas empresas de su padre Armando. “Cuando murió papá, a los 51 años, pasé de millonario a linyera. Si no hubiera descubierto el surf, estaría como él”, aclara.
Está descalzo, apenas con sus bermudas surferas de baño, le cuelga un collar de amatista -su piedra preferida- y en el dedo anular de la mano izquierda lleva un anillo de plata con forma de ola, a modo de alianza, que le fabricó una de sus 10 hijos. Convida hojas de espinaca de su huerta. “Probá, son ricas, ya están condimentadas por el aire del mar”. Es que vive sobre la playa, entre el puerto y Punta Mogotes, a cinco pasos de la arena, y a otros dos de la espuma de las olas rotas.
Cuando no está en el agua con sus clases de surf, se sienta en su silla de madera, a la que bautizó Kikiwai, desde donde puede apreciar toda la costa.

Amor a primera vista
“A los 15 años fui a Europa con papá, lo acompañé en un viaje de trabajo. A la vuelta hicimos una escala en Miami. Era pleno verano, así que cuando llegamos, mientras él se daba una ducha, yo aproveché para dar una vuelta. Ni bien salí a caminar vi una foto que me impactó. Me tuve que sentar en el cordón de la vereda porque se me aflojaron las piernas”, dice, mientras revive la emoción.
En la foto había un surfer (todavía no sabía que se llamaba así) parado sobre una tabla larga que bajaba de una inmensa ola en las aguas turquesas de Hawai. “Entré curioso, a la vez desconcertado, nunca había visto a nadie barrenar con una tabla, yo lo hacía pero con el pecho: bodysurfing”.
Daniel no se pudo sacar la idea de la cabeza. Estaba empecinado en tener su propia tabla para poder disfrutarla en sus veranos en Mar del Plata. “Mi viejo estaba cargado con regalos, encargos que le habían pedido y no hubo manera de convencerlo de que me la comprara. ‘Daniel nos van a parar en al Aduana por este mamotreto!’”

Ya en Buenos Aires, siguió su búsqueda. Sin éxito voló a Uruguay, Chile y más tarde a Brasil. “Cuando llegué a Río de Janeiro recién se empezaba a hablar del tema, pero no se lo conocía como surf sino como tabla Hawaiana”. Una tarde, entre tantas visitas al Arpoador, al final del barrio de Ipanema, Daniel conoció a alguien que surfeaba. “Lo ví, y le ofrecí comprársela, pero el muchacho se negó”
En 1963 Daniel viajó con el equipo de Boca Juniors a Perú. Su padre, Daniel José Manuel Gil, vicepresidente del club y empresario, le enviaría un telegrama que le cambiaría la vida. “Si querés surfear te mando con el plantel a Lima, me enteré de que allá practican el surf”, decía el escrito. Sin dudarlo, fue en busca de su sueño.
Compró tres. Y nadie lo frenó.
Lo que vino después fue puro disfrute. No hubo temporada que Gil no se escapara a las aguas marplatenses. “Cualquier excusa era perfecta para venir con amigos. Al principio éramos unos pocos hasta que se armó una comunidad”.

En esos viajes encontró su lugar en el mundo. “Esta playa si la agarrás desde el inicio de la escollera hasta la playa, podés estar hasta un minuto y diez segundos, es un montón”.
Mientras dividía su tiempo entre Recoleta, Mar del Plata y alguna que otra costa latinoamericana, su padre fallece. “Después del entierro volví a mi casa y ya no quedaba nada: ni el dúplex, ni los Mercedes Benz… Mi viejo había firmado papeles cediendo las empresas, lo habían engañado. Me fui con lo puesto”.
Sin rumbo ni destino, llegó a dedo a la ciudad de Manaos, en Brasil. “Estaba destruido anímicamente. No entendía qué había pasado. Perdido sin saber qué hacer. Fueron dos largos años haciendo dedo. Cuando podía surfeaba, lo único que quería era sanar”.
Ya no quería la misma vida de antes.
Kikiwai Surf Club

Se instaló en Mar del Plata donde no solo construyó su casa, sino que montó una escuelita. Se casó dos veces, tuvo 10 hijos y hoy disfruta de sus 6 nietos, varios se convirtieron en campeones del surf. “A todos les enseñé. Al igual que a cualquier persona que quiera aprender”.
A su escuela llegan turistas de todo el mundo, algunos islandeses, por ejemplo, vienen a probar o a perfeccionarse. Gil logra más que enseñarles a pararse sobre la tabla y surfear la ola. Los trasnforma. “Vienen destruidos por problemas con sus vidas y salen nuevos. Los resucito. Como me paso a mí”.
“El surf me dio las herramientas necesarias para convertirme en la persona que siempre quise ser”, explica con una hoja que tenía entre manos. Y pasa a enumerar...
Paciencia, voluntad, perseverancia, esfuerzo, valor, resistencia, destreza, audacia, agilidad, claridad mental, poder de decisión, desarrollo espiritual, conexión con lo divino...
Fotos: Mey Romero
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