
Son un octeto : William (20), Patricio (19), Mario (17), Maxi (15), Juana (11) Juancito (11), y Ariel (8) Gerez. El papá de este clan de hermanos es Diego Bustamante, (38). Dando, recibió el doble: “Somos una familia consolidada”, dice orgulloso este joven que adoptó el servicio social como estilo de vida.
Diego es técnico agropecuario. En uno de sus tantos viajes que hizo al Norte para transformar realidades con su Asociación Civil Pata Pila, conoció a los hermanos Gerez. El vínculo fue creciendo con el tiempo y en 2018 les propuso vivir juntos. “Se lo ofrecí y ellos aceptaron”, relata. Toda la integración se hizo de a poco, con respeto. Durante un año se la pasó viajando de a Añatuya. Hasta que salió el trámite judicial: hoy es tutor legal de los siete.
“Todos los inviernos vamos a visitar a sus padres. No busco un reconocimiento. Sino darles lo mejor para que puedan estudiar, trabajar y desarrollarse. Para mí es importante que mantengan esa relación. Soy simplemente alguien que los cuida como un papá”.

Desde diciembre de 2020 conviven bajo el techo de su primera casa en las periferias de Gualeguay. La hicieron juntos. Diego la diseñó, y le puso el corazón. Los chicos ayudaron con la pintura y los trabajos de barniz. “Quedó hermosa, como la soñamos”, dice.
“Tener un lugar te da la sensación de contención, pero no solo material sino afectiva y psicológica. Estoy contento de ver cómo eso repercute de manera positiva, y los chicos empezaron a desarrollar capacidades nuevas tanto en la escuela como en el club Sportiva donde van. Están muy integrados”.
El inicio de todo
Tenía 24 años y vivía con su familia en Barrio Norte cuando empezó a visitar a personas en situación de calle en el barrio porteño de Once, a familias humildes de Moreno y Pontevedra, en el Conurbano, y a misionar con los Hermanos Franciscanos. Luego le siguieron viajes al norte argentino, el lugar que le cambió la vida. Paradójicamente, él junto a su equipo se encargó de cambiar la vida a 1350 familias de las comunidades Wichí, Guaraní y Chané.
Desde 2014 es el creador de la Asociación Civil Pata Pila, que significa Pies Descalzos en guaraní. “La solidaridad depende de cada uno. Tiene una estructura, un trabajo de inversión social con metas claras. Mi manera de hacerlo es involucrándose con la realidades”.
Dejó CABA y se instaló en una pieza con baño que le prestaron en Yacuy, a 30 kilómetros de la frontera con Bolivia y 400 de Salta capital. Arrancó como un vecino más, en una comunidad guaraní de 2 mil habitantes. “Me encontré con una realidad muy dura: la desnutrición que no es simple de erradicar porque es una sumatoria de situaciones complejas que no te dejan avanzar, es como te ahorcan”. Eso mismo sufrieron sus hijos.
En menos de una década, gracias a un trabajo basado en el respeto y con el foco en los vínculos, en conjunto con profesionales de salud, terapeutas, trabajadores sociales, Pata Pila está presente en cuatro provincias: Buenos Aires, Entre Ríos, Mendoza, y Salta. Y tiene seis centros: cinco en Salta, y uno en Mendoza. Además de siete camionetas itinerantes que recorren la provincia para llegar a zonas alejadas, haciendo 1.200 kilómetros por semana para atender a familias de más de treinta comunidades.
“Vamos a las iglesias, capillas, a las casas de los caciques y muchas veces debajo de un árbol. Sostener la presencia para no romper ese tejido de confianza que se fue construyendo a través de los años, es la clave para la transformación”, admite.
Este año presentó su proyecto “Llegar al Norte” frente a la Unión Europea. De las 800 organizaciones mundiales que participaron eligieron solo 11 eran de la Argentina, y Pata Pila es uno de ellos.

La idea es, una vez, más lograr respuestas a los problemas estructurales de pobreza a partir de acciones colaborativas que respondan a algunas de las necesidades de las comunidades originarias. Sin invadir, siempre respetando. “Llegando a 450 niños menores de 5 años con sus familias, sumado a las mujeres de las diferentes comunidades de Embarcación y Alto la Sierra para intervenir en las causas directas de la desnutrición y combatir la mortalidad/morbilidad infantil y a su vez mitigar las causas subyacentes, en particular las relacionadas con el agua, el saneamiento y la higiene”, destaca.
No está solo, lo hará junto a Proyungas, que se encargará de la parte de los talleres de oficio para mujeres para brindarles una herramienta de trabajo. “El objetivo es formarlas para que tengan un salida laboral, de esta manera promover sostenibilidad a futuro de las familias, mediante actividades que generan ̈un puente entre la asistencia y el desarrollo”.
Además cuenta con de socios estratégicos como Cruz Roja Argentina, Redes Chaco, ACIJ, Secretaría de relaciones Internacionales e institucionales de la Provincia de Salta, Ministerio de Salud de la Provincia de Salta.
-Cómo afecta la desnutrición infantil en el futuro de un niño?
-Lo limita. Su cerebro no se desarrolla y no aprende. Un niño desnutrido y deshidratado necesita ayuda ya. Es lo que yo llamo trabajo de parche: lo urgente. Y después están los procesos de educación hacia las familias para darles herramientas para que ganen autonomía. Se logra.
-Cómo se puede colaborar?
-Hay mucho por hacer. Lo que más necesitamos es padrinos, donantes mensuales que puedan aportar para el sostenimiento de la atención de los niños. A través de la web www.patapila.org y/o padrinos@patapila.org.
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