
El primer Martínez de Hoz llegó al Río de la Plata cuando estas tierras eran aún virreinato, los aires independistas estaban muy lejos y los comerciantes se enriquecían gracias al contrabando incontrolable por el cerrojo comercial que imponía la corona española. Con su esposa María Josefa de Castro Almandoz no tuvieron descendencia y él hizo llamar a su sobrino Narciso de Alonso Martínez, un adolescente que a la muerte de su tío adoptó su apellido y continuó con el negocio. Y haría historia en el país. En la casa de un Martínez de Hoz todo comenzaría.
El de 1866 fue un año complicado para Argentina. La sangría de recursos que insumía desde 1864 la guerra que junto con los aliados Brasil y Uruguay sostenía contra el Paraguay, sin contar las innumerables bajas que nadie imaginó, repercutió negativamente en la economía local y se debió recurrir al auxilio financiero. El país, al borde de una crisis económica y política, era gobernado por Bartolomé Mitre quien permanecería en el campo de batalla hasta la derrota de Curupaytí, en septiembre de 1866. Mientras tanto el gobierno era manejado por su vice Marcos Paz, que fallecería en enero de 1868 víctima de la epidemia del cólera.

Eran tiempos en que no solo se explotaba ganado vacuno, sino lanar, producto que estaba en el primer lugar de las exportaciones. El irlandés Hugo Sheridan había traído en 1813 un centenar de ovejas merino, fundó la primera cabaña del país llamada “Los Galpones” e instaló la actividad.
El campo era uno de los sectores castigados. No solo por la terrible sequía del año anterior, sino por lo que ocurría en el mundo: Estados Unidos, que recién salía de una guerra civil, aplicó medidas proteccionistas en beneficio de los productores locales y la baja del precio de la lana en Europa debido a la sobre producción, complicó el panorama.
Para 1866 escaseaba la mano de obra en el campo, los malones indígenas robaban miles de cabezas de ganado y cada vez era más necesario contar con tierras para su explotación. Y los ganaderos tenían en mente modernizar la actividad y diversificar la producción.

En 1858 se había organizado la primera exposición ganadera y agrícola, en terrenos que pertenecieron a Juan Manuel de Rosas, en Palermo. Fue inaugurada por Valentín Alsina quien dijo que “la primera simiente está arrojada y el árbol brotará”. Fueron premiados distintos ejemplares y recibieron menciones honorables Domingo F. Sarmiento “por madejas de seda de la provincia de San Juan”; el propio Alsina “por sandías sidras cultivadas en Belgrano” y Benita M. de Sarmiento “por tejidos y otros productos de San Juan”. El entusiasmo de Sarmiento cuando propuso crear asociaciones agrícolas en todo el país terminó naufragando por la coyuntura. Como había fracasado en 1829 el intento de Bernardino Rivadavia, Domingo Olivera y el inglés Parish cuando armaron -tres años antes-, una sociedad ganadera.
Entre los impulsores de contar con una organización que nuclease a ganaderos estaba Eduardo Olivera, un ingeniero agrónomo formado en Europa, especialmente en la Escuela de Agricultura francesa de Grignon. Desde 1860 hubo intentos de formar una sociedad que se enfocase en la problemática del campo y él se trajo nuevas ideas luego de haber visto lo que ocurría en Francia y en Gran Bretaña.

Fue el martes 10 de julio de 1966 en la casa del centro porteño de Benjamín Martínez de Hoz. Allí se reunieron una decena de influyentes terratenientes para dejar conformada la Sociedad Rural Argentina. Su presidente fue José Toribio Martínez de Hoz, quien había sido convencional constituyente en la reforma constitucional de 1860. Su vicepresidente fue el británico Ricardo Newton, quien instaló el primer alambrado en el país. También estaba Olivera, uno de los motores de la naciente entidad, diputado y senador, organizador responsable de la Exposición Nacional de Córdoba en 1871 donde Sarmiento quiso mostrar el potencial del país; un futuro vicepresidente, Francisco Madero, que fundaría el pueblo de Maipú. También estaban Lorenzo Agüero, en cuya casa funcionó la primera sede. Otros de los primeros socios fueron Mariano Casares, Luis Amadeo, Juan N. Fernández y Leonardo Pereyra, cuyo número aumentaría. También había extranjeros, como el escocés Tomás Drysdale, el norteamericano Samuel Hale, los ingleses Jorge Temperley, T.B. Coffin y John Hughes o el prusiano Ernesto Oldendorff, primer director del Departamento Nacional de Agricultura creado por el presidente Sarmiento. La lista es larga.
Salvo excepciones, a los estancieros de la pampa húmeda no tuvieron mucha fortuna cuando quisieron pasarse a la política. De toda forma a fines de la década del 80, ese estanciero modernizante y millonario era el modelo de éxito de la sociedad argentina.

Era parte de una aristocracia, caracterizada por una elite de vida refinada, que rápidamente chocará con el patriciado, aquellos apellidos ilustres que pertenecían al grupo social que habían intervenido en los hechos claves del país. Hasta los ámbitos de sociabilidad cambiaron. Del concurrido Club del Progreso, fundado en 1852 por la burguesía cuando cayó Rosas, treinta años después surgió el Jockey Club, orientado a la actividad turfística, tal como era costumbre en Europa, hacia donde permanentemente se miraba. En 1873 aparecieron los primeros studs de caballos de raza ya que criar animales de raza daba prestigio.
El lema de la Sociedad Rural fue “Cultivar el suelo es servir a la Patria”, que dicen fue una iniciativa de Olivera.
La primera exposición de esta entidad se realizó el 11 de abril de 1875 en un terreno ubicado en la calle Florida, entre Córdoba y Paraguay, que pertenecía a uno de los socios, Leonardo Pereyra. Era un cuarto de manzana y duró una semana. El primer día se vendieron más de mil entradas, y la gente pudo apreciar distintas razas de vacunos, ovinos y equinos. También había un lugar para conejos y cabras. Hasta se exhibieron perros. La nota de color la brindó un toro que encaró la salida y salió corriendo hacia el Retiro. La tercera muestra se haría en Palermo y Miguel Lanús, dueño de un negocio importador y fabricante de maquinaria rural, presentó el molino de viento, que había traído de los Estados Unidos. En 1901 se le agregaría el tanque australiano.

El sector ganadero se encontró a las puertas de una importante transformación. Además del molino, la tecnificación, el alambrado, el envío a Europa de las primeras remesas de carne enfriada más las mejoras aplicadas al ganado fueron avances que hay que enmarcar en el proceso de desarrollo argentino.
Para fines de la década de 1880, operaban en el país unos veinte bancos, que ofrecían financiación a la producción agraria, créditos a largo plazo y tasas bajas. Para la elite porteña fueron años de prosperidad. No en vano en Europa, cuando describían a una persona con mucho dinero, afirmaban: “Más rico que un argentino”.
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