
Martín Mitchell se convirtió en otra víctima del coronavirus, en un hombre más que se fue de este mundo sin poder despedirse de los suyos. Su último contacto fue con su mujer, Susana, el 9 de mayo pasado, luego de desvanecerse en el baño y gritar su nombre. Aquel fue su último pedido de ayuda.
La batalla comenzó el 4 de mayo. El hombre de 48 años, padre de Tomás y Valentina, recibió la noticia de que había contraído el COVID-19. Estaba en su casa. Con pocos síntomas decidió llamar a la prepaga para saber cuáles eran los pasos que debía seguir. Le realizaron un control virtual y permaneció cinco días al descubierto: tuvo fiebre, se sintió mal, comenzó la tos y no podía respirar.
Mitchell vivía con su familia en Temperley y era contador. Trabajaba en una empresa fabricante de motocicletas. Antes lo había hecho en Trenes Argentinos. Tras pasar cinco días en estado se desmayó en el baño. Ese mismo día ingresó al Sanatorio Juncal de Temperley.

“Le hicieron una placa y le diagnosticaron neumonía bilateral por COVID. Las primeras 72 horas estuvo en la unidad de campaña que se montó fuera del sanatorio para pacientes con coronavirus. A la semana parecía que podía andar; tenía máscara de reservorio y estaba medicado con corticoides. Parecía que iba a salir. Ese día fue una luz de esperanza. Pero luego comenzó a cambiar el panorama. Los médicos no podían detener la neumonía. El virus te come los pulmones”, reveló Susana, hermana de Martín, en diálogo con Infobae.
“Así fue que los médicos decidieron probar con otras técnicas; le pusieron el casco de Helmet. Lo tuvo 24 horas y al día siguiente se lo sacaron”, contó Susana, quien conforma la lista de hermanos junto a Eduardo, Mariana, Bárbara y Samanta.
El recurso que utilizaron los médicos no mejoró el cuadro de salud para Martín. “La verdad que pelean con un bicho que no conocen y van descubriendo día a día lo que es capaz de hacer. Se sienten deprimidos, defraudados, no saben cómo ayudar. Así fue que descubrieron que el aire que le suministraban se le fue al tórax y no saben si fue por el casco o por el virus. Volvieron a la máscara pero notaron que hacía mucha fuerza para respirar; el cuerpo se estaba agotando”.
“Al martes siguiente le avisaron a mi cuñada que iban a tener que trasladarlo porque no tenían suficientes respiradores. Uno de los médicos le dijo que había que hacerlo, porque si entraba otro paciente en estado más crítico iban a tener que usar el respirador en esa personas. Mi cuñada tuvo que decidir y lo terminaron intubando el martes. Fue muy complicado porque su estado era muy delicado. Ahí comenzamos a buscar otras consultas”, dijo Susana.

La mujer continuó: “A las 48 horas pedimos una interconsulta con el hospital italiano. Y el médico que vino fue como un soporte que duró un tiempo, obviamente. Martín entró en un estado muy crítico. Finalmente conseguimos hablar con Eduardo San Román, directo de terapia intensiva del Italiano. Nos llevó tranquilidad de que se estaba haciendo todo lo que se podía con él. Y nos explicó que en su estado no hay nada que la medicina pueda hacer. El coronavirus no tiene cura, cuando te ataca te destruye, no hay forma de frenarlo”.
“Luego vino lo peor, comenzaron las fallas sistémicas, reinfecciones de la misma terapia, los partes eran terribles. Martín tenía los pulmones colapsados, no había forma de revertir el cuadro. La neumonía se lo llevó. Todo eso terminó en un paro cardíaco. Pero la peleó como todo en su vida; si había un luchador era él. Fue un tipo de convicciones, honesto y frontal”, sostuvo Susana.

“Martín tenía dos grandes amores: el rugby (fue jugador y entrenador de los clubes Pucará y Glew; también entrenaba al equipo de rugby femenino del Centro Naval) y el vino. Estudió para sommelier, se perfeccionó mucho en el área y comenzó a hacer degustaciones en su propia casa; se convirtió en un referente. En el sector lo comenzaron a ver con ojos de experto”, contó su hermana.
Tras recibir la noticia de su fallecimiento el lunes por la tarde, la familia despidió a Martín ayer en el cementerio. “Fue un momento trágico porque no dejaron entrar a nadie. Nunca pensé que iba a sostener el cajón de mi hermano, nunca lo imaginé en mi vida. Nunca imaginé su partida precoz, una existencia llena de vida”, expresó Susana, conmovida.

La mujer lo recordó: “Siempre decía que vivía el presente porque el futuro es incierto. Siempre bajo sus convicciones, vivía de manera transparente, sincero y honesto consigo mismo. Éramos muy unidos todos los hermanos, nos llamamos el clan Mitchell. Tenía varios tatuajes y uno de ellos era el escudo, el escudo de la familia Mitchell”.
“Todo fue muy duro porque nadie podía despedirlo, tocarlo. No poder decirle adiós una última vez. Esto que se vive es una película de terror. Martín terminó con los pulmones destruidos, un tipo que hizo deporte toda la vida, ni siquiera fumaba, no era cardíaco, nada. Y los médicos la verdad que dejan la vida y lloran con vos porque se sienten impotentes; se les mueren la personas. La gente se tiene que cuidar, esto no es un chiste, no sabemos cómo se contagió ni dónde. Nunca lo supo, no lo identificó. Pero acá hay un tema de responsabilidad del Estado. ¿Y la falta de vacunas? Si mi hermano hubiera estado vacunado esto seguro que no llegaba a tanto”, concluyó Susana.
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