
Al almirante Baltasar Hidalgo de Cisneros y de La Torre le tocó vivir complicados momentos de la historia de España. Dispuesto a hundirse con su nave, fueron los mismos ingleses quienes lo salvaron de una muerte segura. Murió fiel a la corona a la que había jurado lealtad. Mientras una flota lo regresaba a España, Larrea aprovechaba el viaje para mandar mercadería
El Virrey Cisneros ejerció el virreinato de un monarca ausente durante la Revolución de Mayo de 1810 y fue obligado a alejarse del cargo. Vuelto a España se vio envuelto en las luchas entre liberales y realistas. Su vida estuvo muchas veces en peligro, pero cuando fue destituido como virrey le tocó vivir bajo constantes tensiones con las autoridades criollas, que no sabían qué conducta tomar ante este hombre considerado un héroe en España.
No todos los habitantes del virreinato compartían la ideología de la nueva junta de gobierno, surgida el 25 de mayo. De hecho, la Real Audiencia juró bajo protesta, al igual que el fiscal del crimen Antonio Caspe y Rodríguez y el oidor Manuel José Reyes. También lo hizo el Tribunal de Cuentas y los ministros de la Real Hacienda. Este desacuerdo no figuró en el primer número de La Gazeta, que hablaba de una manifestación de unidad entre las autoridades y el pueblo. Obviamente la resistencia de estos órganos oficiales creaba un grave problema a los miembros de la Junta.
El 9 de junio, La Gazeta publicó un escrito titulado “El Consejo de Regencia de España e Indias a los americanos españoles”. El periódico aclaraba al final que dicha proclama carecía de firma. ¿Acaso era legítimo? En los días siguientes la Real Audiencia publicó cinco oficios provenientes de la Junta Provisoria en la que se discutía la autenticidad de lo publicado, y si la Junta debía acatar lo dispuesto por el Consejo de Regencia. Para la Real Audiencia, la Junta debía acatar lo dispuesto por el Consejo pero la Junta no estaba dispuesta a hacerlo, por lo cual se negó a acatar ningún documento que no fuese recibido oficialmente desde España.

Al día siguiente de este intercambio de opiniones, el fiscal Caspe y Rodríguez fue apaleado por “encapuchados” en la puerta de su casa. Los rumores que corrieron por Buenos Aires sindicaban a Feliciano Chiclana como instigador y la llamada “Legión Infernal”, comandada por French y Berutti, como ejecutora del atentado.
El 22 de junio, la Junta citó a los miembros de la Real Audiencia y al ex Virrey. Cuando llegaron, Castelli y Matheu les comunicaron que los miembros de la Junta habían dispuesto su inmediato traslado a España, a fin de proteger sus vidas. A pesar de las protestas por esta medida intempestiva, Cisneros, los oidores Anzoátegui, Velasco y Reyes, además del golpeado fiscal Caspe, fueron embarcados en el mayor de los secretos al cúter inglés Dart.
El capitán del Dart era Mark Bayfield (o Gayfield), un marino inglés, contrabandista de oficio, muy ligado al vocal Juan Larrea, quien aprovechó el flete pagado por la Junta para enviar mercaderías a sus socios en España. Bayfield tenía instrucciones de transportar a los prisioneros hasta las islas Canarias sin tocar puerto, cosa que hicieron después de 74 días de accidentada navegación. En compensación por sus servicios, Bayfield podía introducir 10.000 pesos en mercadería sin pagar derechos aduaneros. Cuando en marzo de 1811 Bayfield volvió a Buenos Aires, Larrea fue el encargado de gestionar lo pactado y rendir cuentas del asunto, cosa que nunca hizo.

La Gazeta publicó el 9 de junio de 1810 sobre este desplazamiento de ex Virrey, auditores y fiscales, llamándolo eufemísticamente “coacción simbólica”. Sin embargo, la nave no zarpó hasta el día 22, fecha en que fueron nombrados los oidores y fiscales reemplazantes.
Cuando Cisneros llegó a las Islas Canarias, el 4 de septiembre de 1810 (pocos días después de la ejecución de su predecesor, Santiago de Liniers, en Córdoba), inmediatamente denunció el destrato que tanto él como las demás autoridades peninsulares habían sufrido a manos de los criollos. Dicho expediente se inicia con la carta que escribió en alta mar donde relata los “pormenores de este asunto tan grave”. Entre los textos aclaratorios alude a Juan Larrea como consignatario de los productos que el capitán inglés debía introducir en España.
Llegado a Cádiz, donde se reunió con su familia, Cisneros pidió ser juzgado por su actuación en el Río de la Plata. Las autoridades españolas expresaron su aprobación y compensaron sus servicios nombrándolo Capitán General del puerto de Cádiz.
La interna de los miembros de la Primera Junta terminó en un enfrentamiento entre los partidarios de Saavedra y los seguidores de Moreno. Entre estos últimos estaba Juan Larrea, a quien Saavedra acusó de aprovechar su cargo para hacer negocios en beneficio propio. La situación se extendió por semanas, hasta que Mariano Moreno fue enviado como representante de la Junta a Inglaterra, aunque finalmente murió durante el viaje.

Juan Larrea fue destituido por Saavedra y enviado preso, primero a Luján y luego a San Juan, donde permaneció hasta 1812, cuando fue exonerado por los miembros del segundo Triunvirato. Fue entonces cuando se le permitió volver a Buenos Aires donde propuso adquirir 20.000 fusiles en Estados Unidos a razón de un precio a todas luces excesivo. El encargado de la operación fue otro socio de Larrea, William Porter White. Si bien Juan José Paso se opuso a esta maniobra, la operación fue llevada a cabo.
A lo largo de su actuación como miembro de la Asamblea del año XIII, gestionó la provisión de armas a los ejércitos de la patria. Los rumores de sobreprecio lo llevaron a ser procesado por cargos de excesos en la administración pública, entre ellos un turbio negocio de compra-venta de naves para conformar la Armada Nacional. Por estas razones y una artera maniobra con la aduana porteña, Juan Larrea debió exiliarse en Francia.
Vicente López, quien se desempeñó por muchos años como juez, decía que Larrea se había “enredado en todas las travesuras políticas del Río de la Plata”. Después de años en Francia, Larrea volvió al país donde intentó rehacer su fortuna, aunque Juan Manuel de Rosas, que conocía muy bien su fama, no dejó de hostigarlo. En 1847, Larrea terminó por suicidarse.
Mientras que el lugar de inhumación de los restos de Larrea se ha extraviado en el cementerio de la Recoleta, tanto Baltasar Hidalgo de Cisneros como Santiago Liniers, los últimos virreyes del Río de la Plata, yacen en el Panteón de los Marinos Ilustres de España, en Cádiz.
*Omar López Mato es escritor, historiador y autor del sitio Historia Hoy
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