
“Don Mateo, Don Mateo, el coloso criminal, por su excelente puntería se hizo un hombre popular, asesinando a seis de su familia y a dos extraños más”, dicen las letras Don Maté 8, un tango dedicado a Mateo Banks, el tristemente célebre estanciero que mató a seis integrantes de su familia y dos peones que trabajaban para ellos, el 18 de abril de 1922 en la localidad de Azul, provincia de Buenos Aires.
Se trata de un caso que conmovió a la opinión pública hace 99 años y que sigue resonando entre quienes investigan la historia criminal argentina dado que, según los expertos, Banks es el primer asesino múltiple del que se tenga registro en la provincia.
Irónicamente –o no– los campos de la familia donde tuvieron lugar los ocho crímenes llevaban como nombre “La Buena Suerte” y “El Trébol”, un elemento por lo general asociado a la buena fortuna.

Mathew, el padre de Mateo Banks, como tantos inmigrantes en aquella época, había llegado a la Argentina a mediados del 1800 proveniente de Irlanda. En 1867 se casó en la localidad de Chascomús con Mary Anne Keena, también descendiente de irlandeses. Tuvieron siete hijos: María Ana, Dionisio, Miguel, Mateo, Pedro, Catalina y Brígida.
Según distintos investigadores de Azul y de Bahía Blanca, los Banks prosperaron primero cuidando campos de otros inmigrantes y luego ellos mismos como dueños de algunas propiedades.
Mateo, el hijo del medio de los siete hermanos, se destacó desde muy joven por su habilidad para los negocios y un carisma que lo hacía muy popular en su pueblo.

"Había constituido una sociedad con sus hermanos para explotar unas 200 cuadras de campo de su propiedad y las 800 que componían la estancia de los otros, conocida como La Buena Suerte", detalló el mítico cronista policial del diario Crítica de la familia Botana en la década del '20, Gustavo Germán González, más conocido por sus iniciales GGG, en su libro de memorias El hampa porteña.
El periodista fue uno de los que más investigó el caso Banks, llegó a recorrer las estancias donde ocurrieron los hechos, vio los cadáveres de las víctimas y cubrió también las intensas sesiones del juicio posterior.

Casado con una mujer de la alta sociedad del lugar, Mateo era, a ojos de todos, un ciudadano respetable. "Era un hombre muy estimado en Azul. Había sabido granjearse generales simpatías por su vida honorable y hogareña. Concurría asiduamente a la iglesia, integrando (sic) la comisión protectora de la parroquia. En las procesiones llevaba el palio. No tenía vicios conocidos, ni siquiera bebía pues siempre fue abstemio", escribió GGG.
La masacre
Para 1922 la familia Banks estaba dispersa: muertos los padres, algunos hermanos se fueron a vivir a Irlanda, mientras que otros habían fallecido. Quienes quedaron en Azul eran Mateo, Miguel, Dionisio y María Ana, que integraban una sociedad para administrar las propiedades familiares.

En ese entonces, Mateo tenía 44 años y, pese a las apariencias, había perdido gran parte de su fortuna porque se dedicaba al juego.
Endeudado, iba vendiendo parte de su hacienda a sus hermanos pero ni siquiera de ese modo lograba compensar todo el dinero que debía. Llegó entonces a falsificar la firma de su hermano Dionisio para vender, sin su autorización, varias cabezas de ganado y obtener de ese modo cierta liquidez que le diera un respiro. Pero ni de ese modo logró estabilizarse. Entonces, según pudo reconstruir la Justicia tiempo después, llevó adelante un plan temible.
El 18 de abril de ese año, cerca del mediodía, fue hasta “La Buena Suerte”, donde se encontraba Dionisio. Llevaba su rifle Winchester, con el que remató a su hermano apenas llegó. Fue primero un tiro en la espalda y luego uno más.

Una de las personas que vio esa escena tan sangrienta fue Sarita Banks, de 12 años, sobrina de Mateo e hija de Dionisio. La niña, aterrada, salió corriendo. Pero el homicida la persiguió, la atrapó, le dio un culatazo en la cabeza y, cuando detectó que no tenía vida, la enterró en una zanja.
Momentos después llegó hasta el lugar un peón, Juan Gaitán, a quien Banks remató de un escopetazo mientras el hombre guardaba el sulky de la estancia. El asesino tomó ese carro y recorrió a toda velocidad los 5 kilómetros que lo separaban del otro campo, “El Trébol”.

Al llegar se encontró a otro peón, Claudio Loiza, a quien el estanciero engañó. Le dijo que debían regresar de inmediato hasta “La Buena Suerte” porque Dionisio se encontraba muy enfermo.
A mitad de camino, con una excusa inventada Mateo detuvo la marcha, hizo bajar al peón y le disparó. Escondió el cadáver en unos pajonales y regresó a “El Trébol”, donde vivían sus hermanos María Ana y Miguel, su esposa, Juana Dillon, y las hijas del matrimonio, Cecilia y Anita, de 15 y 5 años.

En “El Trébol”, los asesinatos a sangre fría continuarían. Después de la cena, cuando todos dormían, Mateo fue hasta la habitación de María Ana y la convenció de ir hasta “La Buena Suerte” a asistir a Dionisio, a quien por el engaño de Banks todos creían enfermo.
En el camino, como hizo con sus otras víctimas, detuvo la marcha y mató a su hermana. Al regresar a "El Trébol", le tocaría el turno de su cuñada, Juana, de su hermano Miguel y de su sobrina Cecilia. A la hija menor del matrimonio, Anita, la encerró en un cuarto junto a la hija de un peón y salió.

Entrada la madrugada, Banks fue hasta la casa de un médico amigo, Rafael Marquestau, y nuevamente inventó una historia. Dijo que su familia había sido masacrada por un peón, al que él llegó a dispararle, mientras que otro, posiblemente cómplice, escapó. Llegó a mostrar un agujero en sus zapatos, que sería consecuencia de un supuesto disparo que Banks habría recibido.
Impactado y muy conmovido, el pueblo entero de Azul participó de los funerales, mientras que el caso empezaba a llegar a los principales medios de todo el país.

Los investigadores, entonces, empezaron a atar cabos. Además de detectar que todos los disparos provenían de la misma escopeta, encontraron los restos del supuesto peón prófugo y decidieron indagar en profundidad a Banks.
El 24 de abril el homicida confesó, aunque no de manera completa, y tiempo después tuvo lugar el juicio oral, que, por el interés que concitó el caso, se celebró en la sede del Sport Club de Azul.

Durante ese proceso los investigadores también detectaron que el día de la masacre Mateo había intentado asesinar a sus familiares con veneno en la comida pero que ese plan falló.
Banks fue condenado a cadena perpetua y enviado a la cárcel de Sierra Chica, donde fue designado bibliotecario. Tiempo después, el estanciero pidió una revisión de su condena. Para entonces Mateo fue defendido por uno de los abogados "mediáticos" de la época, Antonio Palacio Zino, quien le quiso dar cierta teatralidad a sus exposiciones. Fue en vano: el nuevo tribunal mantuvo la condena inicial.
Banks fue enviado a la llamada Cárcel del Fin del Mundo, en Ushuaia, donde se encontraba cumpliendo su condena otro de los criminales célebres de la época: Cayetano Santos Godino, más conocido como El Petiso Orejudo.

Durante su reclusión brindó varias entrevistas a los medios gráficos del momento, en las que sostuvo su inocencia. Cumplidos los 25 años de prisión y por su buen comportamiento, el estanciero fue liberado.
"Un buen día salió del penal. Su único hijo lo esperaba y se fueron a vivir en un departamento de la calle Piedras. Cambió de nombre y trabajó como corredor de comercio. Pero una tarde, al volver a su casa, se dispuso a bañarse como todos los días. Estaba bajo la ducha cuando pisó el jabón, resbaló, golpeó con la cabeza contra el borde de la bañera y una hora más tarde lo encontraron muerto", relató GGG en El hampa porteña.
El hombre que había matado prácticamente a toda su familia tenía entonces 77 años.
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