Una orquesta especial: “Los niños pobres desean tener una oportunidad de crecer y la música tiene logros impresionantes”

El director de la orquesta infanto juvenil de la AMIA, Rodrigo González Jacob, cuenta el impacto que genera el aprendizaje de un instrumento de música clásica en chicos y adolescentes en condiciones de vulnerabilidad, y la importancia del aprendizaje colectivo para su inclusión social

"La música les abre un mundo distinto y los pone en otro lugar, frente a ellos mismos, su familia y su entorno", advierte Jacob.
"La música les abre un mundo distinto y los pone en otro lugar, frente a ellos mismos, su familia y su entorno", advierte Jacob.

El director de la orquesta infanto juvenil de la AMIA Arnoldo Fiedotin, Rodrigo González Jacob, cuenta en esta entrevista el impacto que genera el aprendizaje de un instrumento de música clásica en chicos y adolescentes en condiciones de vulnerabilidad, y la importancia del aprendizaje colectivo para su inclusión social. A través de su experiencia al frente de la orquesta, detalla cómo menores provenientes de hogares con carencias o dificultades económicas, se transforman a través del aprendizaje de la música y refuerzan su autoestima.

“Una de las cosas que sucede con la música es que ellos pueden empezar a valorar mucho lo que es el fruto del esfuerzo personal. Porque cuando vos le das a probar un instrumento que no conocen, un violín, una trompeta, un oboe, o algo que no es tan popular como lo que están acostumbrados, les abre un mundo distinto y los pone en otro lugar, frente a ellos mismos, su familia y su entorno. La música y ese aprendizaje los va alimentando cosas que faltan”, relata Jacob.

El aprendizaje de un instrumento se convierte en un medio y no es objetivo en sí mismo. “El objetivo no es la música, si bien ellos lo hacen y se lo presentamos de esa manera, es la herramienta. El objetivo es que tengan elementos que mejoren sus posibilidades hacia el futuro. Entonces una de las principales cosas positivas que se observa es una cuestión general de la motivación”, señala este músico de 40 años, director de la orquesta de la Universidad Nacional de las Artes. Si bien por su profesión se dedica a viajar y dirigir en el exterior, Jacob decidió comprometerse con este proyecto social que se puso en marcha en 2012, bajo la órbita del área de Infancia del Departamento de Programas Sociales de AMIA.

La orquesta lleva el nombre de Arnoldo Fiedotin en homenaje a este filántropo que promovió el trabajo social de la mutual, y que hoy es recordado dentro y fuera de la institución como un ejemplo de humanismo.

- ¿Cuál es el objetivo primordial de esta orquesta infanto juvenil?

- Hacer un mundo mejor, es la idea principal, aunque suene naif. Entre todo eso, el objetivo es una cuestión de inclusión. Ayudar a los chicos a incluirse en la sociedad, a darles herramientas y abrirles los horizontes. Generalmente este tipo de chicos concluye la escolaridad, pero no sigue sus estudios más adelante. Yo los impulso a que sigan carreras universitarias. Y eso sucede. El objetivo es abrirles los horizontes. Hay una parte de contención social, pero no solo la contención por la contención en sí, sino para darle herramientas para el desarrollo.

-¿De quién surgió esta iniciativa?

- Tenía esta idea hace mucho tiempo. Mi profesión es ser director de orquesta y me dedico a eso. Cumplí 40 años hace poco. Soy, además, director de la orquesta de la Universidad Nacional de las Artes, y trabajo mucho viajando y dirigiendo en el exterior. Es raro que un director se dedique a hacer este tipo de cosas, pero a mí siempre me gustó mucho el trabajo social.

- ¿Y por qué una orquesta de estas características?

-Este tipo de orquestas es un modelo que fue desarrollado por un músico y gestor cultural que se llamó José Antonio Abreu en Venezuela, que armó programas gigantescos de este tipo. Ya falleció, pero tuve la posibilidad de conocerlo. Con estos modelos transformaron la realidad de Venezuela, en ese momento, surgió a mediados en los 70′s, antes de la crisis que tienen ahora y lograron un programa con un nivel de actividad muy grande que se terminó vinculando con la Filarmónica de Berlín, con las orquestas más grande del mundo. Bajo su dirección, crearon alrededor de 3.000 orquestas en Venezuela. Ahora, con la situación que viene atravesando ese país los últimos años, se disolvieron y los músicos venezolanos están repartidos por todo el mundo.

- ¿Estaba vinculado al gobierno venezolano?

- No, Abreu siempre mantuvo el proyecto de manera independiente, como una fundación privada. Fue un modelo de referencia para mí. Se llamó “El Sistema” es como lo conocen los venezolanos. Hay un documental que se llama “Tocar y luchar”, y muestra el trabajo de lo que se hizo a nivel musical, cómo el proyecto permitió, por ejemplo, sacar a un chico de un barrio - lo que nosotros conocemos como “villa”- y que esté parado de pronto en el centro de Europa, en Viena.

- ¿Por qué decidió hacerlo en el marco de la AMIA?

- Si bien hay muchos proyectos de este tipo en la Ciudad, o la Provincia, a veces están demasiado atravesados por intereses políticos. Por eso busqué un lugar que fuese más neutro en ese sentido. También cuando hay chicos con problemas de contención, la AMIA como institución tiene muchos elementos y muchas herramientas que pueden poner a disposición. Cuando vienen acá, además de las clases, se les da una merienda que está supervisada por un nutricionista, por ejemplo. Y tiene trabajadores sociales para la tarea de contención de ser necesario.

Nosotros arrancamos de cero. Tenemos muchos chicos que arrancaron de un destino muy cruel y hoy están en la Universidad estudiando algo. Yo siempre les insisto que en nuestro país la Universidad es gratis y abierta para todo mundo, les insisto para que den un paso más, que se anoten en alguna carrera.

"Los chicos no sienten la exigencia del otro hacia ellos. Es la exigencia hacia ellos mismos. Y cuando eso está instalado en el inconsciente colectivo del grupo, es el propio grupo el que genera el orden para que eso suceda".
"Los chicos no sienten la exigencia del otro hacia ellos. Es la exigencia hacia ellos mismos. Y cuando eso está instalado en el inconsciente colectivo del grupo, es el propio grupo el que genera el orden para que eso suceda".

- ¿Cómo contactan a los niños y jóvenes para que se acerquen a la orquesta?

- Al principio, empezamos a trabajar con dos o tres instituciones, como Filii Dei que depende de una parroquia y que tenía presencia en la Villa 21 y en el barrio de Constitución, y con chicos y adolescentes de la Villa 31 de Retiro. Después, con la escuela Rufino Sánchez, del barrio de San Cristóbal, que tenía muchas actividades como talleres relacionados con la comunidad. Con ellos arrancamos, porque existen muchos modelos de orquestas escuela.

- ¿Qué diferencia tienen con esta que funciona en la AMIA?

- La diferencia principal con la de AMIA es que, en general, las orquestas escuelas se instalan en una institución, y toman a este alumnado como los integrantes de la orquesta, o sea que generalmente la orquesta está vinculada a un colegio, parroquia o institución deportiva o cultural. Con la AMIA es totalmente al revés, funciona como una sede y se van acercando chicos y población de distintos lugares. Tenemos alumnos de casi todos los barrios de Capital Federal y también vienen de zona sur, de Canning, de Ezeiza, Lanús, Quilmes. Funciona de otra manera porque AMIA no trabaja con niños, no es una institución que funciona como escuela.

- ¿Cómo se acercan los chicos y adolescentes a la orquesta?

- Nosotros trabajamos con un “efecto dominó”, los niños empiezan a traer sus propios compañeros, amigos, familiares. A partir de que formamos la primera camada de alumnos, el proyecto se autoabastece. El programa se retroalimenta en ese sentido. Ellos mismo van mandando a sus hermanos, sobrinos, primos. También hacemos algunos conciertos didácticos y presentaciones en distintos espacios - antes de la pandemia lo hacíamos cada 4 o 6 meses-, vamos a tocar a distintas escuelas con el objetivo de que los chicos de esos colegios entren en contacto con el mundo de la música, y después que también se entusiasmen para formar parte de este proyecto, o de otro. Es una cuestión de difusión a nivel juvenil. Hay una interacción de los integrantes de la orquesta con los chicos de otras escuelas. Generalmente repartimos unos volantes en los conciertos en los colegios después de tocar, donde hay mail de contacto y un teléfono, y ellos se contactan alguien de AMIA les toma el dato y los pone en una lista y, a medida que vamos teniendo vacantes, los vamos llamando. Una de las cosas particulares de AMIA es que es una institución que tiene una cobertura en los medios casi constante, muchos se acercan porque nos ven en la televisión o la radio. Llaman a AMIA que nos pasa el contacto directamente.

- ¿Qué pasa después que se contactan alguien de la familia de un chico interesado?

- Los llamamos a una entrevista previa con el adulto responsable. Se les cuenta de qué se trata el programa y los requisitos. No es necesario que tengan conocimientos de música. Y luego yo tengo una entrevista con el chico o la chica interesado. En esa entrevista tanteo de dónde vienen y cuál es su perfil. Porque nosotros tampoco tenemos ninguna figura de disciplina, no hay celador, un preceptor como un colegio. En general, no tenemos problemas con los chicos. Es increíble. Hay algo de la música que los perfila de otra manera. Nos despegamos mucho del sistema escolar, si bien la enseñanza de un instrumento tiene un dejo de academicismo, tratamos de que sea una actividad totalmente paralela, que no se emparente con la escuela.

-¿Cuáles son esos requisitos?

- Tienen que tener disponibilidad dos veces por semana, tres horas de clase. Más los conciertos, que son unos 8 al año. Una de las cosas fundamentales que hacemos es apelar al deseo de los chicos. Eso se habla con los padres a la hora de incorporarlos. Si hay chicos que no tienen deseo de estar ahí, mejor que no estén. Una situación forzada no funciona. Ese es un requisito. No necesitamos que un chico nos diga me gusta o no me gusta. Uno se da cuenta inmediatamente. Cuando llega, yo lo llevo un ratito a cada clase para que vea los distintos instrumentos y pueda elegir cuál le gusta. En ese momento, basta verle la cara para darse cuenta inmediatamente cuál le atrae.

- ¿Hay un criterio para aceptar a los chicos que se acercan o darles un lugar en la orquesta? ¿Tienen que sí o sí provenir de hogares humildes?

- Nosotros apuntamos a incorporar chicos que tengan algún tipo de vulnerabilidad social, que puede ser económica o familiar. No es un requerimiento exclusivo, pero sí prioritario. El programa nació para chicos y chicas con mucha vulnerabilidad y fue mutando a un programa de inclusión social. Por eso hoy tenemos chicos y chicas de todo tipo, porque el intercambio es muy rico. Pero los que tienen una situación de vulnerabilidad o necesidades insatisfechas siempre van a tener prioridad. Si hay cupos, se abre a otros chicos. Si bien la AMIA es una institución judía, los chicos no son necesariamente judíos, hay católicos, evangélicos y agnósticos. No hay un filtro para los chicos en cuanto a su religión.

Si bien la AMIA es una institución judía, los chicos que integran la orquesta no son necesariamente de esa religión. No hay un filtro en ese sentido.
Si bien la AMIA es una institución judía, los chicos que integran la orquesta no son necesariamente de esa religión. No hay un filtro en ese sentido.

- ¿Cuál es la impronta ambiental de los chicos que se acercan a las clases?

- Al principio venían todos de zonas muy marginales y después eso fue variando. Cuando los chicos se empiezan a mezclar, se produce una riqueza muy grande para todos lados. Todos los chicos tienen un común alguna cuestión de complicación social, económica, familiar, pero no tienen la misma, y no solo es económica. Sí, tal vez, la cuestión económica termina siendo lo más relevante por la situación de nuestro país con altos índices de pobreza. Pero no es un filtro puesto a priori. Sí buscamos que los chicos que participen de la orquesta, tengan la necesidad de esto en su vida. Que les aporte algo. No es una actividad gratuita para un chico que busca hacer un taller artístico. No sería el programa para ellos. Acá siempre hay un trabajo social.

- ¿Qué edad tienen los chicos de la orquesta?

- Nosotros nos manejamos con rango de edad escolar, de 6 a 18 años. Algunos cumplen 18 y no se quieren ir, y siguen con nosotros. También siempre hay algún hermanito curioso que se suma de chiquito. Hoy en día nuestro rango real es de 5 a 22 años. Tuvimos chicos de 3 y 4 años, que suelen ser los hermanitos, que a veces vienen a presenciar y los vemos con aptitudes e interés, tratamos de sumarlos. Las clases son por edades y hay tres niveles: inicial, intermedio y avanzado.

- ¿Cuántos chicos la integran hoy?

- Hoy son más o menos 70. El número se mantiene bastante, no fluctúa mucho. Es un buen número para mantener el equilibro de la calidad, que es algo que no debe perjudicar nunca. Y porque tener muchos más chicos, sería muy difícil que aprendan instrumentos que son complejos y sería mucho más esfuerzo. En realidad “la orquesta” son varias orquestas. Lo que decimos “la orquesta” es cuando tocan todos juntos, y cada pieza musical tiene partes de dificultades muy diferenciadas, para chicos que tocan hace 4 años, y otras partes para chicos que tocan hace una semana. Las obras que tocan tienen un espectro enorme de dificultad. Después de eso, hay sub-orquestas o ensambles (un grupo reducido) con cuerdas por un lado, vientos por otro lado, por ejemplo.

- ¿Cómo se solventa la compra de los instrumentos?

- Todos los instrumentos los compra AMIA que se los presta a los chicos. Cuando adquieren un nivel, y un grado de compromiso, se los pueden llevar a su casa a practicar, normalmente, después de dos o tres meses. Tienen que aprender a tocarlos y aprender cuestiones básicas de mantenimiento del instrumento. Cuando superan esa etapa, los profesores se los prestan.

-¿Tienen que comprarlos en algún momento del aprendizaje?

- No. Eventualmente los chicos se hacen de sus instrumentos. También hay una cosa que existe hoy en día, que antes no estaba, y es que hay muchos instrumentos de producción de origen chino que son más accesibles. Pero, aún así, cuestan dinero pese a ser de fábrica. Pero hay familias que sí pueden hacer el esfuerzo, y los compran cuando ven que los chicos se comprometen. Vienen a consultarnos y nosotros los guiamos. Va un profesor que los acompaña para ver que sea bueno el que le vendan en la casa de música. Sucede, por ejemplo, que las chicas cambian su fiesta de 15 años por un instrumento propio. Lo piden ellas mismas.

- ¿No hay ningún chico que no tenga instrumento al arrancar?

- No. Todos tienen un instrumento para empezar, sí o sí. Apenas se incorporan todos tiene algo para empezar. También puede ser que después cambien. Yo les hago un pequeño test vocacional, que tiene 95% de efectividad. Pero hay casos eventuales de chicos que por ahí quieren cambiar de instrumentos, probar otra cosa, y sí tienen la posibilidad, se los cambia cuando se van generando las vacantes. No habría trompetas para todos, si quisieran todos. Por otro lado, lo que aprenden de un instrumento, les sirve para otro. No pierden el aprendizaje, no es desde cero.

- ¿Qué instrumentos tienen en la orquesta?

- De las llamadas “cuerdas”, tenemos violines, violas, violonchelos y contrabajos, que son los más grandotes. De los “vientos” hay dos grupos: “vientos maderas”, que incluyen flautas traversas, los oboes y clarinetes. Y “vientos “metales”, trompetas y trombones, en nuestro caso. Se llaman “vientos madera” pero no tiene nada que ver con el material de la construcción, sino con la mecánica de producción de sonido. También hay instrumentos de percusión de todo tipo: tambores, panderetas, timbales, accesorios. Tenemos muchos tipos. Todos los chicos pasan por la percusión.

- ¿Qué relación notan en los alumnos con respecto a su instrumento?

- Es muy especial. De hecho, ellos empiezan a comprender el valor del instrumento cuando la familia encara la idea de comprar uno. Hasta antes no se daban cuenta. Porque una trompeta vale $150.000, y no sé si un chico puede dimensionar ese valor. Nosotros tratamos de no decirlo mucho, para que no vean eso como una oportunidad de otra cosa. Pero no nos ha pasado que algún instrumento desapareciera. Los chicos los cuidan mucho.

Generamos un vínculo con el instrumento desde otro lado, no lo promovemos por una cuestión económica, si no por todo lo que significa. Hay un proceso que trabajamos los profesores. Por ejemplo, antes de agarrar un instrumento tienen que ir a lavarse las manos. Hay todo un cuidado desde el momento en que se saca, con determinado cuidado. Se vinculan al instrumento desde ese lugar siempre, con ese respeto, por lo que significa, lo que representa simbólicamente. Nos ha funcionado muy bien desde ese lado. Los chicos, salvo muy pocas excepciones, son súper cuidadosos. Los padres también. Porque antes del préstamo del instrumento, involucramos a los padres y madres también en su cuidado.

- ¿Hay una forma especial que los chicos deben aprender sobre cómo manejarlos?

- Los instrumentos se sacan del estuche de una determinada manera y se guardan de otra manera. Antes de guardarlos hay un proceso de limpieza. Son instrumentos muy artesanales, funcionan con una tecnología de hace 300 años. Y hay un modo de cuidados que forman parte de un protocolo, de una rutina que se transmite desde un primer momento, que ellos también ven en la clase desde el primer día. Entonces la transmisión de eso funciona naturalmente y de forma directa desde el principio ya que está muy marcado. Y cuando se incorpora un chico nuevo, son los propios pares los que les dan las pautas, los propios compañeros que están desde antes los van guiando a los nuevos, le muestran cómo sacar el violín, por ejemplo. Funciona de manera muy natural, no hay que forzarlos.

- ¿Cuántos profesores son en la Orquesta?

- En este momento somos 8 profesores conmigo 9. Yo dirijo la orquesta y doy clase también. Soy un comodín.

"Lo que tiene de importante integrarse a la orquesta es la transformación que genera en el chico, y también en su entorno", señala Jacob.
"Lo que tiene de importante integrarse a la orquesta es la transformación que genera en el chico, y también en su entorno", señala Jacob.

- ¿Qué cambios actitudinales los profesores notan en los alumnos con el paso del tiempo?

- Aprender un instrumento es un medio para, no es objetivo en sí mismo. El objetivo no es la música, si bien ellos lo hacen y se lo presentamos de esa manera, es la herramienta. El objetivo es que tengan elementos que mejoren sus posibilidades hacia el futuro. Entonces una de las principales cosas positivas que se observa es una cuestión general de la motivación. Suelen empezar a tener motivación para lograr objetivos. Yo los puedo felicitar, si les sale bien. Pero no es necesario, porque si la pieza les sale bien, ellos mismos se sienten gratificados. No hay mentira que valga, Si les sale bien, les sale y se dan cuenta. Si no les sale, también. No necesito retarlos. Nuestra metodología implica también que ellos se graben tocando una pieza y se vayan autoevaluando.

Lo que tiene de importante integrarse a la orquesta es la transformación que genera en el chico, y también en su entorno. Vienen de sectores muy populares, y de repente, el chico está tocando en el teatro, eso genera que la familia se empilche bien para ir al teatro, con todo lo que eso implica para esos chicos. Vemos cambios muy grandes en el entorno familiar a partir de eso, sobre todo las madres y los padres.

Los chicos cambian su conducta, su forma de hablar y pararse en el mundo. Es impresionante lo que sucede. Y esto tiene que ver con fortalecer su autoestima, y darse cuenta que si se esfuerzan, logran resultados.

- ¿Tuvieron chicos conflictivos? ¿Cómo los manejaron?

- Sí. Y hoy son una seda, educados, respetuosos. Se transforman a través del aprendizaje de la música. Fue un descubrimiento del maestro Abreu, y por eso yo quería hacer un proyecto de esa naturaleza acá.

Porque una de las cosas que sucede con la música es que ellos pueden empezar a valorar mucho lo que es el fruto del esfuerzo personal. Porque cuando vos le das a probar un instrumento que no conocen, un violín, una trompeta, un oboe, o algo que no es tan popular como lo que están acostumbrados, les abre un mundo distinto y los pone en otro lugar, frente a ellos mismos, su familia y su entorno. Les refuerza la autoestima. La música y ese aprendizaje los va alimentando cosas que faltan. Porque, además, todo lo que se relaciona con la música clásica tiene sus protocolos, y los va alimentando de otras cosas.

Un error que se comete con frecuencia es subestimar a un niño pobre, y por el contrario, está hambriento de tener una oportunidad de crecer, y la música tiene logros impresionantes en ese sentido.

- ¿Le hacen caso o le cuesta que lo sigan cuando los dirige?

- Yo me paro frente a ellos cuando van a tocar en un concierto, los directores nos comunicamos sin palabras, con gestos. Yo me dirijo como si los estuviera dirigiendo en el teatro Colón, no hago mucha diferencia. En un concierto, yo tenía al lado a la directora del colegio donde habíamos ido a tocar. Y estaba llorando porque me decía que hizo una maestría pedagógica y nunca pudo hacer que se callen. Y me decía que yo levantaba la mano y se callaban todos. Y no sé cómo lo hago, yo nunca les pido silencio. Pero ellos respetan el valor del lugar en el que están. Ellos tienen la presión y el miedo que tendría cualquiera y los transitan como si fueran profesionales.

No es la exigencia del otro hacia vos. Es la exigencia de vos hacia vos mismo. Y eso produce maravillas. Y cuando eso está instalado en el inconsciente colectivo del grupo, es el propio grupo el que genera el orden para que eso suceda.

Cuando entra uno nuevo, medio revoltoso, ellos mismos lo calman. No tiene que intervenir el adulto. El orden no parte desde el adulto, sino que surge de reconocer y valorar el lugar donde están.

"Vienen de sectores muy populares, y de repente, el chico está tocando en el teatro, eso genera que la familia se empilche bien para ir al teatro, con todo lo que implica para esos chicos".
"Vienen de sectores muy populares, y de repente, el chico está tocando en el teatro, eso genera que la familia se empilche bien para ir al teatro, con todo lo que implica para esos chicos".

- En ese sentido, ¿funciona el concepto de pertenencia al grupo?

- La orquesta es un trabajo grupal, no solo individual. Para eso, primero tienen que primero aprender a leer y escribir música, no solo a tocar un instrumento. Es un trabajo arduo. Tienen clases dos veces por semana de tres horas. Pero se enfocan de manera didáctica, los métodos cambiaron cuando aprendí yo. Hay formas de enfrentar la dificultad, más como un juego. Y los chicos se enganchan y una vez que se enganchan, son ellos los que te exigen el formato académico, y después muchos de estos chicos quieren estudiar música al crecer. Entonces, los ayudamos a que entren a un conservatorio. O los apoyamos a que entren a la Universidad, y ayudamos en lo que podemos desde la música. También hay una cuestión de contención, y nos toman como referentes. La AMIA tiene trabajadores sociales cuando hay cuestiones particulares para ayudarlos a afrontarlas.

Vimos muchos chicos con severos problemas de sociabilización, de interacción de comunicación, y acá los pierden. Si no se vinculan al principio, se vinculan cuando se junta a tocar y luego la charla viene.

Los chicos de este grupo generan una amistad muy fuerte por fuera de la orquesta. Y también de las familias que no se vincularían de otra manera. Eso hace que familias hagan el esfuerzo vengan desde lugares muy lejanos y quieran sostener las clases.

- ¿Qué pasa a los que le cuesta?

- Aprender es un trabajo que no es instantáneo. Los chicos están acostumbrados a la cultura del doble click. “Click click”, y ya lo tienen. Acá tienen que dedicarle muchas horas de estudio. Y si no le dedican este tiempo, no les va a salir. Es sencilla la ecuación.

Igual, al principio es muy difícil, pero cuando los chicos transitan y sienten la valoración de haber logrado algo y, quizás por ahí, tocan en el cumpleaños de un familiar, empiezan a tener un lugar distinto. Empiezan a tener un reconocimiento por su trabajo que los pone en otro lugar. Son reconocidos y ellos se reconocen a sí mismo, y empieza a cambiar todo: su relación con la familia y los profesores. Cambia la valoración respecto a sí mismos. Siempre los chicos vulnerables suelen estar en postura defensiva y con la música, empieza a abrirse un poco más. Abren su panorama hacia el futuro. Le cambia la actitud hacia lo positivo. Mejoran la conducta. Son más críticos en el mejor sentido, críticos consigo mismo y con su entorno.

Porque aprender a trabajar en equipo es muy difícil hoy en día. Aprenden a trabajar en sí mismos para, con ese resultado, aprender a trabajar en equipo. Hay un tiempo que marca el director para poder ir juntos en la orquesta y los chicos empiezan a tener noción de lo que sucede alrededor de ellos, a ver con otra distancia las cosas a la que están acostumbrados. Ese cambio es el que vemos más fuerte hacia futuro.

- ¿Alguno de esos chicos imaginó alguna vez ser músico?

- Yo les hago una pregunta al comenzar: ¿Qué les gustaría ser de más grandes? Siempre replican los modelos que tienen más a mano: vendedor, plomero, peluquera, electricista. Les vuelvo a hacer esa pregunta varias veces, y es impresionante ver cómo van modificando la respuesta. Muchos chicos terminan yendo a la universidad.

Y a veces me ha pasado que voy caminando por la calle, me doy vuelta y veo que el que me tocaba la espalda era un alumno que había pasado por las primeras camadas, y estaba por tomar colectivo para ir a la universidad. Eso no hubiera pasado si no hubiera estado en la orquesta más que seguro. Así un montón de casos. Tiene que ver con que uno les abre un poquito el panorama. Es muy gratificante desde ese lado. Es mucho más amplio de lo que uno mismo se imagina que provoca.

- ¿Interactúan con otras orquestas?

- Otra de las cosas que hacemos son encuentros de otras orquestas del país, de la Ciudad, de la Provincia. Lo de la pandemia nos frenó, pero también invitamos a orquestas de distintos lugares y viene interactúan, un día sobre el escenario tenemos 4 o 5 orquesta en un teatro, rotan para que toque cada una, y luego al final tocan en conjunto. Es un evento cerrado porque la capacidad del teatro es limitada.

- ¿Qué pasó en la pandemia? ¿Cómo siguieron funcionando?

- Durante la pandemia, todos los chicos se llevaron un instrumento para poder seguir tocando. Hicimos locuras para que los chicos pudieran tener el suyo. Por ejemplo, en una época que no se podía pasar de Capital a Provincia, nos ingeniamos para pasar un contrabajo en medio de un camión de frutas.

Nos encontramos, además, con que no todos tienen celular con acceso a internet. Con algunos hacíamos clases telefónicas, y después iban a la casa de una tía para grabarse con el celular de ella, y mandar el video. La triangulación de cosas que hace el deseo es impresionante. No se trata del dinero, sino del deseo lo que lo genera. Son los propios chicos los que te exigen. Y a mí, que soy más músico de carrera que docente, me encanta que suceda esto.

En diciembre, pudimos hacer algunos encuentros en grupos chicos de hasta 10 chicos. Pero hicimos algo de presencialidad y esperamos repetir la experiencia próximamente.

Por consultas e inscripciones a la orquesta de la AMIA, escribir a infancia@amia.org.ar o comunicarse al (011) 4959-8800.

* Docente jubilada y licenciada en Gestión Cultural.

Esta entrevista fue parte del trabajo para la tesis de grado en la Licenciatura de Gestión Cultural en la Universidad de Avellaneda (UNDAV), que Martha Romero defendió exitosamente, a sus 84 años, el 26 de febrero último ante el rector de esa casa de estudios,Jorge Calzoni; el director de la licenciatura, Héctor Olmos; la secretaria académica, Julia Denazis; y docentes de la UNDAV.

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