
En octubre del año pasado, Julieta Scardino junto a su madre salieron con dirección a la Isla Jordán con Sol, una perra de 12 años, y Milo -un mestizo del tamaño de un Gran Danés, de 4 años-, para dar un paseo, como solían hacerlo cada tarde desde que la ciudad de Cipolletti dejó de ser grata para el can, temeroso de las muchedumbres.
“Iba sentado al lado de Sol en el asiento de atrás, como un nene, y la segunda vez que miré para ver que estén bien él ya no estaba”, le relató Julieta a Infobae cuando la desesperación se apoderó de ellas que apenas terminaron de cruzar el puente Julio Salto volvieron sobre sus pasos hasta el lugar donde creen que puedo haber saltado Milo, quizás “siguiendo alguna perra”, especulan.
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“Era el 9 de octubre y hacía mucho calor, por eso íbamos con las ventanillas de la camioneta bajas. Creemos que saltó por ahí, pero había mucha gente en todos lados y él es muy desconfiado de las personas y no creo que haya llegado a cruzar el puente, eso me desconcierta... Hasta el día de hoy no podemos saber qué pasó, cómo ni cuándo saltó”, lamenta Julieta luego de otra jornada de intento de rescate frustrada.
Desde ese momento, la búsqueda comenzó. No hubo día en que no saliera a preguntar por él, un perro de gran porte, robusto y que “si se para en dos patas es más alto que una persona de talla media”. El paso de los días hizo que Julieta perdiera las esperanzas de encontrar a Milo y junto a su familia solo deseaban “que si está con alguien, que esté bien y lo traten bien porque en casa, al igual que los otros tres perros, es un miembro más de la familia; un hermano más, un hijo más”, reconoce.
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Fue hace poco menos de un mes que una foto viralizada puso el alerta: un grupo de chicos que practicaba kayak vio a un perro solo y mal alimentado a la vera de la isla del Río Limay, del lado de Neuquén. Y, como habían visto una de las fotos de la búsqueda de Milo, sospecharon que era él.
Sin demorar, se comunicaron con Julieta y le mostraron una foto tomada a lo lejos, con el zoom exigido y algo borrosa. No estaba segura, pero pronto llegó hasta ese lugar. “Los primeros días no lo vi. La gente que me acompañaba señalaba a otro perro, confundiéndolo, pero no era. Pese a eso seguí yendo todos los días hasta que apareció un perro color té con leche, grandote... ¡Era Milo!”.
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La esperanza de la joven volvía a encenderse sin imaginar lo que los meses en soledad hicieron de su amado perro, adoptado cuando tenía dos meses.

Los intentos de rescatar a Milo: vecinos de Cipolletti y Neuquén se reúnen en grupos para ayudar
Al día siguiente de saber que su perro estaba en esa isla, frente al Limay, Julieta emprendió el viaje de rescate. Fue con un grupo de personas, pero no lograron dar con él. Bajaron al desconocido lugar -”una isla enorme, llena de ramas y mucha vegetación”, dice- le dejaron comida (como lo hace cada día) y nada pasó.
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“Lo que me llamó la atención fue que no tenía el pretal verde, con cierre y abrojo, ni el collar de ahorque que usa porque como es tan grandote cuando lo sacaba a caminar siempre tiraba. No era una pieza que pudiera sacarse él solo, por eso creo que alguien lo agarró y no quiero pensar qué le habrán hecho para que esté tan asustado porque ve gente y corre”, dice consternada.
En ese tono vuelve en sus recuerdos y cuenta cómo llegó a su casa: “Mi papá y mi hermano fueron un día a comprar leña y ahí vieron a la mamá amamantando a sus cachorros, uno de ellos era él. Lo adoptamos y desde ese día vive con nosotros. Siempre se mostró con miedo a las personas... No sé cómo lo habrán tratado ahí”.
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Las dudas de Julieta crecen cuando repasa aquella tarde de octubre cuando salieron a dar un paseo y volvieron sin Milo: “Le tiene miedo al agua. Es imposible que haya llegado a una isla por sus propios medios, que haya nadado hasta allá”.
Lo que más la consterna es ver a Milo, su amado cachorrón, y sentir que pese a haber hecho lo imposible por él aún no hubo resultados positivos que acorten las distancias. “Apenas vimos que no estaba en la camioneta buscamos por el puente y los días siguientes siempre busqué por la Isla Jordán, pensando que por miedo se hubiera escondido entre los yuyos. Y ahora cada vez que lo busco y lo veo es desesperante porque no nos reconoce”, lamenta.
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Julieta y su familia llegaron en lancha a la isla. Llevaron comida, una manta de Milo y hasta fue Sol, la perra amiga de can de pelo corto. Pero nada le es hoy familiar. Los meses en soledad -y nunca se sabrá las experiencias que haya vivido- acrecentaron sus temores naturales a las personas y solo escapa.

“Los veterinarios dicen que tiene mucho miedo y no sabe quién lo está llamando, por eso se asusta y le da por correr”, agrega la mujer y añade que hace unos días intentaron con una “jaula trampa, le pusimos comida para que cuando entrara a comer pudiéramos atraparlo, pero se corrió, la trampa cayó y él se asustó con el ruido y otra vez salió corriendo”.
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“El día que llevé a Sol, con la idea de que ella hiciera de nexo para el reencuentro, tampoco lo logramos. Ella tenía atada a su collar una soga larga porque pensamos que podría buscarlo, pero no lo hizo. Dejamos pelo de ella, una manta de Milo y comida cerca. Después de unos días nos dimos cuenta de que se acerca a comer sobre esa manta. Es más, la noche del acampamos se acercó a nuestra carpa, pero no lo escuchamos porque había mucho viento, pero al otro día vimos una pisada al lado de la carpa”.
Quien se sumó a la búsqueda es Natalia Larrosa, educadora canina de Instinto Animal de Cipolletti, que explicó a Diario Río Negro que esa conducta se debe al tiempo que el perro estuvo solo y desorientado, y a ello se suma la posibilidad de que para sobrevivir haya tenido que cazar o robar comida cuando estaba acostumbrado a comer un kilo de alimento balanceado por día.
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Por ello, ante los intentos de rescate se siente acorralado por las personas -a quienes naturalmente teme-, estando en un lugar desconocido, por lo que expresa temor y todo lo toma como una amenaza.
Julieta no pierde las esperanzas para que Milo conecte con ella.
“Cuando camina mira para abajo, no nos mira y no reconoce nuestras voces. Los expertos en conducta canina dicen que los perros no reconocen a una persona por la vista sino por el olfato y que para poder reconocernos tenemos que estar a poca distancia. Aún no lo logramos, pero seguiré yendo todos los días a dejarle comida y a esperar que llegue el momento en que me reconozca y poder volver juntos a casa”, finaliza.
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