
Cerca de la una y media de la tarde del lunes 9 de noviembre murió Miriam Muñoz Águila en una habitación de la Clínica Cemep de Río Grande, Tierra del Fuego. Claudio Boyadjian nunca se enteró de la muerte de su esposa: para entonces ya estaba sedado. Murió cerca de las dos y media de la tarde del mismo lunes en otra habitación del mismo hospital. Con una hora de diferencia, el coronavirus y el contagio invisible de un virus mortal mató a un matrimonio fundacional de la ciudad. Tenía 86 años ella, 88 él. Murieron el mismo día, paredes contiguas, sin saber el devenir del otro.
Insuficiencia respiratoria por una afección pulmonar fue el diagnóstico de ambos decesos. Ambos tenían patologías de base y una edad avanzada que los convertía en pacientes de riesgo: él, además, era diabético. Se cuidaban. Al punto del hartazgo. “Estoy aburrido. Ya no sé qué hacer, quiero salir”, le dijo Claudio a Hugo, uno de sus seis hijos. Hugo, en diálogo con Infobae, dijo que lo notaba deprimido y angustiado, que el aislamiento lo había afectado, que por el confinamiento había dejado de comer.
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“Se cuidaban mucho. Vivían prácticamente encerrados. Salían para hacer compras o ir a la farmacia. Ellos, más allá de su edad, tenían buena salud. No sé cómo el virus entró a la casa o dónde se habrán contagiado”, contó su hijo, fruto de una relación anterior de Claudio, con residencia en Buenos Aires. Un día lo llamó y atendió su sobrina Jazmín. Le contó que no se sentían bien. “Hablé con mi papá y lo noté mal, cambiado. No era el mismo por su manera de hablar. Respiraba mal, estaba raro. Después hablé con Miriam y estaba muy cansada”, relató.

Claudio tuvo fiebre desde el primer día de sintomatología. Miriam no levantó temperatura: había experimentado un sentimiento de fatiga y decaimiento general. Hugo le sugirió a su hermano Vïctor, que si el cuadro se complicaba iban a necesitar internación y asistencia respiratoria. Al día siguiente, el jueves de la semana pasada, ingresaron al Cemep. El hisopado le dio positivo a Claudio. Por ser contacto estrecho, Miriam también fue reconocida con la enfermedad.
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Los primeros días manifestaron estabilidad. A los pocos días, Miriam ya presentaba fiebre y Claudio se mostraba desorientado. “No sabía dónde estaba, pero seguía estable: no mejoraba ni empeoraba”, indicó su hijo. El último domingo había desconocido a Víctor. Iba al baño y volvía cansado. La descompensación fue inesperada y fugaz. El lunes por la mañana el cuadro clínico de Miriam empeoró estrepitosamente. Claudio la siguió. En el mismo día y en la misma hora fallecieron por coronavirus. Habían estado 53 años juntos. No estuvieron un día separados.
Río Grande llora la pérdida del matrimonio. La provincia está conmovida. Claudio Boyadjian había sido pionero, fundador. El 4 de septiembre de 2013 fue reconocido por el Senado de la Nación tras la presentación del por entonces senador nacional Mario Jorge Colazo. El proyecto declara que “entregó su vida al desafío de reafirmar la soberanía nacional, forjando un marco de desarrollo poblacional homogéneo en la provincia más joven y austral de nuestro país”. Solicitaba la distinción porque entendía que “por el esfuerzo realizado, por todo el camino desandado, por el sacrificio y el coraje, le debemos este merecido reconocimiento a la invaluable tarea de construir patria en nuestra querida Nación Argentina”.
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Claudio había nacido en París, Francia, el 16 de febrero de 1932. La guerra (el genocidio) en Armenia había alejado a los padres de su patria. Su primer destino fue la capital francesa. Su segundo y definitivo exilio fue a Buenos Aires, cuando él tenía solo diez años. Su papá le enseñó el oficio de tapicero. Estudió teatro y actuó en obras de la Unión Juventud Armenia de Buenos Aires. Cuando tenía 24 años buscaba trabajo en sastrerías y tapicerías. Lo hacía por carta y a través de avisos clasificados. Lo contactaron de Río Grande, Tierra del Fuego, una ciudad joven, en el preludio de su explotación industrial. Era 1956: tres años después se desató la era del petróleo con una fuerte corriente migratoria que además de empresarios y firmas hidrocarburíferas, convocó a pobladores. Miriam, por ejemplo, que llegó desde Chile en 1957 con 23 años y dos hijos de una relación antigua:
Claudio ingresó a Río Grande el primero de marzo de ese año. Iba a trabajar en la sastrería Chioca. Vivía en el Hotel Villa, donde también ejerció como mozo y ayudante. También trabajó en el cine El Roca de la ciudad. Pero en el hotel, donde se hospedaban muchos de los petroleros que habían ido a explotar la prosperidad de los pozos fueguinos, pudo presumir su bagaje intelectual. Sabía hablar en español, armenio, francés, inglés y alemán. Hizo de traductor hasta que las firmas petroleras lo llevaron a sus oficinas.
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“Siempre me contaba la misma historia -recordó Hugo, su hijo-. Cuando fue a hacerse el examen para entrar en la primera empresa, no se había dado cuenta que se había puesto dos medias de distinto color. No sé por qué se había quedado con ese recuerdo, pero me lo contaba cada vez que podía. La prueba la dio bien, nadie vio que tenía dos medias de colores distintos, entró y después fue progresando en la empresa”.

Trabajó en las compañías Tennessee y Lauren Import. En Bridas, Río Colorado y Total, otras firmas hidrocarburíferas. Giró a la industria electrónica: ejerció la gerencia de personal en Casio. Terminó su trayectoria laboral en la empresa de escobas Fiorentina, luego de que la comprara 3M. El 28 de febrero de 2004 decidió dejar de trabajar y jubilarse: tenía 72 años. Había edificado una vida ejemplar, noble, fundador de causas justos y solidarias. “Era una persona excelente, trabajadora, de muchos principios y valores. Era famoso porque fue uno de los primeros habitantes de Río Grande. era muy dadivoso, muy noble. Miriam fue la gran compañera de su vida: formaron un matrimonio muy querido, muy respetado. No había gente que no los quisieran”, valoró Hugo.
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Tenían seis hijos, diez nietos y cuatro bisnietos. Nadie entiende cómo pudieron haberse contagiado. Habían cumplido el aislamiento. Solo debilitaron la minuciosidad del protocolo cuando Alexis González, uno de los hijos de Miriam, murió por coronavirus una semana antes. La sospecha de su contagio radica en las visitas y los deseos de condolencias de familiares, amigos y vecinos. “Pudo haber sido eso, nunca lo vamos a saber”, respondió Hugo.
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