
Para Ignacio, o Nacho, la vida no tiene atajos. En cada uno de sus viajes, el camino es más gratificante que el destino. Pero no siempre tuvo esa mirada hacia el mundo. Le costó dejar atrás esa renombrada zona de confort para empezar a disfrutar de la vida de otra manera. Para lograrlo, se inventó su propio trabajo: contar historias.
Nacho Saso (36) nació en Buenos Aires, se crió en Zona Norte con sus ocho hermanos, y a los 17 años -poco antes de terminar el colegio secundario- empezó a buscar su vocación, algo que lo llevó a probar más de una carrera universitaria. Nada terminaba de convencerlo, entonces decidió trabajar.
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A los 24 ya era dueño de dos empresas, una de transportes y otra de entretenimientos, mientras desarrollaba paralelamente cuatro emprendimientos más que no subsistieron. “Manejaba varios empleados y me codeaba con grandes empresarios, tenía la sonrisa y la derecha de ellos. Trabajaba duro y parejo, me llevaba el mundo por delante con una soberbia especial y unos aires de no sé qué”, le cuenta a Infobae.
Todo parecía ir bien, tenía un trabajo, una casa y a estaba punto de casarse, pero ... “Corté con mi novia cuando estábamos a punto de formalizar. Me echaron del trabajo y tuve que volver a la casa de mi madre después de 10 años de vivir solo e independiente. Tenía 28 años ”, recuerda.
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Desmotivado, sin saber qué hacer, un amigo le contó sobre la competencia Ironman, una verdadera odisea que incluye tres disciplinas: natación, bicicleta y running. Nacho eligió el Solidario, el triatlón más largo del mundo. “Me propuse hacerla. La primera vez que salí a correr, hice tres cuadras y terminé muerto. Luego, con tiempo y paciencia, hice mis primeros 3 kilómetros. Correr me mantenía ocupado y de a poco fui encontrándome. Durante una año y medio entrené entre 4 horas por día, me sometí a una dieta estricta, y lo mejor es que la Competencia en Cozumel, México, tenía un fin benéfico”.

Más allá de haber llegado a la ansiada meta, el deporte lo despertó. “El Ironman fue una linda experiencia, no más que eso.... El camino del Ironman lo fue todo“, explica. Lo conectó con valores esenciales: la paciencia, la perseverancia, la disciplina, y lo más importante la pasión en lo que uno emprende.
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A partir de ahí, retomó su vida laboral. “Me contrataron en una empresa de energía en el sector comercial y logística. De a poco, me conecté con mi propósito actual. En mi casa no me entendían cuando les manifestaba mis ganas de arrancar de cero después de lo que me había costado retomar mi vida. Mi jefe, sin embargo, me apoyó a hacerlo”, recuerda.

Fue así que, con mucho tiempo de dedicación, Nacho dio vida a Argentina Sin Atajos, un ambicioso proyecto audiovisual que duraría 18 meses y desde donde iba a contar historias del país a través de sus personajes. “No se conoce un lugar sin conocer a sus personas. Elegí el territorio nacional porque sinceramente nunca me detuve a vivirlo... y realmente es un bomba: la diversidad de paisajes, culturas y su gente”, dice emocionado.
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Fue así que con algunos ahorros y apenas 700 seguidores en su cuenta de Instagram -que hoy son 23 mil-. salió en moto y carpa a su primer destino nacional: Córdoba. Inexperto, pero autodidacta, reunió sus materiales para documentar y saltó al vacío. “Soy un atrevido, no soy fotógrafo, ni periodista, ni editor. Soy sociable, no conocía la Argentina y lo que fui descubriendo me pareció importante compartirlo con el resto”.
El lado B
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Vivir viajando suena idílico. Ignacio parece haberse inventado el trabajo perfecto. Sin embargo, él reconoce que no todo es perfecto. ”Empecé de cero, el camino es largo y áspero. Después están los miedos… Me cuestiono si voy a lograr vivir de esto y eso me aterra. Tiemblo de miedo, pero... me arriesgo a vivirlo. ”, dice.
¿Qué miedos? “Nadie puede creer que tiemble durmiendo en la carpa en medio de la nada, o creando mi propio trabajo de viajar y contar historias. Una cosa no quita la otra, el miedo existe y es real. Lo huelo, lo siento, me hace temblar las patas, he escuchado incontables ruidos, pasos ficticios durmiendo en mi carpa en el medio de la Patagonia, solo como loco malo”, relata.
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Argentina sin atajos, al igual que su libro Camino Sin Atajos, es una analogía de la filosofía de vida que adoptó Nacho con sus fracasos, tropiezos y aprendizajes. “Amo que me vaya mal porque es donde más aprendo. Aprendí que la vida se hace al andar y que nada llega de la noche a la mañana, hay que trabajar, dedicarle tiempo, cabeza y corazón para hacerlo”.
El proyecto -en modo pausa por la pandemia- está casi terminado. Le falta completar su travesía. “Me quedan aún cuatro meses de viaje. Una vez que se levanten las restricciones por la cuarentena retomaré mi proyecto con mi productora. Tengo pendiente el litoral del país”.
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La cuarentena lo hizo frenar, pero logró seguir trabajando para marcas que quieren contenido mientras disfruta de todo el confort que no tiene en su vida de aventurero. “Hace seis meses que estoy con agua caliente y tengo una cama con colchón para dormir, todas las cosas que en la ruta tuve que resignar”.
Recorre cada destino de una manera distinta, siempre conectándose con los residentes. “Viajé 10 días en una mula para conocer a Lorenza, una señora que vive en una casa de adobe sin agua, sin luz y que casi no tuvo contacto con otras personas. Fue emocionante”.
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Viajar solo, nunca es estar solo
Para muchos es una ventaja, sinónimo de libertad; a otros les da temor, los paraliza. Este viajero reconoce que le gusta viajar sin compañía pero que nunca está solo: “Siempre me cruzo con gente, conozco y se genera una comida, una charla, un mate... En la ruta es donde más se aprende”.
Motivando a otros, Nacho reafirma su mensaje: “No pretendan ser súper héroes, mueran de miedo, pero háganlo... la consecuencia de enfrentar esos miedos es fantásticamente épica.”
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