
Solange Musse (35) tenía cáncer de mama y su estado de salud había empeorado los últimos días. Tenía metástasis en los huesos, el pulmón y el corazón. Postrada en una cama y conectada a un respirador, la joven había formulado un último deseo: despedirse de su papá.
Ni las protestas del padre, ni las súplicas de la joven, ni la desgarradora carta que escribió y se hizo viral, pudieron con la frialdad de la burocracia. Las autoridades cordobesas se mantuvieron rígidas en la aplicación de los protocolos: Pablo Musse viajó desde Neuquén -donde vive- hasta Córdoba, pero no le permitieron ingresar a la provincia y Solange murió sin ser escuchada, sin que se cumplera su último deseo, sin recibir el abrazo que tanto esperaba.
A nadie pareció importarle que la joven tuviera las horas contadas. Eso sí, después de que todo un país criticara el accionar del gobierno cordobés, ahora un juez provincial autorizó a su familia a asistir al velatorio. Pero hasta para eso hizo falta un trámite.
El magistrado Ricardo Bustos Fierro, del Juzgado Federal N°1, hizo lugar a un recurso de amparo presentado por la familia y ordenó que al padre, al hermano y a la tía de Solange se les permita circular con libertad.
“Tengo todos los permisos. Tengo el resultado del hisopado, tanto que me rompieron las pelotas con el COVID ese de mierda... Me lo hice el lunes y me dio negativo. Estos hijos de puta no me dejaron pasar para ver a mi hija. Esto no va a quedar así”, estalló Pablo Musse, emocionalmente devastado por no haber podido dar el último adiós a Solange. El hombre no descarta demandar a la Provincia por esta negación de derechos.
Padre e hija no se veían desde marzo, cuando se implementó el aislamiento social preventivo y obligatorio, por lo que Pablo decidió manejar los 1.100 km que separan a la ciudad cordobesa de Alta Gracia de la ciudad neuquina de Plottier, sin imaginar el trato inhumano que lo esperaba en Huinca Renancó, límite entre La Pampa y Córdoba.

Fue un viaje tortuoso que comenzó a las 20 horas del sábado 15. Lo demoraron en cada retén, pero en todas las ocasiones presentó la documentación necesaria y lo dejaron continuar. No ocurrió lo mismo al llegar a la frontera cordobesa, donde se burlaron de su desesperación. Con total arbitrariedad, levantaron frente a él el muro al parecer infranqueable de los protocolos.
Musse había manejado 8 horas. Eran las 6 de la mañana del domingo 16 y fue en ese puesto sanitario donde le dijeron –tras hacerle dos pruebas rápidas por COVID-19- que los resultados eran “dudosos” y que no podían dejarlo pasar sin presentar un certificado con el hisopado (PCR) negativo.
Ante ese impedimento, Pablo -que estaba acompañado por su cuñada discapacitada, tía de Solange- inició el viaje de regreso a Neuquén. En todo el camino, fueron escoltados como delincuentes por móviles policiales que iban haciendo postas y relevándose de provincia en provincia (Córdoba, La Pampa, Río Negro y Neuquén).

“Es completamente inhumano lo que vivimos. Los derechos humanos de los que tanto hablan, la inclusión que tanto predican es mentira, queda sólo en hablar con la E, porque a una persona con discapacidad la obligaron a viajar sin descanso y no les importó. No les importó cómo está mi hija, que me estaba esperando ilusionada, tampoco les importó el grado de enfermedad que tiene. El COE lo sabe porque tiene su historia clínica”, se indignó Pablo.
“Estábamos desolados, tristes, nerviosos y así nos obligaron a seguir en la ruta poniendo nuestras vidas en peligro porque pedí e imploré a los policías que me dejasen descansar y no lo hicieron”, se lamentó. Seis días después, le llegó la peor noticia.
“Yo quería ver a mi papá”, dijo Solange pocas horas antes de morir. “Lo quería ver mucho. Lo sigo esperando…”. ¿Por qué no lo dejaron llegar? ¿Por qué lo detuvieron en esas fronteras artificiales, arbitrarias?”, se preguntó la joven en sus horas finales.
“Ansiaba ver a mi tía y a mi papá. Estoy muy triste por todo lo que les hicieron. Los trataron como si fuesen delincuentes. Espero que esto que le pasó a mi familia no le suceda a nadie más”, escribió. Mientras que en otro de los párrafos destacó: “Acuérdense, hasta mi último suspiro tengo mis derechos”. Pero la burocracia es implacable.

Desde el Centro de Operaciones de Emergencia (COE) de Córdoba justificaron su accionar afirmando que los test que le practicaron en la ruta habían dado un resultado positivo. Sin embargo, el hombre acreditó que no tenía coronavirus cuando se hisopó en Neuquén.
“Lo que hemos hecho es cumplir con las normas, hay un protocolo que indica que todo argentino que quiera ingresar a la provincia de Córdoba debe cumplir una serie de requisitos y uno de ellos es venir con un hisopado negativo”, explicó Claudio Vignetta, secretario de Gestión de Riesgos de Córdoba y miembro del COE, confirmando la inhumanidad de las normas.
De acuerdo a una reglamentación provincial que rige desde el 17 de julio, toda persona que quiera ingresar a Córdoba debe presentar un certificado de hisopado negativo (PCR), realizar una solicitud de ingreso y hacer una cuarentena obligatoria de 14 días en un hotel. Esa es la fría letra de la norma. Lo inadmisible es que ni Solange ni su padre se hayan cruzado con algún funcionario que pensara y actuara como una persona y no como un autómata.
En el caso no hubo contemplaciones. Lo sucedido evidencia el dilema ético entre las medidas de prevención por la pandemia y la humanidad necesaria para resolver situaciones extremas como la vivida por la familia Musse. Protocolo o muerte no puede ser la respuesta de las autoridades a los reclamos de personas que sólo están defendiendo su dignidad.
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