
La insignificancia de nuestra existencia es un hecho que nos cuesta aceptar, hasta que algo más poderoso te lo demuestra en un segundo. El martes 4 de agosto parecía un día normal en nuestras vidas. Veníamos de cuatro días de confinamiento ya que, si bien la batalla contra el coronavirus había dado sus frutos, la apertura del aeropuerto y la relajación de todos incrementaron los casos rápidamente.
Más allá del lockdown, los martes y miércoles estaban abiertos los comercios, los bancos, los restaurantes y los gimnasios. Con mi compañero volvíamos apurados del gimnasio porque tenía una reunión con colegas a las 13 horas de Argentina.
Eran poco más de las seis de la tarde en Beirut (12:10 de nuestro país) cuando subimos al ascensor que nos llevaría hasta el sexto piso donde vivimos. Cuando las puertas comenzaban a abrirse, una ráfaga de polvo nos invadió e inmediatamente estas se cerraron. Estábamos en peligro, pero no entendíamos el porqué. Después de unos minutos de encierro, la máquina comenzó a funcionar y nos dejó en el décimo piso, donde un grupo de mujeres y niños asustados esperaban subirse. A gritos, les pedí que bajemos por las escaleras, y así lo hicimos. Estábamos a salvo, en el jardín del edificio. Una nube roja oscureció el cielo. La noche cayó de repente. Parecía una película de desastres naturales o de guerra.
Lo primero que atinamos a hacer fue tomar nuestros documentos, algo de dinero y salir. Llamamos a nuestras familias para que sepan de primera mano que estábamos bien. El edificio frente al nuestro estaba sin vidrios en las ventanas y el nuestro casi intacto. Más atrás otras torres modernas estaban parcialmente destruidas.
“Estamos en peligro”, repetía mi mente todo el tiempo y mi cuerpo no paraba de sudar. Veíamos pasar gente lastimada caminando, en motos, en autos, como podían. Pero estábamos a más de 2 kilómetros del epicentro y sabíamos que allí todo debía haber sido peor.

Beirut es una ciudad hermosa. A mí me hace acordar a ciudades de Brasil como Río por su verde y la irregularidad de sus calles. Pero tiene algo que la hace más bella aún, su arquitectura. El barrio de Achrafieh, el más destruido por su cercanía al puerto, concentra a las familias más adineradas de la ciudad que en su mayoría profesan el cristianismo y hablan francés. La ciudad es como un triángulo cuya punta y sus lados hipotenusa y adyacente dan al mar y su base a la montaña. El puerto está en su lateral derecho y el aeropuerto en el izquierdo. Beirut está dividida entre musulmanes al oeste (izq) y cristianos al este. La mitad está trazada por la Rue de Damas (calle de Damasco), que en la guerra civil del ’80 se denominó la línea verde. Nosotros fuimos allí, sobre la línea verde y muy cerca de la embajada de Francia. Una zona baja, escondida detrás de Achrafieh, que quedó resguardada del impacto por fortuna geográfica.
La noche cayó de repente y sabíamos que podía ser larga. Afortunadamente no hubo víctimas argentinas reportadas durante la madrugada de hoy, pero todavía es temprano para asegurarlo. Las sirenas acompañaron la oscuridad de la ciudad, que se iluminó sólo con las luces de los edificios alimentados por generador eléctrico. Ésta es una de las deficiencias más grandes de este país, una crisis energética que lleva décadas y que se ha venido amortiguando sólo con aportes privados, ya que el estado no ha sido capaz de abordarlo eficazmente. En el Líbano la electricidad se corta 2 veces al día como mínimo. Los que tenemos la fortuna de poder pagarlo, un generador en el edificio reemplaza el suministro del estado por más de 12 horas diarias. El resto, los barrios más humildes, quién sabe cómo se las arreglan.

El día después de la explosión me levanté decidido a ser testigo de las consecuencias y me acerqué a la zona más afectada. Llevé la cámara, el celu y algo de plata para comprar yerba mate (acá se toma mate gracias a la comunidad Drusa que se enamoró de nuestra bebida nacional y la importa en varias marcas). Comencé a caminar en sentido al epicentro y a encontrar cada vez más pruebas del desastre. Ya no había gente desesperada en la calle ni el caos como ayer, quedaban sólo el silencio y testimonio de la arquitectura vulnerada. Los edificios más afectados fueron los modernos y los muy viejos. Los primeros por estar montados sobre estructuras rígidas, pero decorados con materiales menos nobles y mucho vidrio, y los últimos por falta de mantenimiento. Me acompañaron entre cada paso el sonido de los cristales en el piso y el trabajo del personal de limpieza que se encargaba de eliminar estructuras frágiles. Encontré también manchas de sangre en las veredas que prueban el gran número de víctimas que dejó la explosión.
Caminé por las zonas turísticas y parecía el día después de un gran tornado o una catástrofe meteorológica. Arboles caídos, ventanas rotas, puertas de garaje dobladas, paredones derrumbados. Algún que otro curioso (como yo) que tomaba fotos. Mientras caminaba pensaba “¿qué más le puede pasar a este país este año?”. Una crisis económica sin precedentes, inflación, salarios congelados, el dólar por las nubes, coronavirus y ahora esto. Para nosotros, los argentinos, no parece tan extraño… tenemos un máster en inestabilidad cambiaria, pero para cualquier otro ciudadano del mundo todo eso junto parece imposible de resistir. Aunque la educación y la salud son principalmente privadas en este país, ayer el gobierno decretó que todos los hospitales debían atender a las víctimas a cuenta del estado.

Los libaneses son muy parecidos a nosotros. Son simpáticos, alegres, no le tienen miedo a las crisis. A su vez, su humor es más positivo que el promedio argento, y son mucho menos fanfarrones que nosotros. Ellos viven una filosofía nihilista que se puede resumir en pocas palabras: la guerra les enseñó que no hay un mañana, importa sólo el hoy. A su vez, que todo puede convivir al mismo tiempo, un casamiento en la montaña y un ataque en el centro de Beirut.
Así viven el día y la noche, sueñan con hacer dinero y gastarlo en propiedades, salidas, viajes. Son puro talento para los negocios, aunque esta vez algunos más poderosos les tomaron el pelo y están sufriendo las consecuencias. Son muy buenos en idiomas, como mínimo hablan árabe, inglés y francés. En esta zona vivían los fenicios antes de Cristo, una cultura que se destacó por el comercio y gracias a ello por haber creado el primer alfabeto para poder intercambiar productos de una manera más eficiente. El arte y la arquitectura los destaca. Tienen una suerte de mezcla entre Medio Oriente y Occidente. En el mundo se destacan por su capacidad y talento, pero su tierra está tan golpeada como su historia.
Seguramente en unos meses me estaré yendo de este lugar, quizás antes según mis planes laborales. Pero a pesar de todo lo malo sé que siempre voy a volver. A ver amigos, a disfrutar de su gastronomía mundialmente reconocida, y principalmente a tratar de vivir el presente, porque después de lo de ayer a mí también me quedó claro lo insignificantes que somos.
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