
Que no quiere sentirse sola. Que ya no va a sentirse así.
Alrededor de una mesa, rodeada de amigas, amigos y familiares, Wanda no lo manifiesta en palabras pero lo expresa a través de su sonrisa, genuina y necesaria por estos días, indispensable para su energía y vital para superar una enfermedad que ordenó sus prioridades y modificó su vida.
Wanda López, de 24 años, comparte en su cuenta de Facebook que el plato de fideos está riquísimo, que la pizza estuvo espectacular y que el guiso que se está por comer tiene una pinta bárbara. Lo hace con un gorro que reemplaza al largo cabello que debió dejar ir hace unos meses y pronto volverá a ver crecer. Con él busca combatir el frío y superar un proceso tedioso, que se inició el 24 de diciembre de 2019 cuando un pequeño malestar seguido de un estudio médico le arrojó que padece una leucemia aguda.
“Aquel día me hice los estudios y me detectaron leucemia. Un día más tarde me internaron y me dieron el alta recién el 21 de febrero, porque debí transitar dos quimioterapias. Estuve internada dos meses”, cuenta Wanda, barbijo mediante, a Infobae.

Durante esos casi 60 días la invadió el miedo, la angustia, el no saber, el sentir de más y el quién sabe qué pasará en unos pocos meses. Las ganas de vivir, el miedo a no estar más. “Cuando el doctor me dijo lo que tenía me puse a llorar. Estaba muy mal, aunque sabía que tenía tratamiento. La primera semana tenía miedo a morirme, ahí me agarró pánico, fue durante el inicio de la internación que no podía dormir de noche”, recuerda por estos días.
En el Hospital Ramos Mejía le entregaron instrucciones precisas para superar la enfermedad: un tratamiento invasivo, de ocho etapas de quimioterapia, que culminará con un trasplante de médula que juega el papel del faro esperanzador: “Los médicos me dijeron que con eso se puede sellar el cáncer”, revela.
Wanda es trabajadora sexual y actualmente vive en el barrio porteño de Villa Lugano, en un departamento de tres ambientes que comparte con su papá, su hermana, su cuñado y seis sobrinos. Para encontrar más calma se refugia con amigas entre platos calóricos, anécdotas, risas y un acompañamiento emocional que complementa cada traslado médico que debe hacer hacia el hospital.
El mes pasado, mientras se realizaba una de las etapas del tratamiento, comenzó a sentir un fuerte dolor de cabeza que luego se transformó en fiebre, tos y una constante dificultad para respirar. “Me agarró una neumonía muy fuerte y no podía respirar por mis propios medios. Tuvieron que intubarme. Estaba frente un paciente al que le detectaron el COVID-19. Yo creo que él fue quien me contagió. Por este tema lo internaron un día antes que a mí. Ahí me tuvieron que poner oxígeno porque realmente no podía respirar”, explica.

El cambio de sala no le hizo suponer mayor gravedad en cuanto a su estado de salud. Wanda supuso que la nueva internación era de rutina, sin complicaciones. “No pensé que iba a ser tan grave. Lo que más me asustó fue cuando estuve en terapia intensiva. Ahí me agarraron ataques de pánico, le tuve miedo a la muerte. Estuve sin poder dormir, en shock. No caía en lo que estaba viviendo. Me preocupaba tener mucha tos y fiebre”, cuenta.
Su estado se agravó cuando se enteró de que aquel paciente con el que compartía la quimioterapia, internado en terapia intensiva un día antes que ella, había fallecido con los mismos síntomas. “Los enfermeros me dijeron que no pudo salir adelante”, rememora.
Wanda detalla que no tramitó ninguna ayuda del Estado, que tampoco posee obra social y que el tratamiento lo lleva sin complicaciones: “Nunca me eché para atrás y siempre fui muy positiva. Acompañada por mi familia y amistades, que no me dejan bajar los brazos. No pienso bajar los brazos. Tampoco me molesta contar que trabajé en la calle, aunque ahora, con todo esto, no voy a salir. Por suerte tengo la ayuda de mis seres queridos, que están conmigo. ¿Si pienso en el futuro? Primero quiero salir adelante y más adelante veré”.
Por estos días Wanda descansa entre los suyos luego de haber sido dada de alta de coronavirus y en medio de una batalla a la que le faltan cuatro etapas: “No le tengo miedo a la muerte, tengo ganas de seguir viviendo y darle para adelante. No pienso en lo que pueda pasar, sólo en mi enfermedad y en recuperarme. Más adelante sí lo haré, ahora sólo me detengo en pensar que quiero seguir viviendo”.
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