
Tres cuadras separan a María del Carmen Seitz de Mirta, su madre, que a los 49 años lucha contra un cáncer de huesos que hizo metástasis en los pulmones y le provocó la aparición de cuatro tumores en la cabeza. Apenas 300 metros que no puede hacer porque está en cuarentena, aislada durante 14 días desde el martes en una casa que pertenece a la parroquia de General Manuel Campos, un pueblo de 1200 habitantes que pertenece al partido de Guatrache, en La Pampa. Al dolor y la desesperación por la inminente pérdida y la posibilidad de no poder despedirse de ella, se unió la odisea de un viaje que demoró casi 20 días. Sólo la podría ver por video llamada, pero en los últimos días la mujer desmejoró y esa chance de comunicación ya no es posible.

“La realidad es que ella está muy mal, el cáncer sigue avanzando, empeora día a día. Se enteró hace un año y medio cuando se produjo la metástasis. Hizo quimioterapia en la capital, Santa Rosa, que está a 180 kilómetros, porque acá no hay hospital, sólo una salita. Pero en los dos últimos meses se desencadenó todo, le aparecieron los tumores, se deterioró mucho. Tanto que los médicos dijeron que ya no se podía hacer nada, que volviera a su casa para estar en paz. Está con mi papá y mis hermanos, que se ocupan de todo, porque le cuesta hablar, tiene pocos momentos de lucidez, y depende de otros para comer, ir al baño, higienizarse, todo…. Y estando tan cerca, tengo miedo de no poder despedirme de mi mamá. Vine a eso, quiero cumplirlo y no me dejan”, le dice a Infobae la joven de 21 años, que protagonizó un largo e injusto periplo para atravesar los 205 kilómetros que la separaban desde Bahía Blanca, donde vive hace tres años, en los que estudió Diseño de Indumentaria y trabaja en una estación de servicio.
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El primer intento de viajar lo hizo el 3 de julio junto a su novio, Sebastián Prats, un contador de 40 años que la llevó en su auto. “Decidimos que al menos ella pudiera ir a estar con su madre en este momento difícil -le cuenta Prats a Infobae-. Algo razonable y necesario también. Viajamos hasta la localidad de Darragueira, donde Carmen haría el trasbordo al auto de su hermano para completar el trayecto y poder llegar a ver a su madre. El padre de Carmen y compañero de vida de Mirta estaba recién operado de cadera, no la podía venir a buscar en ese momento”.

A bordo del Corsa de Prats salieron desde Bahía Blanca y tomaron la ruta 35 hacia Villa Iris. “Yo tengo dos permisos. Uno como profesional independiente, por ser contador. Y otro como asesor externo de empresa de transportes. Y mi novia tiene domicilio en General Campos, no hizo nunca el cambio. Nos pararon en Villa Iris y me dijeron que tenía el permiso vencido. Tramité el nuevo online. Y de ahí nos fuimos para Darragueira, yo me equivoqué de camino, así que hicimos varios kilómetros de más…”.
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Por problemas con las comunicaciones, no pudieron hablar con Gabriel, el hermano de su novia, para avisarle de la demora. Pero en Darragueira -sobre la ruta 76, a 22 kilómetros del límite con La Pampa- y antes de encontrarse en la estación de servicio que está dentro del pueblo, los volvieron a detener. “Nuevamente nos dijeron que no había posibilidades de pasar. Yo les dije que tenía que dejar unos recibos de sueldo en la estación de servicio, pero no hubo caso. Lo peor es que me secuestraron el registro y la cédula verde del auto, y todavía no los recuperé. Mi suegra se está muriendo. No quise hacer problemas, No me puse rebelde ni nada. Lo único que hice fue, como no querían firmar el acta que me hicieron, sacarle una foto. Además, me preguntaba: ¿si hubiera tenido la documentación en el celular, en la aplicación Mi Argentina, me hubieran quitado el teléfono?”.

Sin papeles, ambos regresaron a Bahía Blanca con el auto. “Cuando me pararon en la entrada y les mostré a los policías el acta, me dijeron que era una locura, que era inconstitucional lo que me hicieron. Pero el segundo viaje de Carmen fue peor…”, relata Prats.
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Desde ese momento, la chica intentó tramitar el permiso “Regreso a casa” en La Pampa y así reencontrarse con su madre. “Cada vez que llamaba me decían que estaban atrasados, que no sabían. Como no me lo otorgaron saqué el permiso de 24 horas por asistencia familiar y con ese decidí viajar”, cuenta. Como Sebastián no tenía los papeles del auto ni el registro, contrataron un taxi. Con él irían hasta el límite entre las provincias de Buenos Aires y La Pampa por la ruta 35, y allí la esperaría Juan, su papá.

Sin embargo, al llegar al lugar -una casita blanca con el escudo de la policía de La Pampa en medio de la nada-, la retuvieron junto a su padre. El hombre, que tiene un reemplazo de cadera colocado hace poco tiempo, soportó seis horas en esa situación y debió regresar a General Campos, ubicado a 70 kilómetros de allí. Según Sebastián, los policías “fueron súper empáticos e hicieron varias gestiones para que pudiera entrar. Me decían que les hacen el hisopado a los camioneros y no a ellos porque tienen miedo a quedarse sin personal de fuerzas de seguridad. El problema era el permiso desde Santa Rosa”.
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Finalmente, según contó Prats, a las 9 de la noche y tras gestiones con Cinthia Zalabardo (del ministerio de Salud pampeano) y Rodrigo Ortíz (Secretario de Gobierno), Carmen pudo dejar “esa oficina de migraciones” -como define su novio- y llegar, en taxi, a su pueblo natal. A la casa parroquial donde está alojada para cumplir la cuarentena, su familia le llevó comida y abrigo. Ahora espera que un segundo milagro se cumpla y le permitan -en un gesto humanitario y bajo todas las medidas sanitarias- recorrer las tres cuadras que la separan de su madre y poder decirle adiós.
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