Luis Tagliapietra
Luis Tagliapietra

A las 7 de la mañana del jueves 15 de noviembre de 2018 el Seabed Constructor navegaba hacia el norte. Tenían previsto llegar al mediodía al punto que la jueza Yáñez había pedido verificar.

Era un día gris. Estaba nublado y por momentos lloviznaba. Hacía bastante frío. Cuando Luis llegó al comedor, se estremeció al ver que en el televisor pasaban una tras otra las fotos de los 44 héroes del ARA San Juan.

Vio pasar la foto del capitán Fernández; la de Eliana Krawczyk, la única mujer de la tripulación y hermana de Silvina; la de los hermanos de Fernando Arjona y de José Luis Castillo. Mientras pasaba una tras otra, el corazón de Luis se iba acelerando. Once o doce fueron las fotos que pasaron hasta que en la pantalla del televisor apareció la foto de Alejandro.

De a poco todos se fueron acercando al salón comedor, como lo hacían todos los días. Sin embargo, las caras y los gestos no eran los de siempre. Luis se acercó con la bandera argentina con el número 44 en el centro que lo acompañaba desde el primer día de misión y la colgó debajo del televisor.

—Vinieron todos los tripulantes, salvo alguno que puntualmente tenía que quedarse en su lugar de trabajo. Estaba el capitán. El primer oficial no estaba porque reemplazaba al capitán en el puente. De los 70 y pico de tripulantes había 70. Estaban hasta los de la cocina. También los tres veedores de la Armada.

En silencio y emocionados delante de una pantalla, todos vieron pasar, una tras otra, las fotos y los nombres de los 44 héroes del ARA San Juan. Dave, el director operativo de la misión, mirando a Luis y a José Luis a los ojos les dijo que a un año de la desaparición los acompañaba y los guiaba.

—Lamento profundamente no haberlos encontrado. Les pido disculpas —dijo, en inglés.

TJ pidió un minuto de silencio.

En más de dos meses de navegación nunca se había vivido un momento tan tenso a bordo. Cuando el minuto pasó, TJ otra vez tomó la palabra. Recordó a los tripulantes del ARA San Juan a un año de su desaparición y les pidió a todos subir hasta la cubierta del capitán.

El buque Seabed Constructor (Ocean Infinity)
El buque Seabed Constructor (Ocean Infinity)

Con el océano de fondo, Dave leyó algunos salmos del Antiguo Testamento. Estaba vestido con saco azul, camisa celeste y pantalón negro.

A su lado estaba parado TJ con un amplio buzo azul y gorra gris.

Luis estaba parado frente a ellos. Vestido todo de negro, tenía abrochado en la remera, cerca del corazón, un pin con la foto de su hijo.

A su derecha estaban José Luis Castillo y Luis, un puertorriqueño que vivía en Texas y era operador de AUV. A la izquierda, los miembros de la Armada, el capitán Alonso y el capitán Parant, y junto a ellos el primer oficial del puente. Al terminar Dave sus palabras, TJ se acerca a Luis para entregarle una corona de papel de unos 40 centímetros de diámetro. El papel estaba cortado en tiritas, que entrelazadas unas con otras se asemejaban a una corona de flores. Las tiritas verdes simulaban ser hojas, y cuatro grupos de tiritas azules entrelazadas con un centro rojo eran las flores

—Anoche hicimos esta corona de papel —le dijo Dave a Luis.

TJ le entregó la corona y le pidió que él fuera el encargado de arrojarla al mar.

Luis se acercó a estribor y tiró la corona.

Como lo hacía todos los días desde hacía 365 días, volvió a recordar a Alejandro, pero esta vez fue diferente: la emoción y la tristeza lo agobiaban. Le pesaba no haber podido cumplir la promesa que le había hecho a su hijo

—En el momento de arrojarla al mar, el silbato del barco sonó en señal de saludo. El sonido era estremecedor. Se me cayeron unas lágrimas. Lo único que dije fue “gracias”, que lo dije en voz alta cuando me entregan la corona. Y después se lo dije a cada uno cuando me saludaban. El último que me saluda es Dave que me pide disculpas por haber fracasado, por no haber logrado el objetivo. Le dije: “Al contrario, gracias por todo lo que hicieron, gracias por el valor humano”. Uno siempre tiende a pensar que el profesional de algo no tiene esa capacidad de empatizar con lo que está viviendo.

Cada miembro de la tripulación se fue acercando hasta José Luis y Luis para darles un abrazo. Se formó una hilera improvisada, y uno detrás de otro esperaron su turno. Los operadores del ROV. Los geólogos del laboratorio de los AUV. Kate. El filipino con el que compartía las zapadas que se armaban en el playroom. El capitán. TJ. Wael. Dave. Todos le dieron un abrazo y le dedicaron algunas palabras. Todos entendían lo que Luis estaba atravesando.

Era poco más de las 8 de la mañana cuando Luis recibió el último abrazo. Todos tenían que volver a sus ocupaciones. La misión aún no había terminado.

—Me quedé muy compungido porque fue muy fuerte todo —dice Luis—. Me fui un rato al gimnasio, me di una ducha. Después me crucé con Arjona que se había levantado más tarde. Fue un día muy triste, muy tenso. A esa altura todo era caras largas, ya no teníamos mucho que decirnos.

Luis sentía que después de casi un año de lucha todo se había venido abajo.

—A las 6 de la tarde fuimos a cenar como todos los días. Todo normal, caras largas. Como hacía siempre después de la cena me quedo jugando a los dardos con Wael. Voy un rato al gimnasio para descargar, me doy una ducha en el baño del camarote y me tiré a ver un capítulo de Breaking Bad. Es ahí cuando me llama TJ por teléfono.

Entre el horario de la cena y ese llamado habían pasado unas dos horas. Eran alrededor de las 8 de la noche.

Alejandro Tagliapietra
Alejandro Tagliapietra

Antes de atender no pensó en nada en particular. No imaginó qué le diría la persona que lo estaba llamando. No era más que un teléfono sonando. En la pantalla del televisor se veía a Walter White tratando de resolver el nuevo problema en el que estaba metido. Luis puso pausa y atendió.

—Ese llamado me provocó intriga, asombro. No fue que me ilusioné. Me sorprendió, pareció raro porque no había pasado nunca.

Sin ilusión, pero con sorpresa, pensó: ¿por qué esta vez lo llamaban especialmente por teléfono para informarle de una novedad en la misión?

—Cuando nos avisaban de algún nuevo “punto de interés” era más informal, por ejemplo me pasó alguna vez que Patrick me diga: “Vimos algo y vamos a ir a verlo con el ROV” en un pasillo. Pero que me llamen para ir a mostrarme un contacto, no. Porque en general cuando pasaba eso veíamos el contacto ya en la sala de control del ROV o si en el medio teníamos una reunión nos lo mostraban ahí, pero que nos hagan ir a una sala especialmente para mostrarnos el contacto no había pasado nunca.

La voz de TJ sonaba tranquila. Nada en sus palabras ayudaba a vislumbrar qué era lo que quería contarle. Ni un adjetivo de más. Las inflexiones eran iguales a la de cualquier charla de cualquier día

—Muy escuetamente me dice: “Por favor, bajá a la sala de control de los AUV, que tenemos que mostrarte algo, y avisale también a tus compañeros”. Yo le pregunto: “¿Le aviso a la gente de la Armada también?”. Y me responde “No, ya les avisamos”.

Portada de
Portada de "La búsqueda del ARA San Juan", editado por Galerna

Cuando Luis entró en la sala ya estaba TJ. También el encargado del servicio de internet del barco, quien no estaba ahí porque fuesen a cortar el servicio como prevención, sino porque ese era su lugar de trabajo. Después llegaron los tres veedores de la Armada, y Arjona y Castillo.

Cuando ya todos estaban reunidos frente a las pantallas, TJ les muestra una imagen que habían registrado los AUV algunos días antes.

—Con el mismo tono que usaba todos los días para contarnos las novedades y el plan de trabajo del día, TJ nos dice: “Él (lo dice por Andrew, que ya se había sumado a la reunión) como es geólogo, entendió que esto podría no ser natural y por eso desde el control central de la misión en las oficinas de la empresa en Londres se decidió cambiar la clasificación del punto”.

Lo que a Andrew le había llamado la atención era un efecto que había en el suelo alrededor de una formación rocosa. Revisando la última información que había llegado, ve que en un contacto que había sido descartado originalmente a mediados de septiembre porque se lo había clasificado como “geológico”, había un rastro en el suelo. Era una especie de onda expansiva que podía ser producto de un fuerte golpe contra el piso.

Eso que en un principio había sido clasificado como “rocas” tenía alrededor un “splash”, unas estrías en el suelo que no parecían ser naturales.

El 15 de noviembre a las ocho y media de la noche, durante el día operativo 60 de búsqueda, el último de la misión , TJ les anuncia que ese contacto que en algún momento de septiembre habían clasificado como D geológico), ahora pasaba a ser C (probable).

Si bien en ese momento no tenían certeza de nada, de pronto el estado de ánimo general era otro. Aunque fuese una posibilidad mínima, de pronto había algo que volvía a generar esperanza. El capitán Alonso le sacó una foto a la imagen que les había mostrado TJ y se la mandó a los altos mandos de la Armada.

Luis no sabía bien qué pensar. Estaba conmocionado. Cuando un rato antes había sonado el teléfono de su habitación, nada de esto se había imaginado. De pronto dejó de escuchar la voz de TJ aunque él seguía con la explicación técnica que le habían aportado los geólogos. Lo veía mover sus labios pero no percibía el sonido de sus palabras.

De golpe lo invadieron todas las dudas y certezas que podían atravesarlo en ese momento de máxima tensión.

Las certezas paralizaban.

Estaban a más de 200 millas al norte del lugar donde se había producido el contacto. En pocas horas tenían previsto levantar los AUV que estaban en el mar, completando así el último día operativo de búsqueda. Una vez finalizada la misión el barco emprendería rumbo a Ciudad del Cabo. Difícil encontrar algún resquicio de ilusión en esas certezas, pensó.

Para peor, las dudas tampoco ayudaban mucho. ¿Había tiempo para ir a verificarlo? ¿Tenían pensado dejarlo para cuando se retomara la búsqueda en febrero? ¿Serán ellos?

Después del homenaje a un año de la desaparición, de abandonar el grupo de WhatsApp de los familiares, de sentir que todo ya estaba terminado, cuando lo única ilusión que lo motivaba era volver a su casa lo antes posible, aparecía TJ con esta noticia.

Era mucho para un solo día.

De pronto volvió a oír la voz del representante de Ocean Infinity, de su amigo con el que todas las noches jugaba a los dardos, ese hombre en quien Luis confiaba. Él era el único que podía descartar las certezas, y responder las dudas. Luis miró a los ojos a TJ y le preguntó:

—¿Dónde es el contacto?

—En pleno centro del área 1 —respondió TJ, mientras les mostraba las coordenadas.

Era el lugar más probable en que estuviese el submarino. Donde la Armada insistía que había que seguir buscando.

—Por favor vayamos a verificarlo —casi le suplicó Luis a su amigo.

—Sí, quédate tranquilo, te prometí que no íbamos a dejar ningún contacto sin ver, vamos a ir a verlo —le respondió TJ

—Pero tenemos veintipico horas de viaje hasta ahí. ¿Qué pasa con Ciudad del Cabo? —insistió Luis.

—Vamos, lo verificamos y después vamos a Ciudad del Cabo —lo tranquilizó TJ. “¡Gracias! ¡Muchas gracias!”, fue lo único que atinó a agregar Luis conmocionado por todo lo que había vivido ese largo día.

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