El peluquero de las estrellas nos cuenta sus anécdotas más divertidas

Son más de 15 portarretratos sobre una mesa ratona de vidrio de un metro. Susana en carcajada, Susana de compras, Susana en corpiño, Susana con cara de viento. Sobre la chimenea con candelabros dorados y un reloj, dorado, hay más fotos. Dos sillones y dos butacas tapizadas animal print de leopardo completan el espacio en el que ahora hay dos clientas que, de llegar ella, se tendrán que ir. Pero cuando la conoció hace 32 años, Miguel Romano no quiso peinar a Susana Giménez:

—Ella me dijo: “Me vengo a peinar”. Le dije: “¿Ah, sí? Te venís a peinar. Pero yo no peino modelos: yo peino estrellas”. Le pedí a Oscar Colombo, que era empleado mío que peinara a la señorita, “que dice que es modelo”. Ella me dijo una palabra que no repetiré y agregó: “Acordate que vos vas a ser exclusivo mío”. “Bueno, cuando lo seas te peinaré”, le respondí.

— Por qué no querías peinar modelos?

—Porque no peinaba modelos, ¡peinaba a todas las figuras!

Miguel Romano, hijo único de una ama de casa y del jardinero del club Gimnasia y Esgrima nació en el barrio porteño de Villa Urquiza hace 84 años.

A los 15 dice que ya sabía que quería ser peinador, cuando aún –y ya– trabajaba como cincelador. La edad de su padre, 20 años mayor que su mamá, lo obligó a trabajar tempranamente: “Yo conocí a un anciano. Entonces tenía que alimentar a mi madre. No quise que ella trabajara fuera de casa”.

Hijo único de una ama de casa y del jardinero del club Gimnasia y Esgrima, el peinador nació en el barrio porteño de Villa Urquiza hace 84 años.
Hijo único de una ama de casa y del jardinero del club Gimnasia y Esgrima, el peinador nació en el barrio porteño de Villa Urquiza hace 84 años.

Romano comprime su historia de tal manera que a los 18 ya tenía su peluquería sobre la calle Arismendi. Por un “concurso de fotogenia” que escuchó en una radio -y al que se presentó con su empleada manicura con la que noviaba- y que ganó, comenzó a trabajar con figuras de la talla de Niní Marshall, Zoe Ducós, Julia Sandoval y Tita Merello. “Estaban haciendo Miércoles de ceniza en el teatro. Ahí empezaron a venir a mi peluquería Tita, Beatriz Taibo”.

—¿En esa peluquería era donde comían las famosas berenjenas que hacía tu madre?

—Sí, sándwiches de berenjena que hacía mamá. Beatriz Bonnet, Taibo, Tita también comía.

A los 18 Romano asegura que ya tenía su peluquería sobre la calle Arismendi. Por un “concurso de fotogenia” que escuchó en una radio -y al que se presentó con su empleada manicura con la que noviaba- y que ganó, comenzó a trabajar con figuras de la talla de Niní Marshall, Zoe Ducós, Julia Sandoval y Tita Merello
A los 18 Romano asegura que ya tenía su peluquería sobre la calle Arismendi. Por un “concurso de fotogenia” que escuchó en una radio -y al que se presentó con su empleada manicura con la que noviaba- y que ganó, comenzó a trabajar con figuras de la talla de Niní Marshall, Zoe Ducós, Julia Sandoval y Tita Merello

—Pasabas mucho tiempo en el camarín de Tita, con ella.

—Sí, y no me dejaba tocarle el pelo a nadie. Tenía que peinarlos a los demás a escondidas en sus casas o venían a la peluquería.

—¿Por qué no quería que le tocaras el pelo a otros?

— Era muy enferma de celos. Celosa, celosa. Muy celosa. Cuando ella salía a escena yo me quedaba en el camarín y me cerraba con llave.

Sobre su vínculo con Tita Merello, Romano recuerda:
Sobre su vínculo con Tita Merello, Romano recuerda: "No me dejaba tocarle el pelo a nadie. Tenía que peinarlos a los demás a escondidas en sus casas. Era muy celosa"

La escalera que lleva al primer piso de la maison del pasaje Anasagasti, a una cuadra del shopping Alto Palermo, tiene las paredes con capitoné y dos cuadros: ilustraciones de Moria Casán y Nacha Guevara en versión femme fatale. Los marcos, dorados. Mercedes aparece con una sonrisa, le sugiere a Miguel ponerse anteojos y ofrece un café. Casados hace 62 años tienen una hija, Paola, de 52, y una nieta, de 32.

—¿Peinaste a Freddie Mercury cuando vino al país?

—Le corté a Freddie Mercury. Acá está en una foto (señala la mesa ratona). Un día me llamaron para que fuera al Sheraton a cortarle el pelo. Le pregunté a una amiga, porque mi hija Paola estaba en Miami: “Me llamaron para cortarle el pelo a Freddie Mercury. ¿Es famoso?” No sabía quién era. Francamente no sabía quién era. Tenía todo con ondas, todo con rulos, el pelo por acá (se señala por debajo de los hombros).

"En esa época se usaba largo. Y empezamos a cortar. Y vi que el pelo se lo agarraba el baterista. Pero no me gustaba cómo le quedaba. Con el pelo más cortito iba a quedar mejor", recuerda sobre el día en que le cortó el pelo al líder de Queen

—¿Freddie Mercury llegó con el pelo largo a Buenos Aires?

— Yo lo vi con pelo largo. Entonces pasamos a saber cómo quería el pelo y le dije: “Para cortártelo más corto a mí no me gusta. O hacemos un corte actual, moderno o preferiría dejarte el pelo largo”. En esa época se usaba largo. Y empezamos a cortar. Y vi que el pelo se lo agarraba el baterista. Pero no me gustaba cómo le quedaba. Con el pelo más cortito iba a quedar mejor. Sus dos dientitos… iba a quedar gracioso, porque tenía un poquito los dientes para afuera. Entonces se lo corté cortito y bueno, ya después actuó y se fue y no lo vi nunca más. Se fue con mi corte de pelo, cortito, cortito.

—¿Sabés qué quería hacer el baterista con el pelo que agarraba?

—No sé, ni pregunté. Ni pregunté. Ni pregunté.

Romano atendió a Freddie Mercury durante la visita de Queen a la Argentina en 1981
Romano atendió a Freddie Mercury durante la visita de Queen a la Argentina en 1981

En los extremos de una mesa de unos 3 metros de largo hay dos lámparas con caireles de cristal. En el centro un jarrón, marrón y dorado, de la altura de un niño de tres años. Sobre un costado, la mesa de mármol se transforma en un taller: un hierro sujeta la carda. Del tamaño de una cama de faquir de una Barbie, el taco de madera con clavos es donde Romano mezcla a velocidad de rayo mechones de cabello. Los pasa una y otra vez hasta lograrlo: aquí es donde las albinas que donan su pelo para la gran diva y Susana se hacen una.

—¿Cada cuánto tiempo vienen las albinas?

—Cada dos años, cada dos años y medio. A veces vienen una vez por año y les corto 12 centímetros. Dos años, 24 centímetros. Son muy poquitas las que tengo.

—¿Les cortás vos?

— Les corto el pelito, les corto yo. Me venden el pelo. Después lo trabajo en la carda. Si es muy blanco le pongo un poco de dorado, lo mezclo.

—¿Cuántas albinas vienen?

—Son dos nada más.

Romano se encarga en persona del tratamiento del pelo que le compra a las albinas para Susana Giménez
Romano se encarga en persona del tratamiento del pelo que le compra a las albinas para Susana Giménez

Una puerta de madera permanece cerrada con llave. “Acá entro yo solo”, dice Romano mientras saca un manojo de llaves de su bolsillo. El cuarto es pequeño y sólo hay una cosa: cajones. Abre uno al azar y revuelve a ritmo de sorteo. Anudado en un extremo con una gomita, levanta un mechón y me hace tocarlo: es lacio y suave. Levanta otro: es ondulado y suave. ¿Se pueden lavar? “Claro, es pelo natural. Natural”, dice Romano con una mirada fulminante.

—¿Le tuviste que decir a alguien que su pelo no daba para lo que quería hacerse?

—Si el pelo no da le pongo extensiones. Le pongo una peluca. Yo te pongo una peluca no te das cuenta. ¿Vos te das cuenta lo que tengo puesto en la cabeza?

—Pero es tu pelo.

— No sé. ¿Vos te fijaste?

—Para mí es tu pelo.

— ¿Vos lo pensás? Eso es lo me gusta a mí lograr hacer: que pienses que es mi pelo. Yo tengo extensiones. Tengo un quincho puesto. No me da vergüenza decirlo. Trato de estar bien día a día. Me cuido muchísimo. No como dos veces por día.

En la maison del estilista se multiplican las fotos de Susana Giménez, su clienta más célebre
En la maison del estilista se multiplican las fotos de Susana Giménez, su clienta más célebre

—Peinabas a Amalia Lacroze de Fortabat, a Ernestina Herrera de Noble, ¿a Isabel Perón?

—Amalita, la mujer más bondadosa. Siempre seguí la línea de Marilyn Monroe con Amalita, ese pelo blanco tipo Marilyn pero despeinada. A Isabel la he peinado muchísimas veces en Chapadmalal: íbamos a veranear al chalet presidencial. Yo tenía un chalet para mí. La peinaba a Isabel y a Norma López Rega. A la noche jugábamos a las cartas.

—¿Tenés un zapato de Eva Perón?

— Sí. Yo peinaba a una asistente social que trabajaba con Eva Perón. Ella me lo trajo. Eva la había mandado a cambiarle la tapita del taco y sin querer se lo olvidó en un taxi. Eva agarró el otro zapato y pum, lo tiró a la basura. Ella lo agarró. Me dijo: “Miguel, ya que tanto querés a Eva Perón, que fue tu ídola y la peinaste cuando le hicieron lo que tuvieron que hacerle… tomá: te traigo el zapato”.

—¿A qué se refería con “cuando le hicieron lo que tuvieron que hacerle”?

—Me da cosa decir… cuando la arreglaron para ponerla en la Recoleta. Embalsamada.

—¿La peinaste en ese momento?

—Sí. Cortemos acá porque me hace mal... Cuando yo era chico ella vino a mi colegio a entregar unos ponchos. Yo tendría 10 años. Le dije: “Cuando yo sea grande, a usted la voy a peinar”. Ella me miró fijamente. La estoy viendo: con un traje blanco y negro y tenía el rodete puesto atrás y un sombrerito pico con un poco de tul adelante. Y me tocó lo que pasó… la tuve que tocar. El peinado que tiene ahora en la Recoleta se lo retoqué yo.

!Cuando yo era chico Evita vino a mi colegio a entregar unos ponchos. Yo tendría 10 años. Le dije: 'Cuando yo sea grande, a usted la voy a peinar'
!Cuando yo era chico Evita vino a mi colegio a entregar unos ponchos. Yo tendría 10 años. Le dije: 'Cuando yo sea grande, a usted la voy a peinar'", contó el estilista

—¿Por qué dijiste tu frase “soy un cóndor?”

— Porque no hay nadie mejor: compito con el mundo entero si querés. Traeme al peinador más importante del mundo y competimos uno en cada mesa. Dije que soy como un cóndor: no espero que nadie sea mejor que yo porque paso rasante por arriba. Tengo ese orgullo.

—Estás convencido de que sos el mejor.

— Yo sí. Yo sí. Porque entiendo. Estoy a dos metros tuyo y te dije cómo era tu pelo: ferruginoso, que tira al rojo, y poroso semi enrulado: si no te lo atás, cuando te levantás se te infla. ¿Es así?

—Es así. ¿Tita Merello te hacía calentar la crema de la tintura?

— Como Susana: Susana me dice: “Haceme como a Tita”. Tita no quería que le pusiera la tintura fría, entonces la tenía que calentar.

"Dije que soy como un cóndor: no espero que nadie sea mejor que yo porque paso rasante por arriba. Tengo ese orgullo", contó sobre su célebre frase

En junio de 2002 Miguel Romano fue acusado de integrar una asociación ilícita dedicada a cometer fraudes con tarjetas de crédito. Recién en 2005 fue sobreseído, luego de estar 22 días preso en Ezeiza y haber pagado una fianza de 150 mil pesos.

—Un señor trajo a su hija a peinar. Cumplía 15 años. La peinamos. El señor dijo que era un bolsero que vendía cosas. Marcelo, un empleado mío, le preguntó si no tenía un minicomponente para pasar música. Se lo trajo. A otro le trajo un televisor, a otro otra cosa. Yo le compré algo. Cuando estuve preso me enteré bien: su mujer robaba carteras y con las tarjetas compraba cosas antes de que las denunciaran.

Por la maison de Romano, en el barrio porteño de Palermo, pasan las figuras más importantes del espectáculo argentino
Por la maison de Romano, en el barrio porteño de Palermo, pasan las figuras más importantes del espectáculo argentino

—¿Cómo fueron esos 22 días en Ezeiza?

—Tuve unas vacaciones, un descanso. Dormir, quedarme ahí, no trabajar y pensar. No era creíble lo que pasaba. A veces, cuando salíamos a un recreo, veía que me estaban pasando tremendamente en televisión. Pasaban, pasaban y pasaban. Era muy vendible. Yo no quería ver nada.

—¿Peinaste a algunos presos?

— Les corté el pelo a muchos. Y comía como invitado cada día en una mesa distinta. Pero no comía la comida ahí: comía lo que me traían de afuera.

Fotos y video: Lihue Althabe

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