
A las ocho de la mañana en punto, un grupo de gendarmes izó la bandera argentina en la Escuela "General Don Martín Miguel de Güemes" de Ciudad Evita. En simultáneo, se abría la inscripción presencial al Servicio Cívico Voluntario en Valores en seis sedes de la Gendarmería Nacional. Joaquín Benítez fue el primero en llegar. Se despertó a las seis de la mañana en su casa en Wilde. Tiene 20 años, los jeans rotos a la altura de la rodilla, una campera deportiva, la ceja izquierda y el pelo con cortes de peluquería.
"Vine porque el cuerpo de Gendarmería me gusta desde que era chico. Me gustaría seguir esta carrera y servir al país -señaló-. Es una oportunidad única para los que tienen problemas laborales, de estudio, para los que tienen conflictos de familia". Según su propia lógica, es una oportunidad única para él. En segundo año de la secundaria decidió dejar la escuela porque quería dedicarse a trabajar. Hizo un curso de técnico en refrigeración: se recibió, trabajó en una casa de heladeras, colocó aires acondicionados hasta que dejó sencillamente porque no le gustaba.

Joaquín es un desempleado que piensa que el estudio no se hizo para él. "El objetivo de este programa es sacar de la calle a los que no están estudiando y trabajando", interpretó emocionado. Hizo la inscripción online y también la presencial donde tuvo una entrevista con un jefe de pabellones que le preguntó si estudiaba, si trabajaba y por qué se interesó en el servicio. "Lo hago por lo que es la Gendarmería, por el oficio", reconoció.
Gabriela Melgarejo fue la segunda en llegar con una campera amarilla, una remera de Homero Simpson, flequillo y la templanza de hablar sin pudor frente a las cámaras. Faltó al colegio: tiene 17 años y está cursando el último año en la secundaria en una escuela de Gregorio de Laferrere. Hace algunos años quería ser maestra jardinera. Ahora no: cree que nació para ser gendarme. Y aunque el Servicio Cívico Voluntario no es precisamente la carrera para integrarse a la fuerza, lo entiende como un primer paso: "Me gusta la enseñanza que dan acá. Tengo parientes que hicieron ésto y me gustó lo que me contaron".

Tiene un tío que es gendarme y otro tío que hizo tres años el Servicio Militar Voluntario en Campo de Mayo. "Me contaron que es medio duro, pero que es lindo. Yo creo que la voy a aguantar. Es cierto que no me gusta mucho que me den órdenes, pero acá me la voy a tener que bancar", admitió. Andrés, el tío que asegura que haber abandonado la fuerza fue la peor decisión de su vida, contó que vio una vez cómo Gabriela cortó la música de una fiesta para echar a dos amigos que estaban peleándose. "Todos me dicen que tengo carácter de mala. Si no me gusta algo, se corta y se van todos. Algunos compañeros míos no se la creen. ¿Gaby gendarme?".
Ezequiel Olmedo ingresó minutos antes de las nueve de la mañana. Fue el tercero en presentarse en la Escuela de Gendarmería de Ciudad Evita. Llegó en auto desde el barrio popular 22 de Enero, ubicado a pocas cuadras. Tiene 18 años, gorra, pantalones chupines, un botinero bajo el brazo y la curiosidad de saber de qué se trata: "Quiero ver, voy a intentar. Quiero saber qué te enseñan, qué es lo que tengo que hacer. Vengo a curiosear". Lo echaron del colegio en primer año de la secundaria después de pelearse con un profesor. "Me levantó la mano y yo también le levanté la mano. Al otro día la citaron a mi vieja y me echaron. No fui más y me dediqué a trabajar".

Ezequiel jugaba a la pelota en las inferiores de Argentinos Juniors: su puesto era lateral derecho. Cuando lo echaron del colegio, tuvo que dejar de entrenar. Se puso a trabajar con su papá en un local de ropa y siguió jugando por plata con sus amigos en campeonatos y torneos relámpagos. "En el barrio hay muchos que son loquitos. Pero yo no me meto con nadie. Cuando les conté a mis amigos que iba a venir a presentarme acá, me preguntaron: '¿Te vas a poner la gorra ahora?'".
Sandra, su mamá, está feliz. "Es una buena oportunidad para que él aprenda a ser responsable. Prefiero ésto a que esté en la calle", asegura. Es la misma sensación que experimenta Adriana, la madre de Gabriela. "Me sorprendió cuando me dijo que quería venir. La re veo para ésto. Cuando uno elige su oficio y está decidido, es mucho mejor", agrega. José Luis, el papá de Joaquín, también acompañó a su hijo con el resabio de alegría que otorga la esperanza. Su posición, sin embargo, es mucho más visceral.

Reconoció que su hijo tiene problemas de conducta: "Vamos a ver si aprende algo, si se endereza y encuentra su camino. No conseguía trabajo, no le gustaba ninguno y no pudo terminar de estudiar, pero siempre tuvo la vocación, siempre quiso ser gendarme". Dijo que Joaquín estaba "en cualquiera", que lo encontraba desorientado en la vida. "Los pibes se confunden muy fácil. La adolescencia está jodida, la calle está difícil. Hoy no podés bancar a tu hijo si no trabaja porque cada salida te sale una fortuna y después no come nadie. Los padres seguramente fallamos en no saber cómo ayudarlo. Tal vez acá encuentre esa ayuda", asegura.
Su historia es una más dentro de las 24 mil consultas online que recibió el programa, de los 16 mil que iniciaron la inscripción y de los 8.500 que finalmente pudieron validar su inscripción. Joaquín y José Luis estuvieron cuarenta minutos dentro del destacamento. Dispuestos a emprender el regreso a su casa en Wilde, el joven de veinte años respondió la pregunta de Infobae: "¿Cómo te dirían tus amigos si te ven acá?". "Que se tiren al piso si me ven", contestó. "Éste solo quiere tener un arma en la mano nada más", acotó el padre, con risas de complicidad.
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