"Vengo a la marcha porque mataron a una amiga. A mi mejor amiga. Fue en Tucumán hace tres años. La quemaron con cigarrillos, la prendieron fuego, la violaron durante cuatro o cinco horas. Un caso terrible que todavía no se esclarece. Su nombre era Ayelén Gómez, era travesti, tucumana, y era mi mejor amiga", la que habla es Daniela Mercado, también travesti de 34 años. Está parada junto a su bicicleta y sostiene un fotocopia con el nombre y la imagen de Ayelén, mientras escucha a las oradoras en el escenario. Está emocionada. Tiene glitter en la cara, se ve que contiene las lágrimas.

"Estudiamos juntas en un bachillerato que tiene perspectiva de género, acá en Buenos Aires. Tenía los mismo sueños que yo, ganas de progresar, de trabajar, y la mataron. Era trabajadora sexual, la mataron en la zona roja de Tucumán, tenía 25 años. Lo que me duele es que no tuvo oportunidad de demostrar todo lo que podía hacer, y ahora estoy acá para representarla, hacerle un homenaje, y que sepa que no todas la han olvidado", dice Daniela, que también ejerció la prostitución hasta que, gracias al estudio, consiguió un trabajo en blanco en el Estado. "Somos pocas las que tenemos esta suerte. Como sociedad estamos cambiando las cosas pero falta visibilización y ésta es una gran convocatoria", concluye.

A su alrededor, son miles y miles las chicas, chicos, chicas trans, chicos trans, adultos, jóvenes, madres con hijos, padres, novios, novias, que prestan atención al evento. Se trata de la cuarta marcha Plurinacional "Basta de travesticidios y transfemicidios", que se realizó en el marco del Día Internacional del Orgullo LGBTIQ+.

En la Argentina, el promedio de vida de las travestis y trans es de 35 años. La situación de la comunidad es crítica: en lo que va del año, ya se cuentan 39 travesticidios sociales. De allí la urgencia por visibilizar y modificar la situación.

Alba Rueda, de la organización Mujeres Trans Argentina, es una de las voceras de la marcha. "Somos las dos identidades: trans y travestis", explica. "Nos identificamos en ambas categorías porque esta es una marcha amplia, así como la convocatoria también. Como en todo grupo humano hay distintos tipos de identidades. La disidencia sexual es una base de derechos política que recoge todas esas diversidades. Por eso el discurso de este año recoge la realidad de las personas travestis, de las mujeres y los varones trans, de las personas intersexuales", dice.

El miedo estructura muchas de nuestras vidas. Está vinculado a una etapa muy represiva: los vecinos de Palermo tirándole agua hirviendo a las travestis, la criminalización de los códigos contravencionales y un protocolo de arresto para las personas travestis/trans creado en estos últimos años.

Daniela Ruiz, de Siete Colores diversidad, también es una de las organizadoras y oradoras del evento. "¿Cómo puede ser que el promedio de vida sea 35 años? Hay una cultura heteronormativa por la cual a cualquier persona que salga de ese sistema directamente se la ataca. Cuando no podemos hablar de ESI (Educación Sexual Integral), empieza el abandono y empieza la muerte. La muerte temprana en las escuelas, en las iglesias… ¿Y cuál es el lugar en que nos pone la sociedad? En la cloacalidad. No hemos construido una mirada fuera de la Cisnorma, y todavía no lo vemos, por eso queremos plantarnos y decir basta", explica.

Tiene 43 años y dice que en relación a la población travesti el equivalente a haber alcanzado los 84 años. "Soy una sobreviviente, pero todavía veo cadáveres de compañeras, a quienes en las provincias se les corta la cabeza, se las tira. A esos cadáveres se los exhibe como muestra del patriarcado machista, para decir qué es lo que hace el sistema cuando alguien se sale de esa norma", agrega, pocos minutos antes de subir al escenario.

Abril Milagros tiene 22 años y la escucha mientras da la nota. "Soy una mujer transgénero", dirá pocos segundos después. "Tengo miedo todos los días porque soy trabajadora sexual y no sé con qué me puedo encontrar en la calle. Salgo y no sé si puedo volver. ¿Entendés? Es peligroso. Tengo compañeras que han pasado abusos, robos, y en ocasiones ha pasado a mayores: te matan, te quitan la vida. Mataron a algunas compañeras mías, y yo solo trabajo hace dos años", cuenta. Está en la marcha para reclamar igualdad de derechos, "para que nos escuchen porque somos todos iguales, somos personas. A mí no me gusta ser trabajadora sexual pero lo tengo que hacer porque no nos dan trabajo", dice.

El reclamo es histórico y la ley ya lo contempló, pero las cosas no cambiaron. En el año 2015 fue aprobada en la provincia de Buenos Aires la ley 14.783 de Cupo Laboral Trans. La norma establece que el 1% de los puestos en la administración pública deben ser ocupados por personas travestis, transexuales y transgénero, pero aún no fue reglamentada, por ende, no se cumple.

Nicole Valentina tiene 21 años y también es trabajadora sexual. Hace un mes celebró su fiesta de 15 postergada. Se la debía a sí misma desde que cumplió esa edad y no pudo hacerla porque sus padres la discriminaban. "A los 13 años me fui de mi casa. Viví un tiempo en lo de mi madrina, que después me echó. A los 15 estuve en pareja dos años con un hombre que me golpeaba. Y después como no me quedó otra me junté con un pibe que había salido de la cárcel y también me pegaba. Lo denuncié dos veces, pero entre idas y vueltas volvimos a estar juntos y retiré las denuncias. Me decía que si no era para él, yo no era para nadie y me iba a matar. Él después cayó preso por robo y ahí yo conocí a Jéssica, mi compañera con la que vivo hoy y que me celebró la fiesta de 15", cuenta.

"Después empecé como trabajadora sexual y ahí mi familia, que vio que empezaba a hacer plata, me aceptó. Se me acercaron mi mamá y mi papá y me dijeron que estaban arrepentidos por haberme discriminado. Pero yo sé que es porque ahora tengo plata y trabajo en la ruta, qué sé yo. Trabajo en la ruta 8, allá por San Miguel. Me da mucho miedo, pero no me queda otra porque no hay otra salida laboral. Me ha pasado que me robaron, me pegaron, me dejaron marcas… Es muy peligroso, obviamente, pero es lo que nos queda", concluye.

(Fotos Nicolás Stulberg)
(Fotos Nicolás Stulberg)

Cerca de ella está Cristina Montserrat Hendrickse, pero no se conocen. De fondo, el Congreso de la Nación. Delante, un escenario. En la calle, la ola de banderas, reclamos y un grito uniforme de respeto. Cristina está acompañada de su hija. Tiene 55 años y es abogada. "Sobreviví el promedio de edad porque asumí mi identidad de género tardíamente, a los 50. Sino, no hubiera sobrevivido", dice. "Eso me permitió desarrollarme profesionalmente y académicamente, pero eso no le fue permitido al resto de las chicas de mi generación que tuvieron el valor de asumir su identidad de género y murieron", agrega.

"Expresé mi sexualidad desde que tengo memoria, pero mi madre me lo reprimió para protegerme, no por maldad o por transfóbica, sino pensando qué vida iba a tener en un país de dictaduras, de hegemonías religiosas, de exclusión, donde había edictos que prohibían la transexualidad. Y yo elegí el cariño de mi familia y les di lo que esperaban de mí. Me casé dos veces, tengo dos hijas, y sigo casada con mi segunda mujer. Somos lesbianas ahora", cuenta. Muchas otras eligieron el otro camino más tempranamente. A la luz de los datos, es una camino caro de asumir. En el reino de la transfobia, viene bien un grito de orgullo, pero también de indignación. Ese grito podría definirse en la primera línea de esta nota: "Vengo a la marcha porque mataron a una amiga". También, por supuesto, en la consigna que ellas mismas escribieron: basta de travesticidios y transfemicidios.