(Christian Heit)
(Christian Heit)

El turista entra eyectado por la puerta giratoria al Gran Hotel Provincial. Lleva puesto un sombrero de mimbre y lentes oscuros, que se quita apenas advierte que un golpe de vista no le alcanza para procesar todo lo que lo rodea. Avanza mirando hacia arriba, girando sobre su propio eje, inmerso en las figuras de hombres y mujeres, dioses y animales, toda una mitología autóctona que lo rodea. "Cuidado", llega a decirle uno de los empleados, antes de que el recién llegado se lleve por delante la mesa de vidrio ubicada al centro del hall.

La obra no pasa desapercibida. Es una creación de César Bustillo que se inauguró en el año 1950, cuando el pintor tenía 38 años. El proyecto  de los murales comenzó en 1948 por ofrecimiento de su padre, Alejandro Bustillo, arquitecto del tradicional hotel marplatense, como también del Hotel Llao Llao en Bariloche y la sede central del Banco Nación en la ciudad de Buenos Aires. Pero el artista no heredó sólo el prestigio, sino también el odio que su progenitor había despertado en la sociedad marplatense.

"La historia es que Mar del Plata no quería a Alejandro Bustillo, porque para hacer el Hotel Provincial y el Casino demolió la rambla que los marplatenses querían mucho", le explicó a Infobae la periodista e investigadora Ana María de Mena, autora del libro César Ave-Los muros de Bustillo. "De alguna manera me parece que César Bustillo con sus murales pagó los platos rotos del desamor que en ese momento Mar del Plata le tenía a su padre", agregó la escritora, detective a destiempo, amante de "dar novedades" aunque hayan ocurrido años atrás, como la historia de censura y envidia detrás de los muros del Hotel Provincial.

"De hecho yo viajé a Mar del Plata cuando hice la investigación en el año 2002 y me encontré con que no había una sola línea escrita sobre los murales de César Bustillo y en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Mar del Plata no había un solo texto relacionado al arquitecto Alejandro Bustillo, lo que me llamó mucho la atención. Y el arquitecto marplatense Roberto Cova, que además es historiador, me dio la clave de esto cuando me dijo: 'Pero señora cómo vamos a querer a Bustillo si le cambió la postal a Mar del Plata e hizo donde estaba la hermosa rambla su complejo de Casino y Hotel Provincial'", compartió.

En su trabajo Bustillo escogió a Eolo, dios de los vientos, para que se uniera con diosas "fenomenales" americanas: la sensual Tórrida, la gélida Antártica, Cordillera y Nube, de las cuales nacieron las "Eólidas": Eólida Tórrido identificando los vientos cálidos al norte, Eólida Antártico, por los fríos del sur, Eólida Andino por los secos del oeste, y Eólida Atlántico por los vientos húmedos del este. "La incomprensión, la ignorancia y la pacatería-que siempre tienen adeptos dispuestos- confluyeron para que las pinturas de Bustillo desataran filias y fobias con fervor inusitado. Pero el blanco preferido de quienes atacaban los frescos, eran los desnudos", describe en su libro la autora, la ola de críticas que siguieron a la creación de los seis murales.

El 18 de febrero de 1950 se inauguraron los seis frescos de Bustillo en el hall del Hotel Provincial, en una ciudad que le peleaba a Rosario y Córdoba el título de la segunda más importante de Argentina. Las obras estuvieron expuestas a la consideración del público. Seis días después el diario La Capital, que dirigía Tomás Stegagnini, publicaba: "…es necesario desde todo punto de vista del buen gusto, eliminar del hall del Hotel Provincial las enormes decoraciones que exhiben sobre grandes paneles figuras monstruosas, de concepción tan retorcida como impresionante. No condicen esos decorados ni con el ambiente al que pretenden servir ni con el gusto del público".

"Creo que la diferencia de miradas con respecto a los desnudos y a la obra en general, es que en esa época a finales de los '40 el muralismo recién empezaba en la Argentina, después de la obra 'Ejercicio plástico' de Siqueiros. Los artistas argentinos Berni, Castagnino y Spilimbergo hicieron el taller de arte mural y promovieron el muralismo, también por esa época otros artistas empezaron a pintar, pero lo hacían en conjunto y detrás de algún compromiso social. César Bustillo trabajó solo y el hecho de ser el autor de los murales porque era el hijo del arquitecto que había construido el hotel, de alguna manera condicionó me parece que no lo quisieran. Además de pacatería también hubo envidia de colegas que querrían haber hecho esa obra", puso en contexto De Mena, sobre el origen de las reseñas brutales de la época.

Pero los problemas no se limitaron a las publicaciones de la prensa. Las autoridades le pidieron tras las críticas a Bustillo que "vistiera" los desnudos de sus pinturas. "El 'iracundo' pintor mostró su protesta con un gesto de especial sarcasmo: colocó los andamios, pero sólo realizaba el trabajo durante los fines de semana y en la hora de mayor afluencia de público. Entonces, silbando y riendo por debajo de los bigotes, cumplía a desgano la púdica tarea", publicó el diario El Mundo. Pero no sería el único revés contra el artista y su obra.

Durante algunos años las cosas estuvieron tranquilas, pero en febrero de 1954, cuando se acercaba la realización del Primer Festival Internacional de Cine organizado por la Secretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación, al que concurrirían prestigiosos actores norteamericanos y europeos, los murales volvieron a atraer las miradas. "Por fin los artistas del mundo podrán admirar a un artista argentino", recopila el libro de De Mena la frase de José De Bernardi, asesor artístico del Hotel Provincial, fervoroso defensor de los frescos de Bustillo. Pero no pasó. El mismo día de ese comentario Raúl A. Apold, Subsecretario de Comunicaciones, en persona, fue a observar los murales. "Que los tapen; al general Perón le gustan las cosas naturales", ordenó en una extraña alusión al cuerpo humano como "antinatural". Dos días después obreros desplegaron grandes lienzos sobre las pinturas.

Ana María De Mena describió que "entrar al hall del Hotel Provincial es como entrar a una obra de arte". "Una sensación que a mí me impactó no tanto por lo estético sino por la historia de censura que hubo, porque fueron tapados con lienzos, estuvieron a punto de ser pintados, eso de taparlos y destaparlos y que hayan sobrevivido en buen estado, todas las veces que lo fui a ver me pareció algo extraño en un país que no cuida su patrimonio", compartió, antes de terminar: "Y además porque creo que es una de las primeras historias de censura del arte argentino".

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