
Mia está encerrada en su departamento de Villa Lugano y así permanecerá durante todo el fin de semana. No quiere salir. Ni de noche ni de día, a pesar de que su trabajo esté en la calle y de que, inevitablemente, algún día deberá volver a hacerlo. Y aunque su amenaza permanezca allí, a menos de tres cuadras de donde vive, el grueso de las paredes ahuyenta, de a ratos, el miedo que la tiene paralizada.
La denuncia sobre Abran Álvarez (así se hace llamar el hombre en su cuenta de Facebook) data del día 27 de agosto. Fue, quizá, la noche del hartazgo. O la del temor más profundo. "Esta situación de violencia ocurrió -ante todo- por el odio que le provoca verme así. Se llama transfobia, que no es más que lo que me pasó a mí: sufrir actitudes negativas hacia las personas transgénero o transexuales y expresarlas a través de la violencia. Esta persona es vecino mío y me empezó agredir de la nada, como tantas veces. Esta vez me acerqué a preguntarle cuál era el problema que tenía conmigo o qué le molestaba de mí. No me dijo nada. Me respondió con tres trompadas en la cara y se fue", explicó Mia a Infobae.

La joven hizo la denuncia policial la misma noche en que fue golpeada. "Hasta el día de hoy se que no se contactaron con él ni vinieron a hasta su domicilio, porque dejé todos los datos y nada. Tampoco nadie se acercó hablar conmigo o a preguntarme qué pasó. Nadie hizo nada", agregó.
Mia comenzó su transición a los 17 años. "Él me conoce desde hace muchos años porque mi familia es del barrio. Nunca insinuó tener relaciones sexuales conmigo ni nada por el estilo. Siempre fue odio, me daba mucho miedo cruzarlo y ahora que me pegó aún más. En el barrio sufro de vez en cuando gritos o insultos, pero trato de no exponerme tanto. Realmente me genera temor salir a bailar porque pensaba que me podían golpear o agredir. Y todo eso lo encontré a tres cuadras de mi casa", sostuvo.

Desde hace algunos años se gana la vida, en la calle, como trabajadora sexual. Sólo descansa los domingos y evita hacerlo cerca de Villa Lugano, barrio en el que creció y en el que permanece su familia. "No me gusta estar en la calle, no tiene futuro. No sufrí violencia física pero sí maltrato psicológico, violencia verbal, acoso constante. Hombres drogados, borrachos, sucios. ¿Y qué voy a hacer? Nadie le da trabajo a una persona como yo. Sabés la cantidad de veces que pensé en suicidarme… Lo intenté. Pero hoy me doy cuenta que no vale la pena, debo pensar en mi vida".

Mia denunció, a través de su cuenta de Facebook, al hombre que la había golpeado. En ella agregó: "Soy una piba independiente y trabajadora que no molesta a nadie. Vivo mi vida y me da tanta impotencia que cualquiera pueda venir y pasarte por arriba como si fueras cualquiera. No es posible ir caminando tranquila, por tu propio barrio, y que te estén insultando sin motivo. ¿Cuál es el fin? ¿Cuál es el chiste? Estoy estallada de bronca, impotencia y llanto. Voy a llegar hasta las últimas consecuencias, esto fue el colmo".
Sin marcas en la cara, aún le perdura el golpe en la mandíbula y la hinchazón del último puño en su cabeza. Tras la agresión, decidió encerrarse, curar las heridas en su intimidad y no exponerse a más sufrimiento. Solo salió de su departamento para hacer la denuncia en la comisaría nº 48, que queda a pocas cuadras de su hogar.

"Nunca tuve problema con la policía más de alguna contravención que quisieron hacerme. Si me pasó, lógicamente, que al trabajar en la calle estás obligada a estar con personas con las que no quisieras tener contacto sexual de ninguna manera. Y a veces por querer hacer unos pesas más, una está obligada a hacer cosas que no le gustan", detalló.
La transfobia que Mia menciona no solo se refiere a actitudes individuales, ya que constituye también un sistema de marginalización hacia la población transgénero y con género diverso en los campos médicos, legales, educativos y laborales. "Mi sueño es terminar la secundaria y ponerme a estudiar alguna carrera. Quiero salir de todo esto, no me lleva a ningún lado pero no me queda otra", concluyó.
Una respuesta que alivie su angustia. La contención necesaria para saber qué nadie más podrá golpearla sin que la agresión quede impune. La seguridad de que el próximo vehículo que parará no la culpará a ella de estar ahí. Tampoco la insultará ni la encerrará en una casa dos días sin que pueda salir. Mia necesita vivir. Y en paz. Solo eso.
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