El duro relato de la hermana de Florencia Raggi sobre el aborto: "Sólo pensaba en cuidar mi vida y la del hijo que ya tenía"

Hace 22 años Gabriela Raggi casi se muere por no haber tenido la opción de interrumpir un embarazo inviable y riesgoso: "En ese momento no estás pensando si ese feto es vida o no es vida; pensaba en que me podía morir y dejaba a un chico sin mamá"

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Gabriela Raggi estuvo al borde
Gabriela Raggi estuvo al borde de la muerte hace 22 años (Fotos: Damián Rodríguez)

Hace una semana en la mesa de Mirtha Legrand la actriz Florencia Raggi -vestida completamente de verde en honor a la Campaña el Aborto Legal, Seguro y Gratuito en Argentina- contó en vivo la dolorosa experiencia de su hermana Gabriela, que casi muere hace 22 años por no haber tenido la opción de interrumpir un embarazo inviable, ante la sorpresa de los demás invitados de la diva.

A 24 horas de que el proyecto de la despenalización del aborto llegué al Senado, Gabriela Raggi le contó a Infobae la pesadilla que vivió con un embarazo deseado que no podía continuar y casi le arrebata la vida a sus 33 años.

Era noviembre de 1996 y Gabriela ya estaba de cuatro meses. Estaba casada y su hijo Pedro tenía seis años. "Iba caminando por la calle al control con mi obstetra y, de golpe, en la esquina de Paraná y Arenales rompo bolsa. Estaba empapada como si me hubieran tirado un baldazo de agua. Llegué hasta el consultorio y me mandaron de urgencia a la guardia", cuenta. Así empezó lo que iba a ser un calvario de muchas semanas.

Las hermanas Florencia y Gabriela
Las hermanas Florencia y Gabriela Raggi

"Me hicieron estudios de rutina y en la ecografía ven que la bebé latía: estaba viva, perfecta. Entonces me internaron y me dieron toda la medicación necesaria para que el útero no haga contracciones, para que yo esté cuidada con antibióticos y todo siga su curso. Entrás en una situación médica donde hay que cuidar las cosas cómo están".

Aunque el embarazo seguía su curso, Gabriela nunca paraba de perder líquido y era muy riesgoso salir de la internación porque podía sufrir una infección muy fácilmente a partir de la rotura de la bolsa. En las ecografías incluso se veían manchas que, según le dijeron, eran los "charcos" que quedaban de líquido amniótico. "Les pregunté a los médicos cómo iba a hacer mi bebé para desarrollarse y me contestaron 'no sabemos'".

Apenas pasadas las 20 semanas de embarazo, la única propuesta médica era continuar hasta alcanzar los seis meses de gestación, inducir un parto y llevar el bebé a incubadora. "Tenía por lo menos dos meses más en cama para ver qué pasaba y en unas condiciones que ya indicaban que el desarrollo del bebé no iba a ser saludable", dice Gabriela. "Yo les dije a los médicos que no quería ser un chanchito de Indias. Les dije que tenía un hijo que me estaba esperando. Para mi era una locura lo que me estaban diciendo".

Ante esa situación dolorosa emocionalmente y peligrosa para su salud, Gabriela vislumbró la posibilidad de interrumpir el embarazo, pero la respuesta de los médicos fue un "no" tajante. "Me ofrecieron firmar un consentimiento para irme pero haciéndome responsable de lo que me pueda pasar. 'Y eso significa que podés llegar al ascensor y agarrarte una infección y morirte porque estás con la bolsa abierta', me dijeron. Irme para hacerme un aborto era un riesgo para mi vida".

"Ahí yo obviamente dije no voy a salir a morirme, tengo un hijo que me está esperando que vuelva", recuerda que pensó en ese momento. "Y me quedé, atada de pies y manos porque yo no podía decidir. En ese momento no estás pensando si ese feto es vida o no es vida; pensaba en que me podía morir y dejaba a un chico sin mamá".

El embarazo y la incertidumbre, entonces, se prolongaban. Gabriela no tenía más opción que esperar. "Venía la neonatóloga y me explicaba cosas del bebé. Ellos seguían sosteniendo el embarazo. 'Ahora cuidamos el bebé y te cuidamos a vos y seguimos adelante', me decían".

Gabriela junto a su hijo
Gabriela junto a su hijo Pedro Pasquale

A la semana empezó a tener pérdidas de sangre, contracciones y mucha fiebre: el cuerpo se preparaba para parir con decenas de complicaciones y los médicos la enviaron directo a la sala de partos. "Yo sentía que eso no avanzaba, que no estaban dadas las condiciones. Mi pregunta todo el tiempo era ¿qué estamos cuidando? ¿para qué hacemos esto?".

Con fuertes dolores y mucha pérdida de sangre Gabriela entendió que no había nada más que hacer, que el parto iba a suceder más allá de todos los medicamentos que le dieran para frenarlo. "Había que acompañarlo. No podíamos ir químicamente en contra de lo que estaba sucediendo de manera natural. Yo tenía una sensación de que no podía pelear más con esto. Pensaba 'basta, dejen que suceda, no tratemos más de darle vuelta el destino a algo'".

Gabriela y Florencia Raggi (Imagen
Gabriela y Florencia Raggi (Imagen de archivo)

En la sala de partos, Gabriela recuerda haber escuchado a una médica decir que no tenía coagulación y sabe que en ese momento se encomendó a Dios. Alma, así iba a llamarse su hija, nació sin vida y su marido pudo verla. "Él la tuvo en la mano, pesaba menos de medio kilo. Esos bebés van a incinerador, no se los anota y por eso tampoco hay buenas estadísticas de los casos. Yo me enteré de esto mucho después".

Después del parto, ya en terapia intensiva, su organismo hizo una sepsis generalizada a partir de un bacteria que es común en el intestino. "Mi corazón estaba andando pero todo lo demás colapsó. La sangre se desparrama y al entrar en los tejidos los empieza a romper y las cosas dejan de andar".

En ese momentos sus recuerdos se desvanecen porque, además de su delicado estado de salud, había perdido la visión por la sangre que se había dispersado en su cuerpo. Las transfusiones, la hemodiálisis y los controles eran permanentes. "A mi marido y a mis viejos les decían 'no sabemos qué está pasando pero se está muriendo'". Su hermana incluso contó en la mesa de Mirtha algo que ella tampoco sabía: "Venían los del Incucai y nos decían que nos despidiéramos".

Lentamente Gabriela logró recuperarse de un cuadro que parecía irreversible. Volvió a su casa con 40 kilos, graves problemas en los riñones (que casi le valen un trasplante) y la visión muy comprometida. Todavía recuerda la cara de susto de su hijo Pedro cuando la vio después de tanto tiempo de ausencia, donde nadie supo explicarle que su mamá podía morirse. "Cuando volví a casa me acuerdo que Pedro lloraba y me decía 'quiero a mi mamá verdadera. Vos no sos si no servís ni para leerme un cuento', porque yo todavía no veía". 

"A partir de que esto empezó en Diputados fue un movimiento y una revolución para mí de revivir, recordar y enterarme de cosas", dice Gabriela, que reconoce haber tenido fuertes contradicciones al momento de tomar una posición. Sin embargo, el relato de una médica en televisión que hablaba sobre su fe religiosa y a la vez su responsabilidad de cuidar la vida de las mujeres la conmovió hasta las lágrimas. Esa misma noche su hermana le sugirió que escribiera una carta que luego publicó también su hijo y Juana Repetto en sus cuentas Instagram y le permitieron después de muchos años hacer pública su historia.

"El primero que me llamó fue mi hijo y me dijo 'mamá gracias por elegirme, gracias por cuidarme, gracias por estar ahí, por no haberte rendido'. Me dijo unas cosas que para una mamá son tremendas", dice y se emociona. "Cuando yo decido quedarme sólo pensaba en cuidar mi vida y la de mi hijo que ya vive, ya existe, que está caminando, me llama, me pide, me está buscando y me espera. Yo me quedaba sin un hijo pero él se queda sin mamá y yo también decidí tenerlo a él".

"Nadie quiere matar. En el momento de la internación se está dirimiendo entre dos vidas pero todo lo que de verdad existe alrededor de uno no son esas dos nada más. Es una mirada chiquitita esa. Es una falacia porque no se trata de una u otra. Se trata de la que ya está y la que todavía es 'proyecto de'".

(Damián Rodríguez)
(Damián Rodríguez)

"Aunque la mayoría de los comentarios son amorosos hay gente que me pega y me dice cosas espantosas", lamenta. "Mientras no te exponés eso no te pasa pero yo me decía a mí misma: 'Hace 22 años vos soñabas con hacer algo para cambiarlo ¿ahora aparece la posibilidad y no te vas a mover?' Fueron dos días que creo que contesté 2 mil mensajes de gente que no sé ni quién es".

Gabriela es católica, incluso fue catequista, pero insiste en la importancia de "abrir la cabeza" y entender que "hay cuestiones que tienen que ver con la salud pública y el cuidado de las personas": "Los senadores tienen que acordarse que son funcionarios que tienen que legislar para el bien común y no por sus creencias personales o por lo que a ellos le gustaría que pase en su familia".

"Para mi tiene un peso muy grande porque se está cerrando un ciclo. A mí no me paraba en la cabeza  que esto tenía que servir para algo", concluye. "Todo lo que vivimos como comunidad tiene que sumar para que podamos ser mejores. Para mí abrirlo tiene que ver con eso, más allá de que pase con la ley, lo bueno es que haya gente que pueda replantearse algunas cosas, pensar desde otro lugares, que haya mujeres sin voz que se puedan sentir representadas y escuchadas".

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