
Janusz Korczak fue maestro, escritor, médico, oficial del ejército y un referente de la sociedad polaca de su tiempo. Representa a un personaje arquetípico de la Europa Oriental de principios del siglo pasado. Hombre con tintes renacentistas, innovador, interesado por todo lo humano. Y como buena parte de esa Europa, sucumbió bajo la barbarie de la Segunda Guerra Mundial.

Ayer un grupo de jóvenes argentinos de los cientos que participan de la Marcha por la Vida visitaron su monumento que se encuentra en una especie de intersección entre la Varsovia antigua y la moderna.

La figura tallada de Korczak rodeado de niños con altos rascacielos o antiguas edificaciones a sus espaldas sirve como metáfora para entender lo vivido en Polonia hace casi ocho décadas.

Korczak (cuyo nombre real era Henryk Goldszmit) se recibió muy joven de médico y se dedicó a la pediatría. Su acercamiento y preocupación por los niños lo hizo estudiar sobre la infancia. A través de la comprobación empírica esbozó una serie de observaciones que se fueron convirtiendo en teorías pedagógicas que, lentamente, lograron imponerse.

Varias de sus formulaciones, hechas a través de sus contactos cotidianos con los niños de Varsovia, cimentaron la pedagogía moderna.
Sin embargo, su gran obra fue Dom Sierot, el hogar de huérfanos que fundó y dirigió hasta su final.

Sus métodos fueron revolucionarios para la época. Instaba a escuchar a los chicos, a establecer una especie de democracia en la que sus opiniones estuvieran en la consideración de las autoridades, y, fundamentalmente, en conseguir que a través del cariño, el cuidado y la educación los jóvenes pudieran readaptarse y conseguir desarrollar una vida en sociedad.

Sus esfuerzos se vieron recompensados con el reconocimiento de la sociedad y con el ejemplo que brindaban la mayoría de los chicos educados por él y su equipo.
Korczak tuvo un final trágico. Como tantos otros millones de personas. Su recuerdo permanece pero no solo porque su muerte fue paradigmática sino porque su obra dejó una estela imborrable.
Korczak murió como vivió, fiel a sí mismo, sin traicionarse. Esquivando privilegios, cuidando a sus chicos, educando hasta el final.

Luego de la invasión, las autoridades nazis trasladaron el orfanato al Gueto de Varsovia.
Este médico y pedagogo era un personaje célebre y respetado dentro de la sociedad polaca de entonces. Ese prestigio posibilitó que le llegaran varias ofertas y propuestas firmes para que abandonara (se fugara) del Gueto. Él no aceptó. No concebía abandonar a sus chicos.
Durante un tiempo siguió educándolos, cuidándolos, haciéndolos mejores. Aun en las circunstancias más adversas. Mientras tanto, en un diario personal dejó asentadas sus vivencias. Cada entrada es un canto a la dignidad.
Hasta que en agosto de 1942, llegó "la acción final".
Los nazis decidieron desalojar el Gueto de Varsovia. Y, naturalmente, también a Korczak y sus doscientos chicos.

La deportación a un campo de exterminio era inevitable. Allí recibió la última oferta. Le aseguraron que él podría salvarse. Pero el maestro permaneció con sus chicos.
Caminó junto a ellos, en ese último paseo, en esa especie de desfile final por las calles de Varsovia. Algunos dicen que uno de los nenes encabezaba junto al maestro la comitiva tocando el violín mientras eran escoltados por los feroces guardias ucranianos hasta el tren que los llevaría a la muerte.
Korczak y sus chicos fueron asesinados en Treblinka pocas horas después. Nada más se supo de ellos. Pero el recuerdo del viejo maestro, de su dignidad y de su amor permanece inalterable.
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