
Uno de los mejores comienzos de la literatura universal es una pregunta retórica. "¿En qué momento se jodió el Perú?", arranca Mario Vargas Llosa en Conversación en la Catedral, el libro que, según contó alguna vez, salvaría de la extinción porque es el que más le costó escribir. La pregunta simple y profunda cabe también cuando se piensa en la confección de la identidad de Pinamar. Fue la ciudad de la noche, de las modelos, de las marcas, de los famosos, de la cocaína, de los políticos, de la rosca. Hasta que todo eso explotó, y, tras el asesinato de José Luis Cabezas, se destiñó con tragedia, crimen y oscuridad. Pinamar erigió su estilo en los 90 y en un momento se jodió. Su esplendor, de ladrillos y de cotillón, es una sombra. Para no quedar en el olvido del turista, para no ser relegada por ciudades de mar turquesa y viento ausente, Pinamar combate contra su pasado.
La renovación del "frente marítimo", aprobada por ordenanza en 2009 y efectivizada en 2016, es una de las medidas que más expectativas generan dentro del objetivo de encontrar un nuevo estilo. Con diseños modernos y una arquitectura sustentable que busca recuperar la arena perdida durante los últimos 40 años, el verano pasado se actualizaron 23 paradores y para este enero lo hizo el resto. Excepto cinco.

La Posta del Mar, Paradise, Terrazas al Mar, Cabo Blanco y Golf Pinamar todavía ocupan la playa y resisten con sus ángulos vetustos y su diseño noventoso. Parecen monstruos del pasado. Los primeros tres citados prometen empezar la demolición en abril, cuando la temporada 2018 haya concluido, y de esta forma se sumarán a la pretensión ecológica.
Desde que en 2016 el gobierno municipal descongeló la ordenanza votada en 2009 (según indica un rumor que repiten los personajes de la política local nació como una alternativa para activar nuevas concesiones y otorgar legalmente una a un poderoso sindicato), varios paradores frenaron el envión renovador con medidas cautelares decididas por la Justicia.
Paradise, cuyos propietarios también tenían conocidos boliches de la zona, es el último de los paradores que se mantuvo en litigio judicial. En las últimas semanas llegó a un acuerdo con el Municipio (cuya letra chica no trascendió y nadie quiere revelar) y aceptó comenzar a demoler pasado el verano. "Ya tenemos los planos listos, vamos a perder la pileta y nos vamos a retirar unos 50 metros del mar. Llegamos a un acuerdo y lo vamos a hacer", admitió una de las administradoras del espacio.

Los dueños de su vecino La Nueva Posta quedaron rehenes de la judicialización de Paradise. Ahora que ese nudo se desató, también ansían comenzar las obras, aunque en ese balneario, caracterizado por el ambiente familiar, ya flota este verano un velo de nostalgia. "Acá nuestros clientes entran a la cocina del restaurante a buscar un vaso. Esas cosas esperemos no perderlas si nos achicamos un poco", comenta uno de los dueños de este balneario, de los más antiguos de Pinamar.
Los primeros paradores se construyeron a finales de los años 50. En los 90, con el boom de Pinamar, surgieron los balnearios repletos de servicios. Tenían canchas de fútbol, de paddle y hasta salas de masajes. CR fue uno de los balnearios emblema, con una piscina enorme y caras famosas en sus carpas. Durante 2016 judicializó su resistencia, pero este año estrenó estructura sustentable.


La foto de hoy muestra los viejos edificios como una ostentación extraña. El Municipio obligó a los paradores a construir sobre pilotes, a un metro y medio de altura sobre la arena, para permitir que los movimientos naturales de la playa no sean obstruidos. Muchos balnearios ahora están sobre lo que eran sus estacionamientos, y eso pasará con los que todavía resisten. Las nuevas ubicaciones también permitieron ganar espacio para playas públicas, que ahora ocupan 100 mil metros cuadrados de la franja.
Con las construcciones ecológicas, se estima que ya se ganaron alrededor de 20 mil metros cuadrados de playa. "Este año se ve más arena", comenta el encargado de Terrazas al Mar. Este balneario, uno de los más "top" de los últimos años, que perteneció al empresario postal Alfredo Yabrán, también vivirá su renovación. No lo hicieron antes porque no habían renovado la concesión, que es de 15 años, prolongable por cinco más.
Terrazas al Mar conservará su tradicional restaurante pero perderá su cancha de fútbol, aunque tienen planes de construir una pileta desmontable, como exige el código del frente marítimo.

En el caso de Cabo Blanco y Pinamar Golf, la situación es más compleja. Este enero lucen como el reflejo más sórdido de aquel pasado noventoso: pegados, en la zona norte de Pinamar, están abandonados sobre un médano. La concesión de Cabo Blanco, una construcción demodé, de estilo mediterráneo, se anuló por una deuda de $3 millones de pesos. Demolerlo, estima el intendente Martín Yeza, les costará a los dueños que se queden con la concesión la mitad del valor de esa deuda. Y donde está agonizando Pinamar Golf, adelanta el jefe comunal a Infobae, habrá playa pública.

Según cálculos oficiales, cada parador invirtió unos 5 millones de pesos en la demolición y la construcción de las nuevas estructuras. El año pasado la mayoría no había dado el trazo fino a las obras. Este año, todo luce más ordenado. Adrián Calabrese, titular de la Asociación de Concesiones de Playa, asegura que en el negocio y en el entorno se nota la mejoría. "Hay aceptación de los clientes, están contentos. Esto va mejorando. Recién este año estamos presentando un Pinamar más presente, mejor terminado; obviamente eso da un buen parámetro", considera.
"Cuando se levantaron estos balnearios había una idea de hacer algo europeo, pero estas playas no tienen nada que ver con las de allá. Acá es importante mantener el entorno y eso estamos buscando ahora: volver a lo natural", explicó a Infobae Yeza.
Para Calabrese, el turismo muta, cambia sus necesidades y pretensiones, viaja más, conoce nuevos lugares y se vuelve exigente y aggiornado. "Hay que acomodarse al mercado", resume. Y mira el espejo retrovisor que muestra el pasado renegado: "El nuevo frente marítimo es terminar con el símbolo de Pinamar de los 90. Estábamos en una profunda decadencia. Fueron 30 años sin inversiones en la playa, que ahora cambió de un año para el otro. Si mirás la orilla, es otro Pinamar, pero tenemos que seguir trabajando".
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