
Héroe sacrificial y romántico, guerrillero heroico, militante fanático, utópico y violento, mito… Las imágenes de uno de los argentinos más famosos de la historia se superponen en estas evocaciones de Ernesto Guevara por parte de personas que, en mayor o menor medida, fueron testigos de un tiempo que lo tuvo como protagonista incluso más allá de su temprana muerte, medio siglo atrás, el 9 de octubre de 1967, a los 39 años, en La Higuera, Bolivia.
SERGIO RAMÍREZ – Escritor y periodista. Ex vicepresidente de Nicaragua
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Cuando supe que habían matado al Che prisionero dentro del aula de una escuela rural en la remota aldea de La Higuera en Bolivia, yo estaba dando un taller de novela latinoamericana contemporánea, la novela del boom, en el paraninfo de la Universidad Nacional en León, Nicaragua, atardecía, y entonces, por los balcones que daban a la calle subió el pregón del voceador, una noticia que entra en la lista de aquellas que quedan marcadas y por las que siempre te preguntan ¿dónde estabas y qué estabas haciendo cuando…? Al oír al voceador me detuve en mis explicaciones de por qué la subida a los cielos de Remedio la Bella en cuerpo y alma adquiría sustancial real dado el hecho de que en lugar de ascender entre nubes iluminadas lo hacía llevándose consigo las sábanas tendidas a secar en el patio de la casa.
Eran los años setenta, década de milagros, y el Che, tendido sobre una tabla que a su vez descansaba sobre un lavadero, con aquel parecido tan asombroso al Cristo muerto de Mantegna entró en el santoral de mi generación que era la del boom, la de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, las dictaduras latinoamericanas, la guerra de Vietnam, el concierto de Woodstock, los Beatles, Martin Luther King, Malcolm X, Lumumba, el Che. Los altares de la revolución a los que se subía en cuerpo y alma entre sábanas ensangrentadas. La utopía como un paisaje que se aleja hacia adelante mientras el ritmo de nuestros pasos se vuelve más lerdo.
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MARTÍN CAPARRÓS – Periodista y escritor

La primera vez que escribí sobre el Che Guevara en algún periódico fue en el año 90 y en Página 12. Ahí decía que era uno de los pocos argentinos que había triunfado en el exterior. Al año siguiente fui a La Higuera, aquel lugar donde fue ejecutado. Fue bastante impresionante, no iba tanta gente todavía, estaban los campesinos que habían sido contemporáneos de sus acontecimientos y decían: "Qué tonto que vino a este lugar donde no lo conocíamos ni le hacíamos caso".
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Como figura política es rara. Todo está justificado si lleva a la revolución, bien podría haber dicho. Lo curioso es la deriva que tomó después. Luego de ser la síntesis de la revolución armada pasó a transformarse en el dibujo de una leve molestia. Ahora se lo usa como signo de mínimas rebeldías para vender cigarros, cervezas, hamburguesas, como he visto, todas atribuidas a su imagen clásica con la boina.
Ayer por alguna razón me crucé otra vez con su imagen y volví a pensar que había tenido suerte de no envejecer como Fidel Castro y tener que transar con todo aquello con lo que pensaba que no se debía transar. Pero es una paradoja tener que morir como una forma de la suerte.
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ALCIRA ARGUMEDO – Socióloga y docente, diputada nacional

El Che dejó una llama encendida del valor y la importancia de la solidaridad internacional entre los pueblos del mundo en un contexto internacional, para su época, de procesos de liberación que, con mayor o menor aceleramiento o madurez, estaban llevando adelante los llamados "países del Tercer Mundo" que anhelaban liberarse de los esquemas coloniales y neocoloniales que los oprimían. Dejó un mensaje de dignidad y de lucha para los oprimidos, los olvidados, los marginados que ven en su figura un espejo de eterna rebeldía.
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Particularmente lo sigo viendo como un símbolo de gran magnitud, cuya imagen fue reproducida infinitamente y perpetuada como un joven idealista, romántico y revolucionario dispuesto a una profunda abnegación y entrega por las causas en las que realmente creía. Creo que se lo tiene presente como un protagonista de su época histórica que llevó a las últimas consecuencias su convicción revolucionaria con una pasión y un fuego personal pocas veces visto en la historia. Creo que derrotó internamente el miedo a la muerte para acceder a una gran trascendencia.
LUIS ALBERTO ROMERO – Historiador
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En 1962, cuando entré a la facultad, Guevara era el héroe romántico de una revolución antimperialista socialista. Desde su muerte, en 1967, lo vi como alguien similar a Trotsky: la alternativa correcta y fracasada para una revolución que ya comenzaba a mostrarse como un régimen. Luego dejé de pensar en Cuba, y protegí su imagen con una suerte de largo paréntesis. La última dictadura militar me obligó a pensar sobre la relación entre los medios y los fines. Y sin vueltas, Guevara creía que los fines justificaban los medios. Aún con el beneficio de la comprensión histórica, era, en primer lugar, un asesino. Eso pienso hoy.
¿Cuál Guevara? Desde su muerte, y a partir de una foto notable que hoy sabemos fue producida, Guevara entró en el universo de los mitos. Allí, cada uno es libre de proyectar la imagen que quiera; todas son igualmente verdaderas o falsas. Con todas convive Guevara en el más allá de los mitos, donde con fondo musical rockero dialoga con Evita. ¿Estará cerca Fidel? No lo creo.
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JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ – Periodista y escritor

El Che es hoy más una figura romántica, un héroe sacrificial de la aventura y una estrella pop de la rebeldía que un modelo político serio. Pero lo cierto es que el guevarismo, en tanto lucha armada marxista, se expandió por América Latina como un reguero de pólvora durante los infaustos años 70: el Cristo de la revolución había muerto para salvar a los desposeídos del mundo, y su peripecia era un evangelio contagioso para tomar al pie de la letra. Que creó épocas crueles y convulsas, guerras y malentendidos dramáticos; también la coartada teórica para una ética del crimen político.
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Terminada la Guerra Fría, el Che resucita como irresistible relato épico, como película de amores y de acción trepidante, y también como emblema de los que se despojan de una vida de comodidades para realizar los ideales más puros. Esta segunda versión, borra su feroz autoritarismo documentado para transformarlo en un Bob Marley de las remeras y de la libertad. No fue un gran teórico, ni un estadista: Güemes tampoco lo fue. El Che pertenece al linaje de los grandes guerreros.
CLAUDIA HILB – Socióloga y ensayista

A la pregunta sobre qué queda hoy del legado del Che solo sé que, antes que nada, debo oponerme enfáticamente a la tentación de rememorar con nostalgia la adhesión pasada a la figura que encarnó en los años sesenta o setenta la imagen del revolucionario. Porque, más allá de cualquier sobresalto romántico, la figura mítica del revolucionario profesional se desploma para mí junto con la pretensión de encarnar el Bien que vehiculizaron las revoluciones del siglo XX.
Porque si todas aquellas revoluciones culminaron en regímenes de dominación, ¿es dar la vida por la revolución —y la violencia y el daño causado en su nombre— dar la vida por una causa justa? Y si la entrega de la propia vida fuera un valor en sí, ¿no lo sería también la del atacante suicida de cualquier signo? ¿Qué queda, entonces? Hay, sin duda, mucho más y más complejo para decir, pero para atenerme a estas pocas líneas, empezaría diciendo que todo aquello otro que podría decir debería, antes, anclarlo fuertemente en la responsabilidad por hacer frente a cualquier tentación de autocomplacencia de la generación a la que pertenezco.
CARLOS GABETTA – Periodista y ensayista, ex director de Le Monde Diplomatique

En la época de su muerte, el Che representaba para los jóvenes de entonces un llamado la lucha política y social, organizada con características militares, tras altísimos ideales. Pero sobre todo, un llamado a la dignidad; a la obligación de involucrarse personalmente; de poner el pecho ante la explotación del ser humano y las injusticias, tras un sueño de igualdad universal y al cabo, de paz. El legado del Che es ético y moral. Un símbolo.
Poco después de su muerte, un juez amigo de mi padre opinó que el Che había sido un fanático. Discutí con él, furioso. Hoy, después de todo lo ocurrido, vivido y aprendido, tomaría ese criterio en consideración. Pero ninguna crítica al Che, por dura y justa que resulte, hará olvidar sus principales virtudes: el estudio, el trabajo, la honestidad, los ideales y, sobre todo, hacerse responsable, ser el primero, el ejemplo en la aplicación de sus propuestas; la abnegación. Una suerte de Jesucristo de nuestros días. No es casual que a menudo se los compare.
HORACIO TARCUS – Historiador

El agotamiento del ciclo político del guevarismo hizo menguar el deslumbramiento que en las décadas de 1960 y 1970 concitaba el marxismo voluntarista del Che Guevara. Su teoría vanguardista del "foco", su defensa de los "estímulos morales" en el debate económico sobre la transición al socialismo y su elogio de la juventud como "arcilla maleable con que se puede construir al hombre nuevo sin ninguna de las taras anteriores", aparecen hoy incluso a los cultores del "pensamiento crítico" como fórmulas de un pasado remoto.
La figura del guerrillero heroico sobrevivió por sobre el teórico marxista, aunque hoy conciten interés las críticas del Che a los manuales soviéticos, finalmente publicadas después de medio siglo de espera. Aunque es difícil incluso hoy desafiar la fuerza del mito, es indudable que el marxismo de Ernesto Guevara, con sus luces y sus sombras, merece un debate crítico que lo reponga en la trama política y teórica de su tiempo histórico.

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