Comenzó a los 13 años acompañando a su papá y crearon juntos el formato de archivo que hoy, bastante desvirtuado, ocupa un papel fundamental en la televisión. Fue productor de exitosos ciclos como PNP y RSM. Sin embargo, hace años entendió que lo suyo era la ficción y que el resto era una especie de "pérdida de tiempo divertida" que lo alejaba de su verdadera pasión.

Los Sónicos abrió la puerta, siguieron Babylon, Las 13 esposas de Wilson Fernández y La última hora, que tras su paso por la TV pública llegó a Netflix. La serie protagonizada por Daniel Aráoz, Norman Briski y Romina Ricci, que cuenta la historia de un sicario muy particular, se estrenó en la plataforma on demand: "Fue muy inesperado y afortunado porque es una ficción para ver con tranquilidad", explica Gaston Portal (49).

"La televisión de aire se va desgranando en audiencia, va perdiéndola día a día. Sólo hace falta tener hijos para entender que es un proceso irremediable. Yo les ponía los canales para chicos y ahora directamente piden Netflix o alguna plataforma, ven lo que quieren, en el momento que quieren y en el formato que quieren", dice ya no sólo como productor y conocedor de la industria, sino como padre de Olimpia (8), Gala (5) y León (1), los hijos que tiene junto a Belén Laurence (36).

—¿Volverías a ser gerente de un canal?

—No, fue una experiencia totalmente fantasmagórica ser director de programación de un canal. Era justo en el momento en que estaba asociándome con la BBC, así que sabía que no podía durar mucho porque era incompatible. Intenté una estrategia interesante, que el canal agarrara contenidos alternativos que no tenían lugar en otros canales y poner mucha ficción en prime time. Pero no le veo la diversión. El 80% de mi tiempo era ver cómo bajar el presupuesto de mi área porque tenía que cerrar las cuentas.

Fue una experiencia totalmente fantasmagórica ser director de programación de un canal

—Más un Excel que creatividad.

—Absolutamente, ¿hace cuánto que no salen -salvando Intratables, donde participé- formatos renovadores? Yo estuve en PNP, ahora gran parte de la televisión de entonces se transformó en una suerte de sucursal de archivo, y antes eran programas absolutamente innovadores y experimentales. CQC, lo que hacía mi viejo en Semanario insólito

—¿Si te ofrecen dirigir, por ejemplo, la Televisión Pública con un proyecto nacional, tampoco te interesa?

—No, tampoco. No creo que haya lugar para experimentar ni para incorporar contenidos innovadores en este esquema de televisión, y no me divierte. La empresa no me divierte, ser empresario es una de las cosas más aburridas y estresantes que existen. Nunca tuve pasta para eso.

—El archivo fue invadiendo la televisión. ¿Hoy cómo lo ves?

—Hace rato que perdió lo interesante que tenía. Cuando empezamos, en 1994, yo estudiaba comunicación social, eran como ejercicios de intertextualización, tenía un subtexto que se perdió hace rato. Hoy sigue funcionando porque hay un vacío legal con el tema de derechos y porque fue tan copiado PNP en su momento por todos los canales que nadie puede tirar la primera piedra.

—Pero cambió la forma de hacerlo.

—Sí, se ponen pedazos de televisión en otra pantalla. Era lo contrario a la filosofía original, que era no agregar nada y que el contenido hablara por sí mismo.

No volvería a montar una productora

—Cuando ves tu recorrido, ¿sobre qué decís: "¿Cómo hice esto?, ¡qué vergüenza!"?

—Tuve muchísima suerte laboralmente. Lo que no volvería a hacer es montar una productora. Monté una productora con la idea de hacer ficción, en el medio la pegó PNP muy fuerte y se me fue encasillando en los programas de archivo u otros… tuvimos mil programas, hasta hicimos el de Mallmann. Ciclos que duraron mucho, RSM, Pettinato. Pero la verdad es que siento que perdí tiempo haciendo algo que me divertía, que estaba bueno, que era interesante, pero que no era lo que realmente quería hacer.

—¿La vuelta a la ficción fue con Los Sónicos?

Los Sónicos fue el ejemplo de que a toda costa iba a terminar haciéndolo. Porque hice pilotos, hice cosas de ficción, pero nunca pude meterlos en los canales. Y en un momento escucho que van a hacer un canal dedicado a los mayores, y que nadie producía nada porque a nadie le interesan los viejos… esa es la triste realidad. En el medio, cuando ya tenía el guión, sale el primer concurso del INCAA para ficciones. Lo presenté y gané. Tuve que poner más plata que la que daban porque no alcanzaba para la calidad que yo quería. No cobré un peso, pero me sirvió como carta de presentación. Y a partir de ahí hice tres series más: Babylon, Las 13 esposas de Wilson Fernández y La última hora. Las 13 esposas de Wilson… sale ahora en el Netflix de Televisa, en México.

—¿De la tele tradicional, te gusta algo?

Intratables me parece muy interesante. No porque yo haya participado sino porque había una necesidad de ver un programa periodístico político con ciertas características, e Intratables lo fue descubriendo. Me parece interesante más a nivel sociológico que periodístico, porque hoy la forma interesa más que el contenido.

—La forma…

—Sí. Cómo te pares, cuánto gritás, el momento en que lo digas y cuán verosímil parezca tu cara es más importante que lo que decís. Porque no tenés ninguna posibilidad de profundizar ningún tema en los treinta segundos en los que te dejan hablar antes de que todos empiecen a gritar.

—Está claro que en Intratables lo que funcionó es otra cosa.

—Pero era necesario. No es que está mal: en un mundo de la comunicación en el que cada vez se consumen contenidos más cortos, de más impacto, eso se traslada también a los programas periodísticos. De alguna manera lo inventó Lanata metiéndole show al periodismo.

—¿Cómo está tu vínculo con la política hoy?

—Siempre fue el mismo. Soy un ser político, interesado, pero jamás milité ni fui fanático de ningún partido, porque me permite mantener una actitud absolutamente sincera y crítica con lo que veo. Si creara un partido, sería el partido de la sensatez, y para ser sensato no podés estar demasiado vinculado con ningún partido. Sobre todo con la pérdida de credibilidad que viven los políticos desde hace varias décadas.

La dictadura es un tema que a mí casi me obsesiona. Crecí en un ámbito en el que se escuchaba exclusivamente la otra campana. Toda mi familia fue siempre muy facha.

—En algún momento se te vinculó con el kirchnerismo.

—Pero se me vinculó por la misma razón por la que no quiero hacer política… Te expliqué cómo llegué a hacer la primera ficción: en Los Sónicos no había una bajada política. Las únicas bajadas que siempre hice en todas las series tenían que ver con el tema de la dictadura, es un tema que a mí casi me obsesiona.

—¿Ganaste mucha plata?

—No, con eso no. Pero me sirvió para mostrar lo que no podía mostrar con la televisión tradicional. Es una ficción, no voy a decir que es mejor ni peor, pero es absolutamente distinta a lo que se venía consumiendo. En eso fue muy bueno el aporte de la gestión pasada a nivel cultural.

—Dijiste que el tema de la dictadura casi te obsesiona. ¿Qué te pasó con el 2×1?

—Nos pegó totalmente de sorpresa. Era como una batalla ya ganada. De pronto se abrió una puerta y te dijeron: "No, che, el partido no terminó, falta una hora". Ya se había logrado lo que quizás no había logrado ningún país. Y es un orgullo de los pocos que podemos mostrar y contar al mundo en las últimas décadas, que es haber encarcelado a los que fueron genocidas como no se hizo en ningún otro país. Fue realmente un golpe.

—¿Por qué creés que pasó?

—No podría meterme en la cabeza de los jueces de la Corte. Si las instituciones funcionaran como un violín te diría estas cosas pueden llegar a pasar porque la ley es fría y se dieron un par de situaciones que quizás alguien no había previsto. Pero en un país como la Argentina, donde las instituciones son tan sospechosamente corruptas me da qué pensar. En todos lados hay grados de corrupción. Por ejemplo pasó con lo del INCAA, que nos acusaban de paranoicos… y me parece que la paranoia es una actitud de defensiva válida en un país como Argentina. Tal vez prefiero ser paranoico y que me demuestren que era paranoico, pero me parece extrañísimo.

—¿Creés que hay un clima político que favorece que esto suceda?

—No creo que haya sido impulsado por el gobierno. Pero sí creo que quizás hay algo de la mentalidad de mucha gente que ve mal que los genocidas estén en la cárcel. Lo disfrazan -porque no podrían decir eso a secas- sosteniendo que los otros también deberían estar, los subersivos. Cuando yo te digo que la época de la dictadura es mi obsesión, es porque crecí en un ámbito en que se escuchaba exclusivamente la otra campana. Toda mi familia, por un lado y por el otro, fue siempre muy facha. Y crecí así. Mi viejo, con quien tengo muchas diferencias ideológicas, tuvo la grandeza de criarme con una libertad enorme. Tanto, que yo solo fui descubriendo que era un delirio toda esa campana y esa forma de ver nuestra historia.

—¿No te trajo problemas con tu familia?

—Para nada. Obviamente a veces tengo unas discusiones súper acaloradas. Pero no es sólo mi familia, es un estrato social que realmente piensa así, en general por desconocimiento.

—¿Qué fue lo que ayudó a cambiar tu mirada?

—Cuando uno mira, cuando uno ve, es difícil hacerse el ciego. Tal vez es la misma actitud que manejo con la política, que es no casarme con nada, con ningún discurso, con ninguna idea concreta. Analizo a ver si me parece sensato. Estudio.

—Habiendo participado de distintos concursos dentro del INCAA, ¿cómo considerás que está funcionado eso hoy?

—Hay mucho menos. Yo me presenté a un concurso ahora para hacer un telefilme, pero no existe para nada el presupuesto ni el tipo de concursos que existían antes. Hay muchos muy chiquitos que necesitás salir a conseguir otra parte del presupuesto para hacerlos y sólo pueden aplicar productoras que ya hacen ficción, entonces que ya tienen canal. Pierde lo interesante que tenía. Te aseguro y te firmó acá -sería una estupidez tener falsa modestia en este caso-, que ponés Las 13 esposas de Wilson Fernández en El Trece, hace 20 puntos de rating y es la serie del año. Te lo aseguro.

—¿Vos estás con una película?

—Sí, estoy junto a la productora Ketama con una peli dentro del INCAA, La noche mágica, que veremos si sale. Y otra, Cleopatra, preparándola con la productora Haciendo Cine.

No hay trama que yo haya visto en una película argentina más divertida que la corrupción que fue saliendo

—¿La realidad argentina acaso no supera a la ficción?

—Nosotros tenemos mucho vínculo con Italia, el cine italiano era una especie de absurdo total pero verosímil. Lo que tiene la Argentina es que sigue esa misma línea: es todo absurdo pero con gente de verdad. Lo que antes era ficción, ahora ocurre en la realidad. No hay trama que yo haya visto en una película argentina más divertida que la corrupción que fue saliendo. O la época de Menem. O el mismo De la Rúa, los cinco presidentes en una semana…

—Vos sabés que si hacés la película de los bolsos, las monjas, las armas… no te lo creo.

—Y, te cuesta. Hay que escribirla muy bien para que sea verosímil. Lástima que todavía no se pueden hacer películas tocando ese tipo de temas.

A continuación la entrevista completa: