Los motivos por los cuales fracasa el Servicio Penitenciario

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Recientemente, Brasil fue centro de
Recientemente, Brasil fue centro de distintos motines (Reuters)

El colapso del sistema penitenciario en América Latina y la falta de un sistema preparado para poner freno a la violencia implicaron un aumento sostenido de la población carcelaria. Porque lejos de regenerarse y de estar debidamente separados de acuerdo a los delitos cometidos, todos los reclusos se encuentran, por lo general, juntos y revueltos en una vorágine delictiva que crece y se desarrolla tras los muros.

El fracaso del servicio penitenciario puede ser medido por la reincidencia así como también por el proceso evolutivo interno en materia de criminalidad que llevará, inexorablemente, a la primera razón del fracaso.

El capital cultural de culto en muchas sociedades latinoamericanas es la violencia. Dicha variable se encuentra enquistada en muestras colectivas y en diversas instituciones que lejos de contener una situación de caos, la forjan. La acción de forjar se lleva adelante a través de la abulia, la negación y la omisión. Factores funcionales que terminan siendo conniventes y por ende, contribuyen a la agudización de la problemática.

Tanto es así, que las cárceles, desde Centroamérica hacia abajo, por tomar una franja, representan un reducto de individuos rejuntados sin continentes reales –psicológicos, educativos- emocionales- que los acerque a construir un sentido de realidad sobre los actos que los llevaron a estar privados de su libertad.

Las cárceles tienen, desde ya, una infraestructura odiosa que siempre le marca, al recluso, el recorte de su libertad. Sin embargo, ese recorte tiene también su aspecto "compensatorio" al momento de entablar relaciones delictivas – vinculadas y no vinculadas con el narcotráfico- con el afuera mediante la complicidad de un guardia cárcel de renta sensible.

Penal provincial de Chubut
Penal provincial de Chubut

Cárcel: la cultura del amparo cobra fortaleza en la dinámica de las relaciones humanas. En donde legalidad e ilegalidad se entremezclan en un sentimiento de pertenencia ambiguo y compulsivo. De ahí que el análisis del comportamiento en los penales no pueda ser reducido a lo legal o ilegal.

Ocurre que el delincuente encarcelado se encuentra amparado por los hilos de poder que logró tejer afuera. Y ese poder externo, implica, inexorablemente, un poderío interno que no lo vulnera ante la brutalidad carcelaria sino que por el contrario lo fortalece al observar y experimentar que la seguridad no es más que una ficción que se sostiene en la Anomia.

Una situación que se da mucho en los penales de Honduras. Allí Las Maras supieron trasladar su guerra externa 13-18/ 18-13 a un interior sin reglas más que las que ellas mismas ponen y que son acomodaticias a un sistema de creencias sobre el cual construyeron su proyecto de poder.

De la banda al motín
Existe una tendencia sostenida en las cárceles de organizar bandas para encontrar, tal como ocurre en tiempos de libertad impune, un poder que individualmente no se tiene.

La organización del grupo suele darse por afinidad delictiva, por intereses compartidos y por la llegada paulatina al penal de los integrantes de una misma banda. Bajo estos parámetros es como surgen los conflictos. Fuerzas de choque que buscan el dominio de espacios o bien el manejo acabado del lugar bajo la benevolencia de sectores de seguridad corruptos que forman parte de la organización pero bajo un velo de autoridad.

Los últimos motines en Brasil representan el estado de desintegración absoluta que hay dentro de los penales. La máxima seguridad no es más que una frase utilizada para que penetre en los imaginarios colectivos.

(Reuters)
(Reuters)

Los penales son reductos de perfeccionamiento del delito en donde el estado naturaleza siempre está presente. En donde la paz no es más que un fetiche de la guerra. Una guerra con derramamiento de sangre que como pudo verse en imágenes y videos, tenía las representaciones más claras del ensañamiento y la alevosía en cada puñal clavado, en cada golpe efectuado, en cada palabra emitido, en cada "celebración" frente a la suma de cadáveres apilados.

De acuerdo a la investigación de campo, el "reclutamiento" de personas para ser parte de una organización criminal se da cada vez más temprano. Es decir, que desde los siete u ocho años un niño puede ser tomado para iniciar un camino de barbarie en donde no tendrá conciencia de muerte pero sí la naturalizará en el escenario trágico.

Esta realidad es la que explica el bagaje caótico individual que se traslada a experiencias colectivas de masacre como las vistas en Brasil.

Se ve, en el rostro de los asesinos bestiales, la satisfacción patológicamente perversa de decapitar. Y que esas cabezas se constituyan en un trofeo jactancioso sobre el cual pueden seguir ejerciendo acciones deleznables como patearlos cuan pelotas de fútbol.

Un capital simbólico que se transforma en un capital cultural sanguinario se apoderó de dos penales en Brasil en donde se asistió a la tragedia de la moral y los valores entendiendo que un entramado violento necesita, irremediablemente, de una individualidad proclive a materializar la masacre en una violencia contenida que estalló voraz y sanguinaria.