
Vivir cerca de parques y arboledas mejora la atención y el rendimiento escolar de los niños, según un estudio con casi 12.000 participantes.
Investigadores de la Universidad de Washington en San Luis encontraron que los niños con mayor acceso a espacios verdes obtuvieron mejores resultados en evaluaciones objetivas de atención y en medidas de inteligencia cristalizada, un indicador del rendimiento académico.
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El análisis, publicado en Environment International, analizó datos del estudio ABCD (Adolescent Brain Cognitive Development), uno de los mayores estudios de neurociencia del desarrollo infantil en Estados Unidos, con 11.868 participantes de entre 9 y 10 años.
Carina Fowler, autora principal e investigadora postdoctoral en el laboratorio de Deanna Barch, profesora de ciencias psicológicas y cerebrales en la Facultad de Artes y Ciencias de WashU, planteó la pregunta central del estudio: “Si un niño vive más cerca de espacios verdes y tiene mayor acceso a ellos, ¿esto le ayuda a prestar atención cuando se le requiere y a obtener mejores resultados en las pruebas de rendimiento escolar?”, según declaró al medio universitario. La respuesta fue afirmativa.
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Los parques y los árboles marcan la diferencia, no cualquier zona verde
Para medir el acceso a la naturaleza, el equipo construyó una métrica propia basada en el promedio entre la proporción de cobertura arbórea y la de parques en el área censal donde vivía cada niño, una combinación que investigaciones previas habían identificado como especialmente relevante para la atención y el rendimiento.
Cada aumento de 10 puntos porcentuales en esta métrica se asoció con un incremento de 0,76 puntos en la atención dirigida y de 0,83 puntos en la inteligencia cristalizada, según los modelos estadísticos del estudio.
El hallazgo se sostiene incluso al descontar una serie de factores que podrían distorsionar los resultados: nivel socioeconómico, sexo asignado al nacer, diagnóstico de TDAH, uso de estimulantes, problemas de sueño, sensación de seguridad en el barrio, tiempo frente a pantallas, exposición prenatal al tabaco y contaminación del aire. Muchos de estos factores, señalan los autores, nunca habían sido controlados de forma conjunta en estudios anteriores sobre espacios verdes e infancia.
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La contaminación del aire explica en parte el vínculo, pero no la actividad física
El estudio también indagó en los mecanismos que podrían mediar la relación entre el verde urbano y la cognición. El análisis encontró que las partículas contaminantes en suspensión —conocidas como PM2.5— sí mediaron parcialmente la asociación, tanto con la atención como con el rendimiento: vivir en zonas más verdes implica menor exposición a este tipo de contaminación, lo que a su vez se tradujo en mejores resultados cognitivos.
En cambio, la actividad física no mostró un efecto mediador estadísticamente significativo. “Hay algo de cierto en la idea de que la calidad del aire explica en parte por qué los espacios verdes están ayudando”, afirmó Fowler en declaraciones recogidas por la Universidad de Washington. Sin embargo, los autores subrayan que el efecto del verde persiste independientemente de la contaminación: los espacios naturales parecen tener un impacto propio sobre la atención, más allá de la mejora en la calidad del aire que traen consigo.
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La teoría de la restauración de la atención, respaldada con datos a gran escala
El estudio se enmarca en la teoría de la restauración de la atención (ART, por sus siglas en inglés), que postula que los entornos naturales permiten recuperar la capacidad de concentración voluntaria —denominada atención dirigida— agotada por las demandas del mundo urbano. Según esta teoría, la naturaleza “fascina suavemente”: capta la atención de forma involuntaria sin saturarla, a diferencia de los estímulos digitales o del tráfico, que la monopolizan por completo.
La infancia media, entre los 7 y los 11 años, es considerada un período crítico para el desarrollo de esta capacidad atencional, precisamente porque en esa etapa los niños comienzan a utilizarla para adquirir habilidades académicas fundamentales. Estudios previos habían demostrado que dar un paseo por un parque o pasar tiempo en un huerto escolar mejora el rendimiento en tareas de memoria de trabajo e inhibición. El nuevo trabajo extiende esa evidencia al plano residencial y a una escala sin precedentes en la literatura.
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La literatura previa era contradictoria; este estudio aborda sus limitaciones metodológicas
La investigación responde a un debate abierto en la bibliografía científica: algunos trabajos encontraron efectos positivos del verde sobre la cognición infantil, mientras que otros no hallaron ninguna relación. Fowler y su equipo atribuyen esa disparidad, en parte, a limitaciones metodológicas de los estudios anteriores: uso de medidas subjetivas de atención basadas en reportes parentales, inclusión de métricas de espacios verdes poco precisas —como el índice de vegetación normalizado (NDVI), que puede sobreestimar o subestimar la cobertura arbórea según la estación del año— y falta de control sobre variables claves como el diagnóstico de TDAH, el uso de medicación estimulante o la percepción de seguridad en el barrio.
Esta última variable cobra especial relevancia dentro del marco teórico del ART: sentirse inseguro en un espacio verde inhibe el efecto restaurador, porque el miedo consume precisamente la atención que se busca reponer. De la misma manera, usar el teléfono o las redes sociales mientras se está al aire libre anula el beneficio.
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El estudio es transversal y sus autores llaman a investigaciones longitudinales
Los propios autores advierten que, al tratarse de un análisis transversal, los resultados no permiten establecer una relación de causalidad. La posibilidad de que incrementar el verde urbano mejore efectivamente la atención y el rendimiento escolar deberá confirmarse mediante estudios experimentales y longitudinales, que midan el efecto del verde a lo largo del tiempo y ante cambios en el entorno residencial de los niños.
El equipo también señala que el estudio ABCD sobrerepresenta a niños de entornos urbanos —dado que los centros de neuroimagen donde se realizan las evaluaciones se concentran en ciudades— y que futuras investigaciones deberían asegurar una participación más amplia de niños de zonas rurales, donde la relación con los espacios verdes puede ser cualitativamente distinta.
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Pese a esas limitaciones, los hallazgos tienen implicaciones concretas para la política pública. Los autores sugieren que añadir arbolado y parques a entornos residenciales y escolares podría ser una medida de bajo costo con potencial efecto sobre problemas de salud pública como las tasas crecientes de TDAH y el deterioro sostenido en los puntajes de lectura y matemáticas de los niños en Estados Unidos. El estudio también cuestiona la práctica habitual de suprimir el recreo como medida disciplinaria: según los autores, hacerlo podría agravar exactamente los problemas que se intenta corregir.
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