
Tras casi 22 años de observar las explosiones más lejanas y violentas del universo, el observatorio Neil Gehrels Swift emprende su último viaje hacia la Tierra.
La nave de la NASA, con una masa cercana a los 1.450 kilogramos, reingresará de forma incontrolada en la atmósfera en la madrugada del miércoles 4 de noviembre y parte de América Latina está dentro de la franja donde podrían caer los fragmentos que resistan el descenso.
PUBLICIDAD
La mayor parte de su estructura se desintegrará por efecto del calor y la fricción, aunque algunos restos podrían alcanzar la superficie, explicaron los expertos de la Fuerza Espacial de EEUU ante la inminente caída del aparato.
La zona potencial para la caída de esos fragmentos abarca una franja alrededor del ecuador, entre los 20,6 grados de latitud norte y los 20,6 grados de latitud sur.
Ese corredor reúne enormes áreas de océano, pero también cruza territorios de América Central, el norte de América del Sur, África, India, el sur y sudeste de Asia y el norte de Australia. El lugar final depende de una variable que todavía no se puede calcular con exactitud: el instante preciso en que Swift toque las capas más densas de la atmósfera.
PUBLICIDAD

Entre los territorios latinoamericanos incluidos figuran Belice, Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Colombia, Venezuela, Guyana, Surinam, Ecuador, Perú y Brasil. También abarca sectores de Bolivia, Paraguay y el extremo norte de Chile. La ubicación dentro de ese corredor no implica que alguno de esos países sea un punto probable de impacto.
La Fuerza Espacial de Estados Unidos estima el reingreso para las 3:30 de la madrugada, hora del este estadounidense, del 4 de noviembre, equivalentes a las 7:30 GMT (4.30 hora argentina, 5.30 hora de Colombia y Perú), con un margen de error de 11 horas.
PUBLICIDAD
En una reentrada orbital, esa diferencia de tiempo modifica miles de kilómetros el área posible de caída, ya que el satélite completa su recorrido a gran velocidad y la Tierra rota bajo su trayectoria.
Por esa razón, no existe una ciudad ni un país señalado como destino probable. El cálculo se ajustará durante las últimas órbitas, cuando los equipos de seguimiento dispongan de datos más precisos sobre la altura, la velocidad y la interacción del aparato con la tenue atmósfera de las capas superiores.
La NASA y la Fuerza Espacial mantendrán la vigilancia sobre el descenso hasta que el observatorio complete su reingreso.
La trayectoria de Swift incluye zonas tropicales de América Latina

La baja inclinación orbital de Swift explica por qué Europa continental queda fuera de la zona de riesgo y por qué varios países latinoamericanos sí aparecen dentro del corredor. El satélite no circula sobre todas las regiones del planeta: su órbita se mantiene cerca del ecuador y llega hasta unos 20,6 grados hacia el norte y hacia el sur. Cualquier pieza que sobreviva a la desintegración solo podría caer dentro de ese límite.
PUBLICIDAD
En el continente americano, esa banda incluye sectores de América Central, el Caribe y zonas tropicales de Sudamérica. También comprende vastas superficies del océano Pacífico y del Atlántico. Esa distribución resulta decisiva para evaluar la amenaza: cerca del 70 % de la superficie terrestre está cubierta por agua, de modo que el escenario más probable apunta a una caída en el mar.
El astrofísico Brad Tucker, de la Universidad Nacional de Australia, resumió esa relación entre tierra y océano con una referencia directa al porcentaje de la superficie del planeta. “Si el 70 por ciento de la Tierra es océano, el 30 por ciento es tierra. Entonces, tres de cada diez veces se trata de tierra, no de océano”, dijo.
PUBLICIDAD

Aun así, la posibilidad de que una pieza alcance un área terrestre no desaparece. La NASA calcula que la probabilidad de que una persona sufra daños por la reentrada equivale a aproximadamente una entre 2.100. La cifra representa un riesgo muy bajo a escala individual, pero confirma que algunos materiales pueden resistir el proceso y llegar al suelo.
El ingreso atmosférico no ocurre como una caída vertical. Swift avanzará a velocidad orbital y comprimirá el aire que encuentra delante de su estructura. Ese proceso eleva la temperatura alrededor de la nave y somete sus componentes a fuerzas intensas. Los paneles solares, las antenas y las piezas externas suelen desprenderse primero. Luego, el cuerpo central pierde integridad hasta fragmentarse.
PUBLICIDAD
Dean Sladen, ingeniero aeroespacial británico, explicó que la etapa decisiva comienza mucho antes de que los restos se aproximen a la superficie. “Una vez que Swift desciende a unos 120 kilómetros, su fin suele llegar en cuestión de minutos. El aire que se encuentra delante se calienta tanto que el satélite comienza a brillar. Los paneles solares y las antenas suelen ser los primeros en desprenderse, y a unos 78 kilómetros, aproximadamente ocho veces la altura de un avión comercial, el cuerpo principal se desintegra. La mayor parte se derrite y se vaporiza”, explicó Sladen.

Los elementos de aluminio, gran parte del cableado y numerosos componentes electrónicos tienen pocas opciones de sobrevivir a ese recorrido. En cambio, las piezas más densas y resistentes al calor, fabricadas con acero, titanio o vidrio, pueden conservarse de forma parcial. Entre los componentes con mayor probabilidad de llegar a la superficie figuran las seis ruedas de reacción del telescopio, dispositivos pesados que permitían orientar la nave, junto con partes de las lentes y espejos.
PUBLICIDAD
Según Sladen, los restos no tendrían el aspecto reconocible de un observatorio espacial. “Lo más probable es que sobrevivan sus seis pesadas ruedas de reacción, los volantes de inercia giratorios que utilizaba para orientarse, junto con las partes más resistentes del telescopio, como las lentes y los espejos. Su máscara, compuesta por unas 52.000 diminutas placas de plomo, casi con toda seguridad se derretirá. Se espera que solo un puñado de pequeños fragmentos chamuscados lleguen a la Tierra; nada que pueda reconocerse como un telescopio”, declaró Sladen.
La recomendación para cualquier persona que encuentre un objeto sospechoso tras el reingreso es no tocarlo ni trasladarlo. Los restos pueden presentar bordes filosos, temperaturas elevadas o contener sustancias que requieren evaluación especializada. La identificación y el retiro corresponden a las autoridades locales y a los organismos espaciales que sigan el evento.
PUBLICIDAD
Un intento de rescate fallido cerró una misión que superó por décadas su plazo original

La caída de Swift no responde a una decisión planificada desde el lanzamiento. La NASA intentó extender la vida operativa de la misión a través de un rescate robótico desarrollado por la empresa Katalyst Space. El plan contemplaba que una nave llamada LINK se aproximara al observatorio, lo capturara y lo trasladara a una órbita más alta, donde el roce con la atmósfera fuera menor.
La maniobra no llegó a completarse. LINK afrontó problemas en su sistema de control de actitud, un conjunto de mecanismos clave para conservar la orientación correcta en el espacio. Sin esa precisión, la nave no pudo realizar la captura ni elevar a Swift. El observatorio continuó su descenso gradual hasta quedar sin margen para recuperar altura.
Durante los últimos dos años, una mayor actividad solar aceleró ese proceso. La energía liberada por el Sol calienta y expande las capas altas de la atmósfera. Aunque el aire en esas altitudes es extremadamente tenue, su densidad aumenta lo suficiente para generar más resistencia sobre los satélites de órbita baja. Swift perdió velocidad y altura de forma progresiva hasta que sus instrumentos dejaron de mantener una orientación estable.
Swift partió desde Cabo Cañaveral, en Florida, el 20 de noviembre de 2004. La misión original tenía una duración prevista de dos años y un propósito específico: estudiar los estallidos de rayos gamma, destellos breves que liberan enormes cantidades de energía y pueden surgir tras el colapso de estrellas masivas o la fusión de estrellas de neutrones.

Para responder a esos fenómenos, el observatorio reunió tres instrumentos con tareas complementarias. El Burst Alert Telescope, conocido como BAT, detectaba las explosiones y localizaba su posición aproximada. El X-Ray Telescope, o XRT, analizaba la emisión posterior en rayos X. El Ultraviolet/Optical Telescope, UVOT, registraba información en luz ultravioleta y visible.
La combinación permitió que el satélite reaccionara con rapidez ante sucesos efímeros. Cuando detectaba una señal, Swift podía reorientarse hacia el área correspondiente y enviar alertas para que otros telescopios terrestres y espaciales efectuaran observaciones. Esa capacidad convirtió al observatorio en una herramienta relevante para el estudio de fenómenos transitorios, aquellos que aparecen y desaparecen en períodos muy breves.
A lo largo de sus casi 22 años de operaciones, el telescopio registró más de 2.000 estallidos de rayos gamma y al menos 1.400 supernovas. Sus instrumentos también analizaron agujeros negros que destruyen estrellas, galaxias activas, cometas, asteroides y estrellas con emisiones intensas de rayos X. En 2018, la NASA rebautizó la misión en homenaje a Neil Gehrels, su primer investigador principal, tras su muerte.

“Puede que no sea tan grande ni tan popular como los telescopios espaciales Hubble o James Webb, pero lo hemos utilizado durante años”, dijo Tucker sobre el aporte de Swift a la astronomía.
El director de la División de Astrofísica de la sede de la NASA en Washington, Shawn Domagal-Goldman, destacó la duración de una misión que multiplicó por más de diez el tiempo previsto.
“Swift ofreció un retorno de la inversión increíble y duradero para la nación. Diseñada para una misión principal de dos años, resultó productiva durante más de diez veces ese tiempo. Durante ese tiempo, Swift desempeñó un papel fundamental en el avance de nuestra comprensión del universo cambiante y formó parte de una revolución en la astrofísica que demostró la importancia crucial de las observaciones de respuesta rápida para toda la comunidad”, declaró.
El fin del observatorio no implica el cierre de su aporte científico. El archivo de la misión conserva cerca de 22 años de datos, más de 1,5 millones de imágenes tomadas por el telescopio ultravioleta y óptico, espectros y otras mediciones que suman alrededor de 12 terabytes.
Ese material seguirá disponible para la comunidad científica, mientras la NASA busca nuevas herramientas capaces de responder con rapidez ante los eventos más breves y violentos del universo.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Calendario lunar de noviembre de 2026: cuándo habrá luna llena
Fechas, horarios y claves para observar el espectáculo del Castor y entender por qué será una superluna

El celular puede acumular bacterias y estos hábitos ayudan a limitar su presencia
Una revisión de estudios con personal sanitario detectó microorganismos en estos dispositivos, aunque ese hallazgo no supone una infección automática

Cómo diferenciar un dolor en la espalda de una distensión muscular o un problema en la columna vertebral
La duración, la intensidad y síntomas como fiebre, debilidad o incontinencia ayudan a distinguir una molestia muscular de cuadros que requieren evaluación médica

Vivir cerca de parques mejoraría la atención y el rendimiento escolar en niños de entre 9 y 10 años
Psicólogos de la Universidad de Washington analizaron datos del mayor estudio de neurociencia del desarrollo en Estados Unidos y concluyeron que los menores con mayor acceso a arboledas obtienen mejores resultados

La estimulación de los huesos redujo señales de envejecimiento en varios órganos, según un estudio
Una ingestigación publicada en la revista Cell Metabolism indicó que los huesos pueden enviar señales al resto del organismo y reducir marcadores de envejecimiento. En experimentos con ratones, la estimulación mecánica prolongó la vida de los animales y mejoró indicadores de salud en órganos como el cerebro, el corazón y el hígado



