
El Día Mundial del Alzheimer, que se conmemora cada 21 de septiembre, encuentra a la región con un resultado propio y clave para discutir cómo prevenir la demencia.
En Buenos Aires, especialistas de América Latina y Estados Unidos analizaron las conclusiones de LatAm-FINGERS, el primer ensayo clínico aleatorizado y multicéntrico latinoamericano que evaluó una intervención integral sobre hábitos de vida. El estudio mostró mejoras en capacidades cognitivas de personas mayores que participaron de un programa intensivo durante dos años.
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El encuentro reunió a investigadores vinculados con la Alzheimer’s Association, el Instituto FLENI, universidades y centros de salud de la región. La discusión giró alrededor de una idea concreta: buena parte de los riesgos asociados al deterioro cognitivo admite intervenciones antes de que aparezcan síntomas que afecten la memoria, la autonomía o la vida cotidiana.
Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI e investigadora principal de LatAm-FINGERS, explicó a Infobae la importancia del estudio en el contexto del día de hoy.

“El Día Mundial del Alzheimer nos encuentra con un resultado extraordinario. Hicimos una investigación en la que, adaptando investigaciones de Finlandia y de Estados Unidos, logramos evidencia científica generada en nuestra propia región, con formas de intervención diferentes de las de ellos, pero que siguen los mismos lineamientos teóricos, son respetuosas de nuestra cultura y pueden ser implementadas como una política pública”, sostuvo Crivelli.
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“Los resultados de LatAm-FINGERS son incluso más significativos, en términos de la magnitud del efecto del cambio que encontramos en la población, que los de los estudios efectuados en Estados Unidos y Finlandia. Entonces, tenemos que animarnos a dar el siguiente paso, que es salir de los laboratorios. Es muy difícil, pero tenemos que construir alianzas y transformar el conocimiento en políticas públicas que lleguen a todas las personas, independientemente del lugar donde vivan y de los recursos económicos con los que cuenten, con el uso y el aprovechamiento de los recursos que la salud pública y los gobiernos nos podrían dar”, dijo.
LatAm-FINGERS incluyó a 1.065 personas de entre 60 y 77 años de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, México, Perú, República Dominicana y Uruguay. Durante dos años, el estudio evaluó una propuesta que combinó alimentación saludable, actividad física, control de riesgos cardiovasculares, entrenamiento cognitivo y socialización.
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La investigación tomó como referencia el ensayo FINGER, desarrollado en Finlandia, pero adaptó las consignas a los recursos, costumbres alimentarias, condiciones económicas y sistemas de salud de cada país. Esa adecuación resultó central para convertir una hipótesis científica en una herramienta factible para poblaciones diversas.

La importancia sanitaria del debate crece con el envejecimiento de la población. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que 57 millones de personas vivían con demencia en el mundo en 2021 y que cada año surgen cerca de 10 millones de nuevos casos. Más del 60% de quienes conviven con esta condición residen en países de ingresos bajos y medios, un grupo que incluye a gran parte de América Latina.
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La demencia no constituye una enfermedad única, sino un conjunto de trastornos que dañan el cerebro y alteran progresivamente las funciones cognitivas. La enfermedad de Alzheimer representa entre el 60% y el 70% de los diagnósticos, según la OMS.
Otras causas frecuentes incluyen la demencia vascular, la demencia con cuerpos de Lewy y las enfermedades frontotemporales. La entidad advierte que la demencia ocupa el séptimo lugar entre las causas de muerte a nivel global y figura entre los principales motivos de discapacidad y dependencia en edades avanzadas.
La cita en Buenos Aires puso el foco en factores modificables. Hipertensión, diabetes, obesidad, sedentarismo, tabaquismo, colesterol elevado, aislamiento social y menor acceso a educación o atención médica pueden incidir sobre el riesgo de demencia.
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No todos los casos responden a esos determinantes ni una rutina saludable garantiza evitar la enfermedad, pero la prevención puede ampliar el período de vida con mejores capacidades cognitivas.

De acuerdo con las cifras presentadas en la cumbre, hasta el 45% de los casos de demencia en el mundo podría prevenirse o demorarse mediante acciones sobre factores de riesgo. La proporción asciende al 54% en América Latina y al 60% en Argentina. Esas estimaciones señalan un margen posible de intervención colectiva, aunque no equivalen a una promesa individual de protección frente al Alzheimer.
LatAm-FINGERS registró mejoras cognitivas en 11 países
El programa de LatAm-FINGERS incluyó dos niveles de acompañamiento. Un grupo accedió a una intervención estructurada, con mayor contacto con los equipos de salud y actividades pautadas. El otro recibió orientación para incorporar los mismos hábitos con un esquema más autónomo. A diferencia de otros diseños, ninguna de las dos ramas quedó sin recomendaciones preventivas.
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Los resultados mostraron una mejora de la cognición global entre quienes participaron de la intervención más intensa. También surgió una mejora del 55% en memoria, velocidad de procesamiento y funciones ejecutivas. Estas habilidades permiten retener información, organizar tareas, tomar decisiones y responder frente a situaciones cotidianas.

La respuesta de los participantes aportó otro dato para considerar una futura aplicación a gran escala. Cerca del 62% de las personas evaluadas ingresó al ensayo; el 80% sostuvo un nivel de adhesión moderado o alto; la asistencia general llegó al 71,6%, y el 84,9% completó la evaluación final. Esos números sugieren que una estrategia preventiva puede sostenerse en contextos sociales y sanitarios heterogéneos si cuenta con seguimiento profesional y propuestas accesibles.
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El componente cardiovascular atravesó toda la experiencia. La presión arterial alta, la glucosa elevada, el colesterol, el exceso de peso y el cigarrillo afectan los vasos sanguíneos que llevan oxígeno y nutrientes al cerebro. Por eso, los controles médicos y la prevención de infartos o accidentes cerebrovasculares forman parte de una política de cuidado cognitivo, además de su impacto sobre el corazón.
La OMS recomienda actividad física regular, alimentación equilibrada, abandono del tabaco, consumo moderado o nulo de alcohol, control de presión, colesterol y glucemia, mantenimiento de un peso saludable y vida social e intelectualmente activa. También incluye el uso de audífonos cuando existe pérdida auditiva y la reducción de la exposición a contaminación del aire.
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Crivelli planteó que el resultado latinoamericano habilita una etapa clave: “Durante mucho tiempo los científicos nos hemos concentrado en generar evidencia, en desarrollar investigaciones y en publicar resultados. Y hoy gracias a eso, contamos con estudios como LatAm-FINGERS y el US Pointer, que demuestran que es posible mejorar la salud cognitiva de personas mayores que están en riesgo de demencia simplemente cambiando el estilo de vida. Pero el gran desafío que tenemos por delante es lograr que estos resultados científicos salgan de los laboratorios y lleguen a la comunidad. Eso requiere coraje y el impulso de construir puentes entre la ciencia, los gobiernos y la comunidad”.
Y completó: “Todos tenemos que acercarnos a nuestras comunidades, comprender las necesidades y participar activamente en la implementación de los resultados. Pero al mismo tiempo necesitamos que los que diseñan las políticas públicas, los gobiernos locales y nacionales, se acerquen a nosotros, los científicos, y estén abiertos a escuchar la evidencia para incorporarla en la toma de decisiones”.

El desafío pasa de los ensayos clínicos a los centros de salud y los barrios
La comparación con Estados Unidos ocupó una parte relevante del encuentro. Rachel Whitmer, especialista de la Universidad de California, presentó los datos de U.S. POINTER, un ensayo que reunió a 2.111 adultos de entre 60 y 79 años en cinco centros estadounidenses.
Los participantes no tenían demencia, pero acumulaban condiciones asociadas a un mayor riesgo cognitivo, como inactividad física, dieta de baja calidad, antecedentes familiares o factores cardiovasculares.
El estudio también comparó un esquema intensivo con otro de menor frecuencia. El grupo estructurado participó de 38 encuentros en dos años; el otro asistió a seis reuniones y recibió información para orientar sus decisiones. Ambos grupos mejoraron su desempeño cognitivo, aunque el avance resultó mayor entre quienes recibieron acompañamiento regular.
U.S. POINTER propuso ejercicio aeróbico cuatro veces por semana, trabajos de fuerza dos veces por semana, elongación, actividades de estimulación mental, encuentros sociales y controles clínicos periódicos. En alimentación, utilizó la dieta MIND, que prioriza verduras de hoja, otras hortalizas, frutas rojas, pescado, legumbres, frutos secos y cereales integrales, a la vez que recomienda limitar frituras, ultraprocesados y grasas saturadas.
La asistencia superó el 90% en ambos grupos y cerca de nueve de cada diez participantes completaron la evaluación final. El beneficio cognitivo del modelo más intensivo apareció en personas con y sin la variante genética APOE4, asociada con mayor riesgo de Alzheimer. Los investigadores calcularon una diferencia equivalente a retrasar entre uno y dos años el envejecimiento cognitivo.

LatAm-FINGERS mostró un efecto de mayor magnitud que los resultados comparables de Estados Unidos y Finlandia, según Crivelli. La investigadora vinculó esa diferencia con la mayor presencia inicial de riesgos cardiovasculares en la cohorte latinoamericana: allí donde la carga prevenible es más alta, el impacto de una intervención integral puede resultar más visible.
El paso siguiente exige traducir la estructura de los ensayos a servicios cotidianos. La atención primaria puede detectar presión elevada, diabetes, problemas de audición, depresión, sedentarismo y dificultades de acceso a alimentos frescos antes de que esos factores acumulen consecuencias.
Hospitales, obras sociales, municipios, centros de jubilados y espacios comunitarios pueden ofrecer parte de la red necesaria para acompañar cambios sostenidos.
En ese sentido, Crivelli mencionó alternativas concretas para el país: “Capacitación de equipos en atención primaria, descuentos de alimentos sanos, utilización de las estaciones saludables que ya existen y articulación con organismos gubernamentales: son ejemplos de implementación que podríamos hacer en la Argentina en un futuro cercano”.
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