
Las sensaciones físicas como sentir “mariposas” en el estómago, un nudo en la garganta o el corazón acelerado suelen describirse como reflejos del estado de ánimo.
Sin embargo, una investigación publicada en la revista Neuroscience of Consciousness por expertos de la Universidad de California en Santa Bárbara (UCSB) sostiene que la relación es mucho más profunda: los ritmos del corazón, los pulmones y el estómago coordinan de forma directa cómo el cerebro procesa la realidad.
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Este nuevo trabajo sostiene que la mente no trabaja sola, sino en una “conversación” constante con el resto del cuerpo. El latido cardíaco, la entrada y salida de aire en los pulmones y los movimientos gástricos funcionan como el compás de una orquesta. Esos ritmos corporales organizan a los grupos de neuronas y marcan los momentos en que están más o menos dispuestas a recibir información externa.
«El cerebro no se limita a recibir mensajes del cuerpo», explicó Asa Young, investigadora del laboratorio del profesor de psicología y neurociencia Jonathan Schooler. La especialista detalló que “los latidos del corazón, la respiración y el ritmo gástrico son señales regulares y predecibles en torno a las cuales se organizan grupos de neuronas, determinando cuándo se vuelven más o menos receptivas a la información”.
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Respirar e inhalar influyen directamente en la memoria y en cómo se percibe el miedo
La forma en que el cuerpo marca el paso de la mente se observa con claridad en acciones sencillas. Al realizar una tarea que exige concentración, las personas suelen tomar aire justo antes de empezar y exhalan al momento de responder. Esta dinámica influye de forma directa en el aprendizaje: las personas recuerdan mejor una imagen si la ven durante una inhalación que durante una exhalación, según los expertos.
El pulso del corazón también altera la forma en que se captan las sensaciones cotidianas. Los datos del estudio señalan que las imágenes aterradoras se captan más rápido cuando el corazón se contrae. En cambio, en ese mismo instante del latido, los estímulos neutros —como los sonidos, las imágenes comunes, el tacto o el dolor— se perciben con menor intensidad.
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Lo relevante no es solo el latido o la respiración de forma aislada, sino cómo se conectan con el sistema nervioso. Dos personas pueden registrar las mismas pulsaciones por minuto, pero manifestar diferencias marcadas en el grado en que esos latidos alteran su actividad neuronal.
La falta de equilibrio entre las señales del cuerpo y la mente
La relación entre los órganos y la mente no responde a la idea de que una conexión más fuerte sea siempre mejor. Para que la mente funcione de forma saludable se requiere un punto de equilibrio: las señales del cuerpo deben influir en lo que se siente, pero sin llegar a saturar la atención. Tanto un vínculo demasiado débil como uno excesivamente intenso provocan problemas en el bienestar emocional.
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Esta dinámica ayuda a entender mejor el origen de ciertos padecimientos. “Existe la creencia generalizada de que la enfermedad mental no es exclusivamente mental, del mismo modo que la disfunción corporal no se limita al cuerpo”, señaló Asa Young.
En casos de trastornos de ansiedad, ocurre que las señales internas del cuerpo se vuelven tan intensas que resulta difícil ignorarlas. Por el contrario, en cuadros de depresión, la conexión se reduce, lo que genera una menor sensibilidad hacia lo que ocurre en el propio organismo. En otros problemas de salud mental, las fallas se deben a una falta de flexibilidad o sincronización en el intercambio de información.
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El estudio descarta la idea de un cerebro que funciona desconectado
La investigación de la UCSB refuta el dilema de si una persona es su mente o su físico. Muchas funciones esenciales, como las emociones, la percepción de los sentidos, la noción del propio cuerpo y la identidad personal, se construyen en parte gracias a las señales que llegan desde los órganos internos.
Las conclusiones del equipo científico descartan la idea hipotética del cerebro conservado en un recipiente de laboratorio. Asa Young indicó que un cerebro aislado podría generar actividad neuronal, pero estaría privado de los estímulos corporales diarios que otorgan vitalidad a las vivencias de un ser vivo. Por ello, los autores remarcan que separar la mente del cuerpo es un falso dilema, ya que la experiencia humana nace de la interacción continua entre ambos.
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