
Restringir la alimentación a una ventana de entre ocho y nueve horas al día mejoró significativamente el rendimiento cognitivo en mujeres posmenopáusicas con sobrepeso u obesidad, según un estudio piloto presentado en la reunión anual de la Sociedad Americana de Nutrición (SAN), en Maryland, Estados Unidos. El hallazgo publicado en la revista Prevention suma evidencia a una línea de investigación que analiza no solo qué se come, sino cuándo se come.
El ensayo incluyó a 47 mujeres divididas en dos grupos: uno comió dentro de una ventana de 12 horas —un patrón considerado típico—, y el otro restringió su alimentación a nueve horas, con comidas generalmente entre las 10 de la mañana y las 6 de la tarde.
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Ambos grupos redujeron su ingesta diaria en 500 calorías. Al cabo de seis meses, las participantes de los dos grupos perdieron un promedio de 6,8 kilos, pero quienes comieron en la ventana más corta obtuvieron resultados notablemente mejores en las evaluaciones cognitivas.
Qué encontró el estudio
Las participantes del grupo con alimentación restringida en el tiempo cometieron menos errores en las pruebas de memoria y aprendizaje. Donde sí se registró una diferencia clara fue en las pruebas de resolución de problemas y planificación espacial —la capacidad de visualizar pasos y resultados antes de actuar—, en las que ese grupo superó al de 12 horas.
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No se observaron diferencias entre ambos grupos en tiempos de reacción ni en tareas que exigen realizar varias acciones a la vez. Los propios autores del estudio reconocieron que aún no comprenden con certeza los mecanismos detrás de la mejora cognitiva registrada.
Por qué podría funcionar
Los investigadores plantean varias hipótesis. Una apunta a que la alimentación con horario acotado podría reducir los niveles de inflamación en el organismo o modificar la forma en que el cuerpo procesa los nutrientes. Otra sugiere que comer entre las 10 de la mañana y las 6 de la tarde se alinea mejor con el ritmo circadiano, el reloj biológico interno.
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Sandra Zhang, nutricionista registrada del Centro de Nutrición Frances Stern del Centro Médico Tufts, explicó a Prevention que “el metabolismo, la regulación del azúcar en sangre y el sueño siguen un ritmo diario, y comer hasta tarde por la noche puede ir en contra de esos procesos, con impacto en la función cognitiva”.
Por su parte, Davide Cappon, director de neuropsicología del mismo centro, agregó que “una pausa nocturna más larga sin ingerir alimentos podría aportar beneficios más allá de la pérdida de peso, posiblemente al mejorar la salud metabólica y alinear mejor el metabolismo con el reloj interno del cuerpo”.
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Qué dicen los expertos sobre sus límites

Pese a los resultados, los especialistas consultados piden cautela. La nutricionista y conductora del podcast The Keri Report, Keri Gans señaló que “al tratarse de un estudio piloto pequeño y con mejoras limitadas a ciertas habilidades cognitivas, se necesita más investigación antes de sacar conclusiones firmes”.
Por su parte, Clifford Segil, neurólogo del Centro de Salud Providence Saint John’s, en Santa Mónica, California, fue más directo: “Hasta la fecha, no existe ninguna dieta que proteja contra la demencia”.
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Gitanjali Srivastava, directora médica del programa de Medicina de la Obesidad de Vanderbilt Health, en Nashville, Tennessee, recomendó terminar de cenar tres o cuatro horas antes de acostarse: “Es bueno para el azúcar en sangre, el reflujo y el sueño. Si además protege el cerebro, será un beneficio que confirmaremos en unos años”, afirmó en declaraciones a Prevention.
Los especialistas sí coinciden en una serie de hábitos generales para preservar la salud cerebral: reducir el azúcar añadido, mantener una ingesta adecuada de proteínas, frutas, verduras y grasas saludables, y mantenerse activo físicamente.
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