
La preeclampsia es un trastorno que se desarrolla durante el embarazo cuando la presión arterial de la madre sube de forma peligrosa; puede dañar órganos vitales como el hígado y los riñones, y en sus formas más graves representa una amenaza para la vida de la gestante y el bebé.
Afecta entre el 3 y el 8% de las mujeres que dan a luz en todo el mundo y es responsable de alrededor del 16% de las muertes maternas a escala global —unas 42.000 en 2023, según la Organización Mundial de la Salud—, con pronóstico especialmente grave cuando se presenta antes de las 34 semanas de gestación.
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A pesar de esa carga, la enfermedad carece de tratamiento efectivo: adelantar el parto sigue siendo la única opción disponible, aunque eso expone al recién nacido a los riesgos de la prematuridad.
La ciencia había identificado a la placenta como el órgano central de la enfermedad, pero los mecanismos exactos que desencadenan el deterioro del resto del organismo materno seguían sin explicación. Las investigaciones previas se concentraban en el tejido placentario y dejaban fuera las estructuras adyacentes donde las células del feto y de la madre entran en contacto directo.
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Un estudio publicado en la revista Science Advances aporta ahora una respuesta de mayor alcance. Investigadores del University College London (UCL) y del University College London Hospitals (UCLH) analizaron de forma simultánea, y con resolución de célula individual, cuatro tejidos distintos de lo que se conoce como interfaz fetoplacentaria —la zona de contacto entre el organismo de la madre y el del feto durante el embarazo—: la placenta, el miometrio, las membranas corioamnióticas y la sangre periférica materna.
Para ello reclutaron 20 mujeres embarazadas, 10 con preeclampsia grave y 10 sin la enfermedad, emparejadas por edad gestacional. El análisis abarcó casos desde la semana 25 hasta la 37 de gestación, lo que permitió comparar la presentación temprana y tardía de la enfermedad en su forma más severa.
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Una tormenta en tres frentes
Los hallazgos revelan que la preeclampsia grave no obedece a una causa única, sino a la convergencia de tres procesos que se retroalimentan. El primero ocurre en las vellosidades coriónicas de la placenta, que son las estructuras fetales donde se intercambian oxígeno y nutrientes entre la sangre materna y la fetal.
Allí, las células del trofoblasto —el tipo celular que forma el revestimiento placentario— mostraron signos simultáneos de hipoxia, esto es, niveles bajos de oxígeno en el tejido; de alteraciones en el metabolismo energético; y de fibrosis activa, el proceso por el cual un tejido se endurece y pierde su funcionalidad normal.
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Esa respuesta fue homogénea en toda la extensión de la placenta y resultó más pronunciada en los casos de inicio temprano de la enfermedad.
El segundo frente concierne a las células encargadas de remodelar las arterias que irrigan el útero. En condiciones normales, células fetales especializadas llamadas trofoblastos extravillosos invaden la pared del útero materno y amplían los vasos sanguíneos que llevan sangre a la placenta, con lo que garantizan el flujo de nutrientes al bebé.
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El estudio demostró que, en la preeclampsia grave, esas células eran menos numerosas en la zona de inserción placentaria y penetraban a menor profundidad en el tejido uterino. Ese doble déficit —menor cantidad y menor alcance— explicaría el aporte sanguíneo insuficiente al feto que caracteriza a la enfermedad.
El tercer componente es el más novedoso del trabajo. Se detectaron señales de disfunción mitocondrial —alteraciones en la producción de energía dentro de las células inmunitarias— en múltiples tipos celulares a lo largo del útero y las membranas que rodean al feto.
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En paralelo, se identificó una activación anómala de la respuesta al interferón de tipo I, una rama del sistema inmunitario habitualmente asociada a la defensa contra virus, en las células de la primera línea inmunitaria materna. Esa señal estaba presente en los tejidos uterinos y, además, en la sangre circulante de la madre, lo que explicaría biológicamente por qué la preeclampsia grave daña órganos distantes de la placenta, como el hígado y los riñones.
Que esa alteración sea detectable en sangre tiene una implicancia práctica directa: podría identificarse mediante un análisis de laboratorio convencional durante el embarazo, antes de que el daño orgánico ya esté instalado.
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Leer las células en su lugar exacto
Uno de los aportes técnicos del trabajo fue el uso combinado de dos tecnologías de vanguardia. La transcriptómica de célula única permite leer la actividad de los genes en cada célula de forma individual; la transcriptómica espacial agrega una coordenada de ubicación, vale decir, indica en qué zona exacta del tejido se encontraba cada célula en el momento del análisis.
Esa combinación permitió rastrear qué células estaban alteradas y cómo se relacionaban con su entorno, algo que los estudios anteriores —limitados a un solo tejido y sin información espacial— no podían ofrecer.
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El análisis de esa comunicación celular mostró que ciertas moléculas producidas en exceso por las células placentarias pasaban a la circulación materna y alcanzaban células del revestimiento vascular en tejidos alejados de la placenta. La señalización a distancia contribuiría a la disfunción de los vasos sanguíneos de todo el cuerpo, uno de los signos distintivos de las formas más severas de la enfermedad.

Sin tratamiento y con urgencia
“Estos hallazgos apuntan a procesos biológicos específicos que podrían ser el blanco de tratamientos", afirmó la doctora Yara Sanchez Corrales, investigadora del UCL Great Ormond Street Institute of Child Health e investigadora principal del estudio, según el comunicado de prensa de la UCL. “Actuar temprano en el embarazo, especialmente en los casos más graves de inicio precoz, podría mejorar los resultados y reducir los altos riesgos asociados a la preeclampsia grave”, añadió.
La profesora Sara Hillman, autora sénior del trabajo e investigadora del UCL EGA Institute for Women’s Health, explicó que el equipo estudió células individuales tanto de la madre como del bebé para observar cómo cambiaba su actividad en embarazos sanos frente a los afectados por preeclampsia, lo que permitió “confirmar algunos cambios ya sospechados en la enfermedad y también descubrir nuevos”.
El paper indica que la respuesta de interferón de tipo I, detectable en la sangre materna ya entre las semanas 25 y 34 de gestación, “podría cambiar el pronóstico extremadamente grave de la preeclampsia severa”, con la capacidad de identificar qué pacientes se beneficiarían de terapias antiinflamatorias o antioxidantes.
El investigador Theodoros Xenakis, también investigador principal del trabajo en el UCL Great Ormond Street Institute of Child Health, subrayó que estudios futuros con más participantes y métodos más precisos podrán ofrecer "una imagen más clara" de los cambios biológicos asociados a la enfermedad.
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