
La bronquiolitis obliterante —conocida popularmente como "pulmón de palomitas de maíz“— es una condición pulmonar rara, progresiva e irreversible que destruye las vías respiratorias más pequeñas del pulmón y que, una vez instalada, no tiene cura. Las autoridades sanitarias llevan décadas monitoreando su avance, primero en entornos industriales y, más recientemente, en el contexto del auge del vapeo.
El apodo tiene un origen preciso. A fines del siglo XX, investigadores identificaron la enfermedad en trabajadores de una fábrica de palomitas de maíz para microondas que inhalaban de forma rutinaria diacetilo, un compuesto químico utilizado para dar sabor a manteca a los productos.
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Ese fue el primer rastro documentado de una condición que, con el tiempo, se reveló más amplia y compleja de lo que aquel episodio fabril sugería. Hoy, el químico sigue presente en cigarrillos electrónicos, productos de tabaco saborizado y en el proceso natural de tostado del café.
La Cleveland Clinic describe la enfermedad con precisión: afecta los bronquiolos —los conductos de menor calibre dentro de los pulmones, encargados de distribuir el aire hacia las bolsas donde se produce el intercambio de oxígeno con la sangre— y puede desencadenar inflamación, daño irreversible y cicatrización del tejido pulmonar.
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Qué ocurre dentro del pulmón
Normalmente, cuando un tejido resulta agredido, el organismo activa un proceso de reparación. En la bronquiolitis obliterante, ese mecanismo se vuelve excesivo: en lugar de sanar la lesión, genera una acumulación de tejido cicatricial que obstruye los bronquiolos y bloquea el paso del aire hacia los alvéolos.
La American Lung Association advierte que “la cicatrización y el estrechamiento de los bronquiolos pueden continuar empeorando con el tiempo” y que, sin tratamiento, la condición puede derivar en insuficiencia respiratoria.
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Los síntomas suelen aparecer de forma gradual y se confunden con facilidad con otras afecciones: tos seca —especialmente durante o después de la actividad física—, silbido al respirar, falta de aire y fatiga persistente. Esa similitud con cuadros más comunes es uno de los factores que demora el diagnóstico.

La investigación científica reciente permite comprender con mayor precisión cómo opera ese proceso a nivel celular. Un estudio publicado en Frontiers in Pharmacology demostró en modelos animales que la exposición al diacetilo provoca inflamación marcada, depósito de colágeno y obstrucción progresiva de los bronquiolos.
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El trabajo detectó además una alteración profunda en el sistema ubiquitina-proteosoma —una suerte de maquinaria de limpieza interna de las células, responsable de eliminar proteínas dañadas—.
Cuando ese sistema se ve desbordado por el daño químico, la acumulación de desechos celulares agrava la lesión. Según se detalla en el estudio, una única exposición al compuesto fue suficiente para inducir “los cambios patológicos característicos de la bronquiolitis obliterante”, incluyendo daño epitelial e inflamación progresiva.
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Un trabajo anterior, publicado en Archives of Toxicology en 2021, llegó a conclusiones complementarias: tras exponer ratas a vapor de diacetilo durante cinco días consecutivos, los animales mostraban hipoxemia persistente y evidencia histológica de la enfermedad incluso 14 días después de cesar la exposición.

Mediante proteómica global —el análisis masivo de proteínas en células—, los investigadores identificaron 519 proteínas significativamente modificadas en cultivos de células humanas de las vías aéreas. El trabajo concluye que ese daño proteico ocurre “antes del desarrollo de la patología visible”, lo que sugiere que la enfermedad comienza a gestarse mucho antes de que aparezca cualquier síntoma.
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Los químicos en el origen de la enfermedad
El diacetilo es el compuesto más documentado, pero no el único. La American Lung Association identifica una lista extensa de sustancias capaces de desencadenar la misma respuesta fibrótica: acetaldehído (presente en el humo de cannabis y en los cigarrillos electrónicos), formaldehído (usado en adhesivos y materiales de construcción), humos de óxido de metal —subproducto de la soldadura—, dióxido de azufre, amoniaco, cloro, óxidos de nitrógeno, ácido clorhídrico y gas mostaza.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), a través de su Instituto Nacional para la Seguridad y Salud Ocupacional (NIOSH, por sus siglas en inglés), señalan que el diacetilo y su sustituto comercial, la 2,3-pentanediona, se utilizan ampliamente en la industria alimentaria: palomitas de maíz para microondas, mezclas de repostería y café saborizado.
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Si bien la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) clasificó estos químicos como “generalmente reconocidos como seguros” para el consumo, esa evaluación no contempla la exposición inhalatoria prolongada que enfrentan quienes trabajan en esas industrias.

“Los trabajadores pueden estar expuestos a productos químicos saborizantes de maneras y en cantidades diferentes a las del consumidor general”, señala el organismo en su sitio institucional. El NIOSH estima que la industria de aromatizantes ha identificado más de mil compuestos como riesgos potenciales.
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La primera observación documentada en un trabajador de la industria alimentaria data de 1985, en una planta donde el diacetilo se usaba para fabricar saborizantes para repostería. No fue hasta agosto de 2000 que un departamento de salud solicitó la intervención del NIOSH para investigar casos en exempleados de una planta de palomitas de maíz. Esos hallazgos sustentaron la Alerta NIOSH de 2004 para la prevención de enfermedades pulmonares en trabajadores del sector.
Quiénes están en mayor riesgo y qué opciones existen
La exposición laboral no es el único vector. La bronquiolitis obliterante también puede surgir tras infecciones respiratorias graves —como el virus sincitial respiratorio (RSV) o ciertas formas de neumonía—, en personas con enfermedades autoinmunes como la artritis reumatoide, y como complicación de trasplantes de órganos.
Según la American Lung Association, alrededor del 50% de los receptores de un trasplante de pulmón desarrolla la condición en los primeros cinco años —variante denominada síndrome de bronquiolitis obliterante—, mientras que cerca del 10% de quienes reciben trasplante de médula ósea de donante la desarrollan en ese mismo lapso.

El tratamiento apunta a frenar el avance del daño y aliviar los síntomas, no a revertirlos. La Cleveland Clinic describe un esquema que puede incluir corticosteroides como la prednisona, inhaladores y oxigenoterapia. En los casos más severos, puede requerirse un nuevo trasplante. La institución subraya que la efectividad de las intervenciones depende de la rapidez del diagnóstico.
En el contexto pos-trasplante, el panorama terapéutico es especialmente acotado. Una revisión publicada en European Respiratory Journal Open Research en 2022 señaló que la azitromicina —un antibiótico con propiedades antiinflamatorias— es el tratamiento con mayor respaldo de evidencia, incluso con datos de un ensayo controlado aleatorizado.
El trabajo concluye que “las opciones de tratamiento son limitadas y se necesitan urgentemente nuevas terapias”, entre las que se investigan ciclosporina liposomal en aerosol, inhibidores de la Janus quinasa y terapias antifibróticas.
El vapeo y la pregunta sin respuesta definitiva
Uno de los interrogantes que la comunidad científica aún no cerró por completo es si el vapeo puede causar bronquiolitis obliterante en humanos con la misma mecánica que la exposición industrial.
Un caso documentado en Canadian Medical Association Journal Open describe a un joven previamente sano que desarrolló obstrucción fija y crónica del flujo aéreo vinculada al uso de cigarrillos electrónicos, que los autores calificaron de “potencialmente mortal”.

El trabajo señala que los líquidos de vapeo exponen al usuario a “varios productos químicos potencialmente dañinos, incluido el diacetyl, un compuesto aromatizante conocido por causar bronquiolitis obliterante con exposición por inhalación", aunque aclara que los mecanismos exactos permanecen bajo investigación.
Una revisión de 2025 disponible en PubMed Central sobre lesiones pulmonares asociadas al vapeo —conocidas por el acrónimo EVALI— confirma que los compuestos presentes en los líquidos de cigarrillos electrónicos pueden inducir “inflamación crónica de las vías respiratorias y fibrosis”, con acumulación de moco intraluminal y fibrosis cicatricial.
El estudio detalla además que el acetato de vitamina E —aditivo frecuente en líquidos con THC— fue detectado en el líquido de lavado broncoalveolar de la mayoría de los pacientes con EVALI durante el brote de 2019–2020, lo que sugiere que el daño pulmonar por vapeo puede responder a múltiples agentes actuando de forma simultánea.

La prevención sigue siendo la herramienta más poderosa disponible. Evitar el tabaco y los cigarrillos electrónicos, tratar las infecciones de forma inmediata, vacunarse según las recomendaciones médicas y usar equipo de protección personal adecuado —como mascarillas N95— en entornos de trabajo con sustancias de riesgo son las medidas que las autoridades sanitarias recomiendan de manera uniforme.
La evidencia apunta en una dirección clara: los componentes químicos presentes en los cigarrillos electrónicos tienen la capacidad de dañar el tejido pulmonar de maneras que la ciencia aún no comprende del todo, y cuyas consecuencias a largo plazo en la población general de usuarios siguen siendo objeto de investigación activa.
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