
El hígado graso infantil suele asociarse con el exceso de peso, el sedentarismo y la mala alimentación durante la niñez. Pero una nueva investigación sugiere que parte del riesgo puede empezar mucho antes: incluso antes del nacimiento.
Un estudio coordinado por la Tampere University, en Finlandia, siguió a 488 menores desde la infancia hasta la adolescencia y encontró que algunos factores tempranos se asociaron con niveles más altos de alanina aminotransferasa, conocida como ALT. Esta enzima se mide en sangre y suele utilizarse como marcador de posible daño hepático.
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Los datos apuntan a una combinación de factores: la hipertensión materna antes del embarazo, la acumulación de grasa abdominal en los niños, una menor duración de la lactancia y la introducción temprana de alimentos sólidos.
La investigación no prueba que esos elementos causen por sí solos la enfermedad, pero sí muestra que pueden formar parte de una trayectoria de riesgo que empieza en etapas muy tempranas de la vida.
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La enfermedad hepática por depósito de grasa asociada a disfunción metabólica (MASLD, por sus siglas en inglés), antes conocida como hígado graso no alcohólico, ocurre cuando se acumula grasa en este órgano en un contexto de alteraciones metabólicas. En niños y adolescentes, suele avanzar sin síntomas evidentes, lo que dificulta detectarla a tiempo.
Por qué el hígado graso infantil preocupa cada vez más
El hígado cumple funciones esenciales: procesa nutrientes, participa en el metabolismo de las grasas y ayuda a eliminar sustancias que el cuerpo no necesita. Cuando acumula grasa en exceso, puede inflamarse y, con el tiempo, sufrir daño.
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En muchos casos, el problema permanece silencioso durante años. Por eso, un niño puede tener alteraciones hepáticas sin dolor ni señales claras. Los médicos suelen sospecharlo a partir de análisis de sangre, estudios por imágenes o la presencia de otros factores de riesgo, como obesidad, resistencia a la insulina o antecedentes familiares.
A nivel global, la enfermedad creció en paralelo con la obesidad infantil. Un metaanálisis publicado en BMC Gastroenterology, que reunió 176 estudios de 35 países, estimó que el 41,2% de los niños y adolescentes con sobrepeso u obesidad presenta hígado graso.
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La prevalencia varía según la región. El trabajo registró los valores más altos en Norteamérica, con 43,6%; Asia, con 42,1%; Sudamérica, con 42,0%; y Europa, con 39,7%. En África, la cifra fue menor, con 31,1%. Aunque los porcentajes cambian según los métodos de diagnóstico utilizados, los especialistas coinciden en que la tendencia en aumento representa un desafío para la salud infantil.
Qué mostró el estudio realizado en Finlandia
El trabajo finlandés evaluó datos de la madre, del embarazo y del desarrollo infantil. Entre las variables estudiadas estuvieron la presión arterial materna previa al embarazo, la alimentación, la actividad física, la composición corporal y distintos marcadores metabólicos.
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Uno de los indicadores centrales fue la ALT. Aunque un valor elevado no alcanza por sí solo para diagnosticar hígado graso, puede funcionar como una señal de alerta sobre posible daño hepático. La investigación observó que la hipertensión materna antes del embarazo se asoció con niveles más elevados de este marcador en la infancia y la adolescencia.
El análisis también mostró que la adiposidad visceral, es decir, la grasa acumulada alrededor de los órganos abdominales, se vinculó con niveles más altos de ALT desde edades tempranas. Entre los participantes, entre el 12% y el 15% presentó valores elevados de este marcador.
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La alimentación temprana también aparece en el mapa de riesgo
La investigación no se concentró solo en el embarazo. También observó aspectos de la primera infancia que podrían influir en el metabolismo hepático.
Una menor duración de la lactancia materna y la introducción temprana de alimentos sólidos se asociaron con niveles más altos de ALT. Estos datos no significan que una decisión alimentaria aislada determine la salud futura del hígado, pero refuerzan la importancia de los primeros años como una etapa sensible para el desarrollo metabólico.
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La dieta infantil también mostró diferencias. De acuerdo con los datos difundidos por la Tampere University, un patrón con mayor presencia de productos animales y lácteos se vinculó con niveles más altos de ALT. En cambio, una alimentación rica en frutas, verduras y frutos rojos se asoció con valores más bajos.

Una enfermedad que puede empezar de forma silenciosa
El hígado graso infantil no siempre queda limitado al hígado. En muchos casos forma parte de un cuadro metabólico más amplio. Puede convivir con obesidad, resistencia a la insulina, diabetes tipo 2, hipertensión, dislipemia y mayor riesgo cardiovascular.
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Ese vínculo explica por qué los especialistas insisten en una mirada integral. No alcanza con controlar una enzima hepática: también importa evaluar el peso, la distribución de la grasa corporal, los hábitos alimentarios, la actividad física, el sueño y los antecedentes familiares.
El diagnóstico en la infancia todavía presenta desafíos. La biopsia hepática es el método más preciso, pero no se utiliza de forma rutinaria por ser invasiva. En la práctica clínica se combinan análisis de sangre, ecografías, elastografía y algoritmos de riesgo, aunque su rendimiento puede variar en pacientes pediátricos.
Por eso, las recomendaciones pediátricas suelen prestar especial atención a los niños con obesidad o con sobrepeso acompañado de otros factores de riesgo, como alteraciones metabólicas o antecedentes familiares. El objetivo es detectar a tiempo a quienes tienen mayor riesgo y evitar que el daño avance sin ser advertido.

Qué pueden hacer las familias y los equipos de salud
El estudio refuerza la idea de que el cuidado del metabolismo infantil no empieza recién cuando aparecen el sobrepeso o los análisis alterados. También puede construirse desde etapas previas, con controles de salud materna y hábitos sostenidos durante los primeros años de vida.
Controlar la presión arterial y el estado metabólico antes del embarazo puede ser una medida relevante para reducir riesgos futuros. Después del nacimiento, el Journal of Hepatology señala como ejes de prevención la lactancia materna cuando es posible, una alimentación rica en frutas, verduras y cereales integrales, la reducción de azúcares y ultraprocesados, y la actividad física regular en niños y adolescentes.
Los especialistas también señalan que la prevención no puede recaer solo en las familias. El entorno alimentario influye: la disponibilidad de productos ultraprocesados, el consumo de bebidas azucaradas, la publicidad dirigida a menores y la falta de espacios seguros para moverse también condicionan la salud infantil.
Por eso, distintas recomendaciones respaldan políticas nutricionales como gravar las bebidas azucaradas, reforzar el etiquetado frontal y limitar la publicidad de alimentos dirigida a menores.

En el ámbito clínico, también se plantea la necesidad de monitorear a los grupos de mayor riesgo, acompañar a las familias y trabajar con equipos integrados por pediatras, endocrinólogos, hepatólogos y atención primaria.
Aspectos a profundizar en futuras investigaciones
El estudio muestra asociaciones, no causalidad. Es decir, no prueba que la hipertensión materna, la duración de la lactancia o la introducción temprana de sólidos provoquen directamente hígado graso infantil. También pueden intervenir otros factores, como la genética, el nivel socioeconómico, la alimentación familiar, el peso materno, la actividad física y el acceso a controles de salud.
Además, la ALT es un marcador útil, pero no equivale por sí sola a un diagnóstico definitivo de enfermedad hepática. Por eso, los resultados necesitan complementarse con nuevos estudios y seguimientos más amplios.
Aun así, el aporte es importante. El hígado graso infantil no debería pensarse solo como una consecuencia tardía del estilo de vida en la adolescencia. La salud metabólica puede empezar a construirse mucho antes, desde el período previo al embarazo y los primeros años de vida.
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