
La esclerosis lateral amiotrófica (ELA) es una enfermedad neurodegenerativa que daña las neuronas encargadas de controlar los movimientos del cuerpo. Con el paso del tiempo, acciones cotidianas como caminar, hablar, tragar o respirar pueden volverse cada vez más difíciles. Aunque se considera una patología poco frecuente, representa uno de los mayores desafíos de la neurología actual.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), su prevalencia ronda entre 3 y 8 casos por cada 100.000 habitantes. Esa baja incidencia también complica la investigación y el desarrollo de terapias eficaces.
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Sin embargo, la ELA no avanza igual en todas las personas. Mientras algunos cuadros progresan rápidamente en pocos meses, otros pueden extenderse durante años o incluso décadas. Ahora, un estudio internacional coordinado por la Universidad de Trento, en Italia, aporta nuevas pistas para comprender esa diferencia.

La investigación identificó mecanismos celulares y moleculares que podrían explicar por qué ciertos pacientes presentan una evolución más lenta. El trabajo coloca en el centro de la escena a las células gliales, estructuras del sistema nervioso que durante mucho tiempo fueron consideradas simples “acompañantes” de las neuronas, pero que hoy aparecen como piezas fundamentales en el desarrollo del trastorno.
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Los resultados también abren la puerta a herramientas capaces de seguir el avance del cuadro con mayor precisión y a futuras estrategias terapéuticas adaptadas a cada persona.
Las células de soporte que podrían cambiar la comprensión de la ELA
Cuando se habla del cerebro o del sistema nervioso, la atención suele concentrarse en las neuronas. Son las responsables de transmitir señales y permitir funciones como el movimiento, la memoria o el pensamiento. Pero esas células no trabajan solas.
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A su alrededor existe una red conocida como glía, formada por distintos tipos celulares cuya tarea es sostener, alimentar y proteger el tejido nervioso. Una manera simple de entenderlo es pensar en una ciudad: si las neuronas son los edificios principales, la glía sería el sistema de mantenimiento que aporta energía, elimina residuos y mantiene todo en funcionamiento.

Dentro de este grupo aparecen los astrocitos y los oligodendrocitos, dos tipos celulares que el nuevo trabajo identificó como actores centrales en la progresión de la ELA. Según explicó la profesora Manuela Basso, líder de la investigación, estas estructuras presentan alteraciones importantes en personas con formas de evolución lenta.
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El equipo observó que, durante las etapas iniciales, esas células pierden parte de su especialización. En otras palabras, dejan de cumplir correctamente las funciones que normalmente ayudan a mantener sanas a las neuronas. Más adelante aparece otro fenómeno: una inflamación persistente que termina agravando el daño del sistema nervioso.
El rol de la proteína TDP-43 en la degeneración neuronal
Uno de los focos principales del análisis fue una proteína llamada TDP-43. Aunque el nombre resulte complejo, cumple un papel esencial en el funcionamiento normal de las células nerviosas.
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Los investigadores recordaron que esta molécula presenta alteraciones en alrededor del 97% de las personas con ELA. Cuando el equipo corrigió experimentalmente ese defecto, pudo observar cómo reaccionaban las células de soporte en distintos momentos del cuadro clínico.
Los resultados mostraron que esas estructuras modifican su comportamiento con el paso del tiempo. Primero pierden capacidad protectora y luego activan procesos inflamatorios que empeoran el deterioro neuronal.
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Uno de los hallazgos más llamativos fue que, en las formas de progresión lenta, la inflamación generalizada aparece más tarde. Ese retraso podría ayudar a explicar por qué algunas personas conservan movilidad y autonomía durante más tiempo.
Para los especialistas, identificar cuándo ocurren estos cambios es clave. Detectarlos de manera temprana permitiría intervenir antes de que el daño avance demasiado.
El factor MYC y las señales que vuelven más frágiles a las neuronas
El trabajo también identificó el papel de un factor molecular llamado MYC, vinculado con la regulación de distintas funciones celulares.
Según los resultados, cuando este mecanismo se vuelve hiperactivo, las células gliales empiezan a comportarse de forma perjudicial. En lugar de proteger el tejido nervioso, favorecen la inflamación y liberan vesículas extracelulares, pequeñas estructuras que funcionan como mensajes químicos entre células. El problema es que esas señales terminan aumentando la vulnerabilidad de las neuronas motoras.
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Los científicos detectaron esas vesículas incluso en el líquido cefalorraquídeo —el fluido que rodea el cerebro y la médula espinal— de personas con ELA. Ese dato resulta especialmente importante porque podría convertirlas en biomarcadores, es decir, indicadores biológicos útiles para detectar el trastorno o monitorear su evolución.
En términos simples, sería algo parecido a encontrar rastros químicos capaces de revelar lo que ocurre dentro del sistema nervioso sin necesidad de observar directamente el cerebro o la médula espinal.
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El desafío de desarrollar tratamientos personalizados
Actualmente no existe una cura definitiva para la ELA. Algunos abordajes logran desacelerar parcialmente el deterioro en determinados pacientes, pero el trastorno continúa siendo uno de los grandes desafíos de la medicina moderna.
Por eso, uno de los aspectos más prometedores de este trabajo es la posibilidad de avanzar hacia tratamientos personalizados.
El grupo de la Universidad de Trento busca ahora identificar las llamadas “ventanas de activación” de la glía. Se trata de períodos específicos en los que estas células atraviesan cambios concretos, como la pérdida de especialización, la proliferación o la neuroinflamación.
Reconocer esos momentos permitiría actuar de manera más precisa y adaptar las intervenciones según las características biológicas de cada caso.

Los especialistas también consideran fundamental clasificar mejor los distintos subtipos de ELA. Aunque los síntomas generales suelen parecer similares, detrás de cada cuadro podrían existir mecanismos completamente diferentes.
Esa diversidad ayudaría a explicar por qué algunas personas experimentan un deterioro acelerado mientras otras mantienen ciertas capacidades durante muchos años.
La investigación, desarrollada junto a 51 expertos de seis países, refuerza una idea que gana cada vez más espacio en la medicina actual: comprender los procesos moleculares individuales puede ser la clave para crear terapias más eficaces.
En el caso de la ELA, descubrir cómo y cuándo las células gliales dejan de cumplir su función protectora podría marcar un punto de inflexión en la búsqueda de nuevos tratamientos y mejorar el seguimiento de quienes conviven con esta enfermedad.
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