
La posibilidad de tener hijos biológicos después de haber atravesado tratamientos agresivos en la infancia podría cambiar a partir de un avance médico sin precedentes. Un equipo de especialistas en Bélgica logró restaurar la producción de esperma en un adulto mediante el trasplante de tejido testicular que había sido extraído y congelado cuando era niño.
El caso (conocido académicamente como case report), difundido por The Guardian y detallado en un estudio de la Vrije Universiteit Brussel publicado en marzo de 2026 como preprint —es decir, un trabajo científico aún no revisado por otros expertos—, representa la primera vez que se consigue generar espermatozoides funcionales a partir de tejido inmaduro preservado antes de la pubertad. El paciente había sido sometido a quimioterapia durante la infancia, un tratamiento que puede dañar de forma irreversible la capacidad reproductiva.
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Este avance marca un punto de inflexión en la medicina reproductiva, especialmente para quienes no tuvieron la posibilidad de conservar esperma antes de iniciar terapias que afectan la fertilidad.
Cómo se preservó el tejido y por qué era la única opción
Cuando el paciente tenía 10 años, en 2008, los médicos extrajeron uno de sus testículos. El tejido fue fragmentado y sometido a un proceso de criopreservación, es decir, congelado a muy bajas temperaturas para conservar sus células a lo largo del tiempo.
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Este procedimiento incluyó el uso de sustancias como dimetilsulfóxido y sucrosa, que protegen las células durante el congelamiento. En ese momento, el niño aún no había alcanzado la pubertad, por lo que no producía espermatozoides maduros. Sin embargo, sí tenía espermatogonias, que son las células precursoras del esperma.
Estas células funcionan como “semillas”: aunque todavía no generan espermatozoides, tienen el potencial de hacerlo en el futuro si se desarrollan en las condiciones adecuadas.
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Durante los años siguientes, los controles médicos confirmaron que el paciente no producía esperma en la adultez, una condición conocida como azoospermia. Frente a ese escenario, el tejido preservado se convirtió en la única alternativa posible.
El procedimiento que permitió reactivar la función reproductiva
En 2022, ya adulto y con deseo de ser padre, el paciente ingresó a un protocolo experimental de trasplante autólogo, es decir, un injerto realizado con su propio tejido previamente almacenado.
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El equipo de Brussels IVF y del Hospital Universitario de Bruselas descongeló 11 fragmentos y los implantó en el organismo del paciente. Parte del tejido fue colocado dentro del testículo y otra parte bajo la piel del escroto.

El objetivo era lograr que ese tejido volviera a integrarse al cuerpo, recuperara su irrigación sanguínea y reanudara su actividad. Para ello, los médicos utilizaron técnicas de microcirugía que permiten trabajar con gran precisión en estructuras muy pequeñas.
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Los controles posteriores incluyeron estudios de imagen, análisis hormonales y evaluaciones del desarrollo del tejido trasplantado.
Qué ocurrió dentro del organismo
Los resultados mostraron diferencias claras según el lugar donde se colocaron los injertos. Los fragmentos implantados dentro del testículo presentaron mejores condiciones de supervivencia: lograron integrarse, recibir flujo sanguíneo y mantener su estructura.
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En cambio, los tejidos ubicados bajo la piel mostraron mayor deterioro, con signos de fibrosis, es decir, una cicatrización que limita su funcionamiento.
Un año después del trasplante, los especialistas analizaron los injertos. En los fragmentos que habían logrado integrarse dentro del testículo encontraron células clave para la producción de esperma, como las de Sertoli y Leydig, además de células germinales en distintas etapas de desarrollo.
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Esto indica que el proceso de espermatogénesis —la formación de espermatozoides— se había reactivado.
El resultado: producción de espermatozoides tras más de una década
El equipo liderado por Ellen Goossens confirmó que en dos de los injertos se logró una restauración completa del proceso, desde las células precursoras hasta etapas avanzadas del desarrollo espermático.
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A partir de estos tejidos, los investigadores pudieron recuperar espermatozoides mediante técnicas de laboratorio. Aunque la cantidad obtenida fue muy baja y algunos presentaban alteraciones en su forma, el resultado representa una prueba concreta de que el proceso puede reactivarse incluso después de más de 16 años de almacenamiento.
Este logro se considera una “prueba de principio”, es decir, una demostración inicial de que la técnica es viable.
Aplicación clínica futura, dudas sobre fertilidad y técnicas complementarias
A pesar del avance, los especialistas advierten que aún quedan varios desafíos. Por ahora, no se ha comprobado si los espermatozoides obtenidos pueden fertilizar un óvulo y dar lugar a un embarazo.
Para lograrlo, sería necesario recurrir a técnicas de reproducción asistida como la fertilización in vitro, posiblemente mediante la inyección intracitoplasmática de espermatozoides (ICSI), un procedimiento en el que se introduce un espermatozoide directamente dentro del óvulo.
Además, existe una limitación importante: los injertos no se conectan de forma natural con los conductos que transportan el esperma, por lo que es necesario realizar procedimientos adicionales para recuperarlo.
También persisten interrogantes sobre la cantidad de células disponibles en el tejido congelado y sobre la duración de su funcionamiento en el tiempo.

Un avance con impacto potencial en miles de pacientes
La relevancia de este caso trasciende a un solo paciente. En el mundo, más de 3.000 niños y adolescentes han recurrido a la criopreservación de tejido testicular antes de recibir tratamientos que pueden afectar su fertilidad, ya sea por cáncer u otras enfermedades como la anemia falciforme.
Hasta ahora, esta estrategia se consideraba experimental, ya que no existían pruebas de que el tejido pudiera utilizarse con éxito en la adultez. Este caso cambia ese escenario.
Expertos como el profesor Rod Mitchell, del Centro de Salud Reproductiva de la Universidad de Edimburgo, consideran que este tipo de procedimientos podría comenzar a adoptarse en la práctica clínica en los próximos años.
Aunque todavía se requieren más estudios y un seguimiento prolongado, el caso de Bruselas abre una puerta concreta para quienes perdieron la fertilidad antes de poder preservarla.
La posibilidad de conservar tejido en la infancia y utilizarlo años después para recuperar la función reproductiva redefine el abordaje médico en estos casos. Si se confirma su eficacia, esta técnica podría ofrecer una alternativa real a miles de personas que hasta ahora no tenían opciones para tener hijos biológicos.
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