
El telescopio espacial James Webb acaba de revelar cómo luce un planeta rocoso a casi 50 años luz de la Tierra, y el resultado es tan árido como la Luna: sin aire, sin agua y con temperaturas que superan los 700 grados.
El planeta se llama LHS 3844 b y es una supertierra, un mundo rocoso 30% más grande que la Tierra que orbita una estrella enana roja cada 11 horas. Su superficie se asemeja a la de Mercurio, otro planeta sin atmósfera y sometido a intensa erosión espacial, según los científicos de Estados Unidos y Alemania, que hicieron el hallazgo.
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Está tan cerca de su estrella que siempre le muestra la misma cara, igual que la Luna siempre le muestra la misma cara a la Tierra, según informaron los científicos en la revista Nature Astronomy.
Esa cara permanentemente expuesta al sol alcanza una temperatura promedio de 1.000 kelvin, unos 725 grados. Para comparar: un horno industrial promedio llega apenas a 500 grados, y la temperatura en la superficie de Venus, el planeta más caliente del Sistema Solar, ronda los 465 grados.
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La otra cara del planeta vive en oscuridad total y permanente. Entre ambos hemisferios no hay viento, no hay nubes, no hay nada que transporte calor de un lado al otro, porque no existe atmósfera.
El equipo lo lideró Laura Kreidberg, directora del Max Planck Institute for Astronomy en Heidelberg, Alemania, junto a Sebastian Zieba, del Centro de Astrofísica de la Universidad de Harvard, en Cambridge, Estados Unidos.
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En la investigación también participaron científicos de instituciones de China, Alemania y varias universidades estadounidenses.
El programa de observación, llamado GO program #1846, tiene como objetivo identificar firmas de vulcanismo y geodinámica en planetas cálidos y rocosos fuera del Sistema Solar.
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“Gracias a la sensibilidad de JWST, podemos detectar luz proveniente directamente de la superficie de este distante planeta rocoso. Observamos una roca oscura, caliente y árida, sin rastro de atmósfera”, afirmó Kreidberg.

Para llegar a esa conclusión usaron el instrumento MIRI del Webb, que divide la luz infrarroja en franjas de longitud de onda, igual que un prisma separa la luz blanca en colores. Así obtuvieron una especie de huella digital química de la superficie.
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Esa huella se comparó con una biblioteca de rocas y minerales conocidos de la Tierra, la Luna y Marte. El resultado descartó una corteza rica en granito y silicatos, que solo se forma con tectónica de placas activa y agua como lubricante.
Una huella que descarta la geología terrestre

“Dado que LHS 3844 b carece de corteza de silicatos, se puede concluir que una tectónica de placas como la terrestre no se aplica a este planeta”, explicó Zieba. “Este planeta probablemente contiene muy poca agua”, añadió.
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La superficie parece estar compuesta de roca basáltica o material del manto, rico en magnesio y hierro. Es similar a las llanuras oscuras de la Luna o al fondo oceánico terrestre, antes de que la tectónica lo transforme.
El equipo evaluó dos posibilidades para explicar esa superficie. La primera plantea roca sólida y relativamente reciente, resultado de vulcanismo activo en épocas geológicas cercanas.
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La segunda propone una capa de regolito, ese polvo fino que cubre la Luna y que aparece en las icónicas fotos de las huellas de los astronautas del Apolo.
Para distinguir entre ambas, buscaron dióxido de azufre, un gas típico de los volcanes. MIRI no detectó nada, lo que hace menos probable el vulcanismo reciente y apunta hacia una superficie envejecida y cubierta de polvo oscuro, más parecida a Mercurio que a cualquier otro cuerpo del Sistema Solar.
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El equipo ya tiene nuevas observaciones de JWST en proceso. La clave estará en medir cómo la rugosidad de la superficie afecta el ángulo en que emite calor, una técnica que ya se aplica con éxito para estudiar asteroides.
“Esta técnica permitirá esclarecer la naturaleza de la corteza de LHS 3844 b y, en el futuro, de otros exoplanetas rocosos”, concluyó Kreidberg.
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