
Lo que se come en pocas horas puede modificar la respuesta del sistema inmunitario, según reveló un estudio publicado en la revista científica Nature. Los hallazgos desafían el viejo dicho popular de “mata el resfriado de hambre, alimenta la fiebre” y apuntan a que el momento de la ingesta tiene efectos medibles sobre las células T defensoras del organismo.
El estudio, liderado por Greg Delgoffe, inmunólogo de la Universidad de Pittsburgh, analizó muestras de sangre de 31 participantes en dos momentos distintos: antes del desayuno, tras varias horas de ayuno nocturno, y seis horas después, una vez que los voluntarios habían consumido tanto el desayuno como el almuerzo.
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La elección de esos dos puntos en el tiempo buscaba capturar el contraste entre un organismo en reposo metabólico y uno en plena digestión. La comparación entre ambas extracciones reveló diferencias claras en las células T presentes en la sangre.
Las obtenidas tras las comidas mostraban una mayor preparación para combatir infecciones que las recolectadas en ayunas. Delgoffe describió a esas células como “funcionalmente mejores”. “Eran más capaces de hacer las cosas que las células T hacen”, señaló.
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Qué son las células T y por qué importan
Las células T, también llamadas linfocitos T, funcionan como los “soldados” del sistema inmunitario, según explica Delgoffe. Residen en los tejidos del organismo a la espera de entrar en acción frente a virus, bacterias y células cancerosas. Al detectar un patógeno, se activan y se multiplican hasta formar un ejército de combate capaz de neutralizar la amenaza.
En las células T recolectadas después de una comida, esas capacidades aparecían potenciadas. El simple hecho de haber comido horas antes dejaba a esos defensores en mejor estado para responder ante una amenaza, un hallazgo que los investigadores consideraron tan consistente en humanos como en los modelos animales del estudio. La regularidad del patrón en ambos grupos reforzó la solidez de las conclusiones.
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El papel de las grasas frente a otros nutrientes
En experimentos complementarios con ratones, los investigadores comprobaron que el tipo de alimento también influye en la respuesta inmunitaria. Una dieta rica en grasas —en este caso, aceite de maíz— resultó ser la más eficaz para potenciar las capacidades de las células T, por encima de las dietas ricas en carbohidratos o proteínas.

El hallazgo no implica, según Delgoffe, que las personas deban consumir comidas muy grasosas ante el temor de enfermarse. “No queremos que alguien salga a beberse un galón de aceite de maíz”, advirtió. Los resultados apuntan, más bien, a que una dieta equilibrada que incluya grasas saludables puede fortalecer la respuesta inmunitaria, sin que eso signifique que el exceso de grasa sea deseable o inocuo.
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Cuánto tiempo retienen las células T esa ventaja
Uno de los datos más llamativos del estudio es la durabilidad del efecto. Delgoffe y su equipo observaron las mismas células una semana después de la comida, ya tras haberse dividido, y comprobaron que las células T del estado posprandial conservaban su ventaja frente a las del estado de ayuno, incluso después de haberse reproducido.
El patrón se repitió en los experimentos con ratones. Que el beneficio persista más allá de la división celular sugiere que la alimentación no genera un impulso pasajero, sino una huella funcional que se transmite a las células hijas, lo que abre preguntas sobre los mecanismos precisos por los cuales los nutrientes dejan una marca duradera en el sistema defensivo.
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Posibles aplicaciones en terapias y vacunas
Más allá de lo que significa para la dieta cotidiana, Delgoffe espera que los resultados ayuden a diseñar con mayor precisión terapias de células T dirigidas contra el cáncer, así como regímenes alimentarios que potencien la respuesta del organismo a tratamientos como las vacunas.
La posibilidad de que algo tan accesible como el horario y la composición de una comida pueda influir en la eficacia de un tratamiento médico es uno de los aspectos destacados por el equipo.
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“Estamos muy, muy entusiasmados con hacia dónde van las cosas”, afirmó el investigador. La publicación del estudio en Nature marca un punto de partida para explorar cómo intervenciones dietéticas concretas podrían integrarse en protocolos médicos orientados a fortalecer las defensas del organismo antes de una infección o un tratamiento.
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