
En un episodio reciente del pódcast especializado en salud mental The In Between Years, los trastornos alimentarios en adolescentes y la influencia de la familia centraron la conversación entre la conductora y especialista en crianza Becky Kennedy y la psicóloga clínica e investigadora Erin Parks, de la Universidad Northwestern. Ambas expertas abordaron los signos que pueden alertar a los padres y el rol clave del acompañamiento en estos cuadros complejos.
Los padres pueden identificar señales de alerta relacionadas con la conducta alimentaria si observan cambios persistentes en los hábitos de sus hijos, como evitar comidas que antes disfrutaban, eliminar grupos de alimentos o mostrar rigidez extrema con la idea de comer sano.
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Ante la duda, se recomienda abrir el diálogo y buscar una evaluación profesional temprana, ya que intervenir a tiempo y de forma activa desde la familia mejora el pronóstico de recuperación.
Durante la entrevista, Parks advirtió que los trastornos alimentarios y las conductas restrictivas han aumentado en niños y adolescentes en los últimos años. Explicó que existe confusión entre la “alimentación saludable” y la “alimentación selectiva” problemática, y que distinguir entre ambas situaciones a veces es difícil incluso para los adultos.

Cómo detectar señales de alarma en la conducta alimentaria
Parks señaló que la duda de los padres sobre posibles problemas con la alimentación infantil es muy común, dada la saturación de mensajes sociales sobre la “forma correcta de comer”, intensificada por las redes.
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Ejemplificó: “El padre me pregunta: ‘¿Debería preocuparme o debería celebrarlo?’”. Para la especialista, la intuición parental es clave y recomienda no esperar: “En la mayoría de los casos, si el tema llama tu atención, ya existe motivo para actuar”.
Las señales de alerta pueden ser sutiles y manifestarse como dejar de comer postres en celebraciones, rechazar platos predilectos o mostrar sufrimiento ante la presencia de determinados alimentos. Parks sugirió iniciar la conversación preguntando: “Cuéntame, ¿qué significa para ti comer de forma saludable?”, con el fin de explorar si la motivación responde a bienestar o a presiones externas y moralización de la comida.
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Explicó que la vigilancia excesiva sobre la alimentación de los hijos puede derivar en que tomen decisiones alimentarias sin supervisión ni criterio adecuado. Frente a ello, Parks animó a los padres a preguntar sin juicio y buscar ayuda de especialistas en cuanto detecten un patrón sostenido de restricción o temor hacia ciertos alimentos.

El impacto de la cultura dietética y la moralización de la comida
La especialista profundizó en la “moralidad alimentaria”, la creencia de que existen alimentos buenos y malos, una idea que, según Parks, puede distorsionar la relación con la comida y alimentar perfeccionismo o ansiedad. Señaló: “Los niños quieren hacer lo correcto, igual que los padres. Pero la idea de que hay una única manera correcta de comer es una ilusión”.
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Parks remarcó que, durante la adolescencia, lo prioritario es asegurar la ingesta calórica suficiente. En sus palabras: “En pleno crecimiento, lo necesario es incorporar calorías, y estas se encuentran en los carbohidratos y el azúcar”. Expuso también cómo, en su entorno, restricciones como evitar el gluten o el azúcar se presentan bajo argumentos de salud, aunque suelen ser ambiguos o poco comprensibles para los jóvenes.
Como consejo, la psicóloga clínica e investigadora sugirió a los padres reflexionar sobre sus propios hábitos y mensajes en casa: “A veces lo más potente es ajustar nuestra conducta. Los niños observan mucho más de lo que creemos”.
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Control, perfeccionismo y factores hereditarios en los trastornos alimentarios
Parks vinculó los trastornos alimentarios con la necesidad de control, el perfeccionismo y las dificultades para la regulación emocional, señalando que muchos jóvenes presentan ansiedad y buscan controlar la comida y el cuerpo. Subrayó la relevancia de la conciencia interna de sensaciones corporales, que suele estar alterada en estos casos, y mencionó que el 40% de los afectados son varones.
Aclaró que no existe un gen específico, pero sí un fuerte componente hereditario y neurobiológico. Advirtió que conductas de alto rendimiento y la restricción alimentaria pueden convertirse en una trampa, y que estos trastornos funcionan como una vía para regular emociones: la falta de alimento calma la ansiedad y, en casos de atracón o purga, la conducta actúa como una descarga emocional inmediata.
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El rol activo de la familia en la recuperación y la prevención
Parks destacó la importancia de una intervención familiar activa y temprana en los trastornos alimentarios. Señaló que la recuperación resulta más efectiva cuando hay participación de la familia y comparó el rol de los padres con el de un piloto en emergencia: deben asumir el control de la alimentación cuando el adolescente no puede hacerlo, brindando el apoyo necesario para avanzar.
Subrayó que los límites parentales implican cuidado y protección, no imposición, y recomendó flexibilidad en las normas domésticas durante crisis, así como la relevancia de mantener el diálogo.
Para quienes no detectaron las señales a tiempo, Parks aconsejó la autocompasión y el autocuidado para reparar los vínculos familiares. También recordó que el objetivo no es lograr una satisfacción constante con el cuerpo, sino aprender a quererse y gestionar las emociones complejas que surgen durante el desarrollo. La presencia y orientación familiar siguen siendo una base insustituible durante la adolescencia.
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